lunes, 18 de abril de 2011

92. CAMBIO DE AIRES

.

Bueno, pues sí, este blog va a cambiar un poco de contenidos. Mi jefe en la candidatura al Ayuntamiento de Anguciana me ha dado permiso para que este blog sea también un vínculo de comunicación entre algunas de nuestras ilusiones y los lectores que por aquí vienen a ver cosas de nuestro pueblo, así que ya no sólo hablaré del pasado sino del futuro, o al menos de nuestras ilusiones de futuro. Y también de las historias del presente, cómo no, sobre las que ya sé que es dificilísimo escribir bien, porque mientras no pase mucho tiempo por ellas no son historias de verdad sino perspectivas parciales, versiones incompletas u opiniones personales.

Escribir sobre lo que pasa y sobre lo que queremos que pase sin caer en el lenguaje que actualmente se usa en la política y el periodismo es una de las tareas más difíciles a las que jamás me haya podido enfrentar. Mucho más difícil que gestionar bien las cosas del pueblo.  Mal o bien, el pueblo siempre vive y sale adelante, pero contarlo bien y hacer que esa forma de contar influya positivamente en la vida del pueblo, ese es otro cantar.

Yo voy a intentarlo, y que por miedo no sea. Tengo la ventaja de que los noventa artículos previos han ido forjando mi escritura en una dirección que según veo y me dicen, no tiene nada que ver con mis otros escritos sobre arquitectura o con lo que se estila por ahí en política y periodismo, y en esa línea trataré de seguir para hablar ahora de las cosas que están en las conversaciones de la calle, en las tertulias de los bares o en las mesas de reuniones.

Me dicen, por ejemplo, que la Consejería de Obras Públicas va a acometer en breve una serie de reformas en la carretera de Anguciana como es quitar los árboles del tramo entre la casa del médico y la era de Escolar, o que van a hacer una macro rotonda en el entronque del puente con Oreca cargándose el jardincillo que hay frente a la vieja caseta del caminero, y la verdad es que se me llevan los demonios. Pero lo último que quisiera al ponerme a escribir o hablar de estas cosas es que se me llevaran los demonios, porque para eso mejor me quedo leyendo en mi biblioteca y me olvido de Anguciana. No, no, la mejor manera de conjurar esos estropicios es decirlo públicamente cuanto antes para ver si entre todos lo conseguimos evitar.

También oigo decir a la gente que para que los coches no corran a su paso por Anguciana hay que llenar la carretera de bultos, y otra vez se me lleva el alma los diablos porque convertir las carreteras en bachepistas es todo lo contrario del progreso y la razón humana. Primero se gasta uno miles y miles de euros en hacer que las carreteras sean más anchas y tengan mejor superficie y luego nos dedicamos a ponerles baches para romper la columna vertebral a quien pase por ellas. ¿Pero en qué cabeza cabe eso? ¿Para eso tenemos la cabeza encima de los hombros? Hacer las cosas así, gastando dos veces a lo tonto y sin sentido, es todo lo contrario de lo que nos venía enseñando el pueblo, todo lo contrario de lo que íbamos aprendiendo del sentido común y del saber popular.

Hablaremos también largo y tendido del futuro de esa querida plaza del pueblo que parece haber sido arrasada por un tsunami de granito. Si los japoneses van a ser capaces de renacer de sus cenizas con miles y miles de muertos, nosotros lo tenemos mucho más fácil porque nada más ajeno a mi intención que hablar mal de los vecinos y amigos que han cometido el error de ser engañados o confundidos por los tiempos que corren. La realización de la plaza ha sido una catástrofe, pero con buena voluntad y cabeza se puede ir arreglando poco a poco. Jesus Mari Carpo me preguntó el año pasado si a ese espanto al que habíamos contribuido todos, bien por acción u omisión, se le podría dar media vuelta, y yo le dije que sí, y ahí creo que estuvo la clave de que no me pudiera oponer a su invitación a  ir con él en su candidatura.

¿Qué no decir del Soto, y de las mesas, y de las romerías que también se han recordado aquí, o de la Asociación de Vecinos ¡también llamada del Soto! que pusieron la semilla de la ilusión popular en las fiestas y en la exposición con la que arrancó este blog? De todo iré escribiendo, claro que sí, poco a poco y sin miedo a intentar decir la verdad de las cosas, porque la verdad no es algo que uno tenga de antemano, sino algo que se busca estudiando, pensando y escribiendo con el mejor ánimo de los posibles.

Ese ánimo que en todo momento me transmite Jesús Mari Carpo (o mejor dicho, Jesús Mari Pinedo, ¡no os vayáis a equivocar a la hora de votarle...!), nuestro jefe en la candidatura al Ayuntamiento de Anguciana.
.
.

martes, 5 de abril de 2011

91. UN POCO DE POLITICA

.


Como en tantos otros pueblos españoles, en la Anguciana de los años cincuenta y sesenta no se hablaba de política, no había política, o parecía no existir la política. Una terrible guerra aún muy cercana en el tiempo había creado un silencio, un miedo, o un respeto hacia la política que los jóvenes y adolescentes no podíamos comprender muy bien. Hasta tal punto había llegado la cosa que yo tenía por “política” a una virtud en la que según mi madre yo no parecía ser muy diestro: cuando por terco o cabezota trataba de imponer mi modo de pensar a los demás ella me decía que yo no era nada político, y con eso me quedé. No es mala idea que la política sea una virtud pero pronto la olvidé, porque con la muerte de Franco volvió la política al pueblo, o mejor dicho, volvieron la democracia y la elecciones, y la política empezó a ser todo eso de la pelea de los partidos por hacerse con el poder. Una pelea que empezó a desacreditar a la política y, por supuesto, a hacer aún más obsoleta aquella vieja  idea de que "ser político” no es otra cosa que ser modesto, hábil, dialogante, paciente y respetuoso con el otro, es decir, ser listo y buena persona a la vez. 



