martes, 16 de julio de 2013

121. Y ME INDIGNO (POR NO LLORAR...)



Insisto: no quiero escribir en este blog sobre los asuntos públicos de Anguciana para evitar caer en esa tonta pelea política cuyo modelo tan generalizado en el país por la gran mayoría de los que participan en ella es de todos conocido. Soy concejal en el ayuntamiento de Anguciana desde el 2011 y puedo decir que debido a ese modelo, no pinto nada. Desde que vi que ese modelo de división y no de colaboración es el modelo con el que también se gobierna en mi pueblo, mi único interés se ha centrado en evitar por lo menos los malos modos de esa forma de gobierno esperando que llegue 2015 para decir adiós y no volver.

Pero hay veces (y celebro que esas ocasiones me sucedan en soledad) en que los sentimientos pueden más que las razones, y entonces no puedo sino indignarme y hablar (o escribir, o gritar, o llorar) como es el caso del otro día en que fui por el camino del soto con intención de visitar el lugar de mis queridas "mesas" (v. post 25)  y me las encontré tan enterradas en espesos matorrales que no es que ya no se puede bajar a ellas, sino que incluso ni se ven desde el camino. Justo supe que estaba encima porque envueltas en el follaje de los chopos vi las hojas de los plátanos que se pusieron para dar siempre sombra a las mesas cuando se cortan los chopos.

Ni que decir tiene que en la margen derecha del río, desde las piscinas hasta "boca de oja" no hay ni un sólo punto en que pueda uno acercarse a la orilla del Tirón. Bien está que haya piscinas públicas para bañarse o tomar el sol cuando uno prefiera la sociabilidad del baño colectivo y la seguridad de ciertas normas de higiene. Pero la negación sistemática del gran espacio natural del río me parece realmente indignante. Seguramente las nuevas generaciones que no lo han disfrutado ni quieren saber nada de él, no lo echarán de menos, pero mientras vivamos quienes hicimos del soto la selva de nuestras aventuras de infancia, la forma en que está seguirá clamando al cielo.