sábado, 7 de julio de 2012

118. LOS FRAILILLOS VOLVIERON A CANTAR



Cuarenta, cincuenta, sesenta o setenta años después de haber pasado por el convento y seminario franciscano de Anguciana, volvieron "los frailillos" a juntarse en nuestro pueblo. Fue el pasado 17 de junio, y por nada del mundo me hubiera perdido la cita porque para mí significaba el poder estar cara a cara con muchos de aquellos niños de nuestra edad a los que tanto oíamos cantar en las misas del convento pero a los que nunca podíamos ver. Apenas nos separaban unos metros, ellos recluidos en el coro y nosotros en la nave de su iglesia, ahora vacía y desolada,



pero esa mínima distancia suponía un abismo en el destino de nuestras vidas. Los frailillos habían venido de todos los puntos de la geografía del norte de España para recibir una corta educación en Anguciana y desaparecer para siempre yendo al Perú, donde acabarían su formación y se dedicarían a sus casas de misiones. Todos los misterios de su lejano destino ocupaban un lugar preferente en nuestra imaginación, porque en aquel mundo tan pequeño todo ello significaba para nosotros una especie de conexión con el más allá. 

Pero lo curioso es que buena parte de ese destino estaba inscrito en las mismas piedras de Anguciana. Con ocasión del encuentro del pasado día 17 de junio, los organizadores del evento presentaron un libro sobre el Seminario de Anguciana "y su castillo" en el que se recogen algunos documentos sobre la impresión que les causó a los frailes que decidieron comprarlo. 


De entre todas las razones creo que la más significativa es la que cuenta uno de los primeros frailes que se instalaron en él:

¡Qué buena idea han tenido mis hermanos al venir a esta casa! Aparte del clima, que no es tan duro como el de Villarramiel, lo que más atrae, lo que más hace pensar es el castillo. Parece que servirá de protección a nuestras empresas misionales, que velará por nosotros si vuelven a presentarse tiempos difíciles para las vocaciones. A su sombra se siente uno acogido como si el Seráfico Padre nos lo hubiera puesto a la vista para convertirnos en caballeros andantes de nuevas hazañas misioneras, llenos de esperanzas y de sueños. Espero que cuando salgan de aquí los que han de seguir nuestros pasos por tierras americanas lleven siempre el recuerdo de que fueron evangélicamente caballeros. Que sean en toda ocasión recios y fuertes como sus sillares, que se alcen altivos como sus paredes contra las injusticias de los hombres, que acojan amorosos a su sombra el dolor y la tribulación del ser humano, que tengan y exhiban siempre patente de nobleza castellana. Loado sea mi Señor por esta morada austera, desnuda de vanidades, aceptadora del espíritu del Pobrecillo de Asís".


En el encuentro del día 17 de junio pude ver cómo los antiguos alumnos pasaban por entre los restos desconchados de su seminario para ir venerar aquellas viejas piedras del castillo y llegué a sentir en sus comentarios esa especie de emoción que provoca el entrar en contacto con lo arcano, con lo primario, con el origen. 

Como era de suponer, no todos los destinos se elevaron como las paredes del castillo, pues en las bifurcaciones de la vida unos y otros fueron eligiendo diferentes caminos, y obviamente, mi curiosidad y comprensión se dirigió hacia aquellos que tuvieron la difícil papeleta de colgar los hábitos una vez que habían consumido su juventud y estaban a miles de kilómetros de su patria. Hacia aquellos cuyo destino, al fin y al cabo, tuvo más que ver con el de los que estábamos debajo del coro. 



Sea como fuere o como haya sido el destino de cada cual, lo difícil era salvar la enorme distancia de tiempo que media entre cada vida y sus circunstancias, pero a fé que se logró con el recurso de la música. Sabido es que el sabor de una magdalena nos puede hacer recobrar el tiempo que media entre la infancia y la madurez, pero mientras que ese tipo de sensaciones son sólo personales y únicamente comunicables mediante la escritura, la música, sin embargo obra el milagro de la comunión colectiva por encima del tiempo.

Cada día, al acabar la misa, los frailillos cantaban un himno cuya música y letra llevamos todos en lo más profundo de nuestro ser:


Las huellas del caudillo enamorado, 
sigamos con fervor.
Vamos tras él
su voz ha resonado,
tremolemos la insignia del amor,
su sendero es de luz
fieles terciarios seguid
honor y bendición al padre amante
honor y bendición al serafín.
En redes amorosas te viste prisionero
Amor fue tu divisa, tu lema y tu ideal,
incendios respirando
trazaste el fiel sendero
que muestra a los amantes
el divino manantial

Y esa música y ese modo de cantarla fue lo que al fin nos unió, esta vez cara a cara, a los frailillos del coro y a la gente del pueblo.