jueves, 28 de febrero de 2013

119. POR QUÉ NO ESCRIBO


En los últimos meses he recibido algunas cartas de lectores de este blog y amantes de Anguciana que me han preguntado por qué no lo actualizo, por qué no escribo más cosas sobre nuestro pueblo. La respuesta es bastante sencilla pero algo larga de explicar, así que a lo peor me extiendo algo más de lo que suele soportar un lector de blogs. Por resumir, diría que es porque mi presencia como concejal en el Ayuntamiento de Anguciana me frena o me lo impide, aunque obviamente esa no es una explicación muy convincente pues algunos me podrán responder que precisamente por ello tendría que tener muchas más cosas para contar. Para aclararlo entonces, voy por partes.

Esta pequeña recopilación de fotos y de escritos sobre el pueblo de mis mayores y de mi infancia nació de un rechazo mío casi radical a la arquitectura moderna tal y como se entiende y practica en nuestros días. Un rechazo a la arquitectura de los arquitectos, los promotores, las ordenanzas de los ayuntamientos, etc. etc., de la que yo he formado parte durante unos años. Porque un día me di cuenta de que  hubo un tiempo en que las cosas se hacían de otra manera. Hubo un tiempo en que los pueblos y las ciudades se hacían según "un modo intemporal" de construir, un  "modo" que un profesor de la Universidad de Berkeley en California describió en un maravilloso libro del mismo título (Un Modo Intemporal de Construir) escrito y publicado a comienzos de los ochenta, y que por su peligrosidad para con el sistema establecido no ha vuelto a ser publicado en España. Los cascos antiguos de nuestras ciudades, las catedrales, los molinos junto a los ríos, las chozas de los pastores, los monasterios y todos los pueblos del mundo que han llegado hasta nosotros y que aún nos deslumbran con su aspecto orgánico, su belleza y su espontaneidad, se construyeron de aquella manera ya hoy abandonada. Ahora se construye con miles de ordenanzas, con arquitectos y aparejadores, se construye para hacer negocio y no para vivir según la espontaneidad de cada comunidad y según las características de cada lugar. Era lógico por tanto que si yo quería enganchar con esa forma de hacer las cosas que describía ese profesor californiano (Christopher Alexander se llama) lo más a mano que yo tenía era mi pueblo. Y de ese modo empezaron a nacer estos pequeños post: como descripción u homenaje a ese paraíso perdido.

Así como los cambios en el modo de construcción de las ciudades han sido radicales y el abismo que media entre sus cascos viejos y los barrios de bloques de las periferias son radicales, en los pequeños pueblos el cambio de un modelo a otro se ha venido produciendo de una manera más lenta y gradual. Pensemos por ejemplo en "las Callejas" y en la bomba que le cayó cuando se construyó allí el bloque de cinco pisos metido con calzador en una pequeña huerta. O en Oreca, cuando delante de la casa del cojo plantó Urcullu aquel otro bloque de cinco pisos. No digo mal cuando los comparo con bombas porque son como conmociones repentinas que cambian todo lo establecido, pero a pesar de ello y de la misma forma en que tantas ciudades has sobrevivido a las bombas, las Callejas han seguido durante unos años siendo Callejas (o calle del Soto) y aún está ahí medio viva, y Oreca..., bueno, Oreca ya no tiene remedio (hasta el serpenteante viejo camino a Cihuri nos lo estamos cargando ahora con una calle "bien recta y moderna") pero por lo menos la casa del cojo sigue ahí como testigo de lo que fue.

Muchas otras pequeñas bombas han ido cayendo desde entonces, y años se lleva intentando (por suerte sin fortuna) que caiga un Plan Urbanístico redactado por un arquitecto titulado que consagre para siempre al pueblo como un polígono urbano. Pero mientras tanto y de repente, sin apenas darnos cuenta, cayó del cielo la peor bomba por mí imaginable, la última bomba, la que me hizo saltar del cómodo sillón orejero de mi casa de Logroño. Ya sabéis a qué me refiero, a la construcción de una plaza peatonal de arquitectos-artistas en el corazón del pueblo, y sin que yo hubiera hecho nada por impedirlo.

Coincidió ello con que algunos amigos de gran corazón me decían que hiciera algo por Anguciana, y coincidió también con la muerte del Chino, un amigo de la infancia cuya partida definitiva nos llenó de tristeza a todos. En ese estado de confusión que la muerte nos depara acepté presentarme a concejal en las listas de un partido político al que detesto tanto como al otro, para arrimar un poco el hombro por mi pueblo, porque aunque los partidos políticos sean una infamia que nos viene también desde la capital, la gente del pueblo que les vota son buena gente, son nuestros vecinos y amigos de toda la vida. Gente que les vota por no se sabe muy bien qué recuerdos, historias o pequeñas preferencias y porque no hay otra cosa. Porque lo de izquierdas y derechas en un Estado del Bienestar como el nuestro, integrado en Europa y cuajado de subvenciones y oportunidades, ya no hay quien se lo crea. Ahora ya solo hay dos clases sociales, dos formas de ser, dos clases de personas: los vagos y los trabajadores; es decir, los "listos" y los tontos. Y ya vale de política.

Pues bien, el pueblo eligió sus concejales y salió alcalde Jorge Loyo, el del otro partido, a quien yo felicité cordialmente en estas mismas páginas, porque a Jorge lo conozco de toda la vida y por mucho que sea del otro partido es mi vecino, quizás no mi amigo porque vemos el mundo de muy diferente manera, pero lo que es seguro para mí es que no es alguien a quien yo vaya a tratar como los políticos de televisión nos enseñan que se deben tratar unos políticos a otros: a insultos y descalificaciones. Jorge gobierna el pueblo según ha aprendido en la política de partidos que se enseña en la televisión, es decir, yo gobierno, que por eso he ganado, y tú esperas tu turno cuatro u ocho años a que te toque para que hagas tú lo mismo. Y dentro de su propio grupo se podría decir que es él quien asume todo el trabajo porque tiene ya un sentido profesional de ejercer la política con retribución incluida (no sé si ahora cambiará la cosa con esa nueva ley de su propio partido que va a impedir las retribuciones a concejales de pueblos pequeños, pero tanto da, porque las únicas leyes que valen son aquellas en las que creemos). Yo no me voy a enfadar por eso, ni mucho menos, pero es algo que no puedo compartir porque si nuestro modelo de trabajo fuera la vieja idea de pueblo y no la de la política de la capital, lo lógico es que fuéramos siete personas las que nos repartiéramos las tareas y diéramos ejemplo al pueblo de entendimiento y de trabajo en equipo. Pero los pequeños pueblos cada vez son más como las ciudades, o como fragmentos de ciudades o barrios de las ciudades, y su vieja condición de aldea orgánica y autosuficiente de la que hablaba en el post 90 se ha perdido para siempre.

Al ver que nuestra presencia en el Ayuntamiento como "grupo de la oposición" iba a ser meramente testimonial, mi única contribución ha sido la de que por lo menos hubiera cordialidad entre nosotros, porque la idea de saludarnos fríamente, como si no fuéramos vecinos del mismo pueblo, se me hacía intolerable. Creo que en eso algo he conseguido, pero nada más. Contra el río de los tiempos no se puede ir. Todo lo más, contenerlo un poco. Y añorar, poetizar. Y para eso es mucho mejor estar otra vez lejos del pueblo, sentado en la puerta de tu casa o en el sillón orejero viendo la vida pasar.

Así que para dentro de dos años y pico, cuando acabe con mi compromiso como concejal, espero volver a recordar los detalles más nimios, a las personas más queridas o ignoradas, o las pequeñas historias más entrañables de esa cosa que algunos lectores de este blog y yo mismo aún llamamos pueblo, y que nada tiene que ver con ese otro "pueblo" del que tanto se habla en política. Ese viejo pueblo que confío que siempre subsista aunque sea por debajo de las formas de una ciudad.