La fotografía de las “fuerzas vivas” que puse hace un par de post, demuestra, claro está, que en aquellos años también había algún tipo de poder en el pueblo: el alcalde, los concejales, el alguacil, el juez de paz, y el secretario. Un pequeño grupo de hombres encargados de los asuntos de todo el pueblo. En aquel entonces, el Gobernador Civil designaba al alcalde, y el propio alcalde tenía que buscarse los colaboradores para formar concejo. Pero eso no significaba ni mucho menos que la unidad de criterios en el Ayuntamiento fuera total. Más bien todo lo contrario. Al alcalde de aquella foto, Blas Santa Cruz, le sucedió mi padre, y de aquella época tengo el recuerdo de las grandes diferencias que había y de las tremendas discusiones que a menudo tenía con sus propios colaboradores en el Ayuntamiento que presidía. Mi madre lo pasaba tan mal con aquellas disputas, que si ya era grande su desafecto por la política aún se incrementó más. Y lo gracioso de aquellos años es que... para mucha gente que me conoció en aquella época, entre ellas mi mujer, yo era el “hijo del alcalde” y con ese título me quedé.

Las primeras elecciones municipales, las de 1979, me pillaron ya casado y viviendo lejos de Anguciana y así una tras otra hasta la actualidad. Justo justo he conseguido saber los nombres de los alcaldes que ha habido en democracia, Pascual Peña, Carjosán, Armando, Pablo Agüero, Pepito y Jorge Loyo (creo que no me dejo ninguno), y poco o nada me ha interesado saber ni el partido por el que se habían presentado. Vistos desde el pueblo, los partidos políticos son esa casta de aspirantes al poder de la capital que andan no ya debatiendo diferencias sino descalificándose y hasta insultándose un día sí y otro también. Si eso es la política, si eso es aquella virtud de no ser terco y de ser respetuoso con el otro, que venga Dios y lo vea.

Si cuento todo esto, es porque desde hace tres o cuatro años, cada vez que me arrimo por Anguciana y caigo entre los amigos de la cuadrilla de los Mismos, a los tres hermanos Carpo les da siempre por pedirme que me presente a alcalde de Anguciana, que me presente a las elecciones. No sé qué diablos habrán visto en mí, pero como ni el poder ni las peleas de los partidos nacionales me interesa lo más mínimo, supongo que lo que ven es que con el paso de los años igual ya no soy tan terco o tan poco político como lo era en mi juventud y que quizás pudiera hacer algo por la vida democrática del pueblo y por el mismo pueblo.

Andamos en ello estos días a ver si sale una candidatura, a ver si nos entendemos sobre lo que podríamos aportar al pueblo, a ver si acertamos en dar con el modelo de debate político más sencillo y enriquecedor para todos,  a ver si nos aclaramos con nuestra independencia, nuestras diferencias, nuestros afectos de vecinos y con la cobertura de esos partidos que se pegan en la capital pero que tenemos que aceptar aquí como parte del juego democrático.

Obviamente no puedo contar mucho. Todo lo más que dada mi lejanía del pueblo en ningún caso puedo aceptar el honor de ser alcalde y que lo más que podría hacer ahora es ayudar desde una concejalía. Tampoco me he planteado si esa posible participación en el proceso electoral  afectará a la continuidad de este blog tal y como lo vengo haciendo, pero como en todo caso el secretismo no es lo mío, prefiero que los lectores que vienen por aquí a compartir mi cariño por el pueblo lo sepan de primera mano.



(la foto que encabeza este post es de mi padre ejerciendo de alcalde sobre el kiosko de la plaza y con la vara en la mano, en un homenaje que se le tributó a don Julián Cantera y Orive como hijo predilecto del pueblo. Tras él está su primo Joaquín Angulo que debió de ser uno de sus mejores colaboradores, y un poco más allá, Angel, el secretario, en un gesto suyo muy característico con el cigarro en la mano).
.
.

90. UN POCO DE TEORIA

.


Ya sé que es mucho más popular poner fotos de amigos y de rincones bonitos del pueblo, pero el eje de este blog (ya lo he dicho muchas veces), no está en la nostalgia o en los recuerdos, sino en la teoría del espacio humano de convivencia referida a los pueblos. ¿Qué fue de los pueblos? ¿Cuál es su destino? ¿Dónde están ahora? Etc.

Cuando me empecé a sentir lejos de Anguciana (en Barcelona creo, estudiando Arquitectura), una de las páginas que más me complacía leer era ésta de Viejas Historias de Castilla la Vieja, escrita por Miguel Delibes: 

“Y empecé a darme cuenta, entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero y que los tesos y el nido de la cigüeña y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras que las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanecía, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro”.

(Mi hermano Ricardo, añorando también el pueblo perdido, la llegó a transcribir en un pergamino y a tenerla en su habitación como un poster).

Junto a esa página tengo una larga anotación del año 85 en la que digo que esa visión estática de los pueblos se había quedado obsoleta, pues con la industrialización agrícola o la nueva ocupación turística, los pueblos cambiaban ya entonces más que las ciudades, y siendo más frágiles que éstas, la desolación ante su nuevo aspecto era muy superior a cualquier atisbo de añoranza. 

Pero veinticinco años después, o sea, el año pasado, cayó en mis manos un extraordinario libro de Lewis Mumford titulado El mito de la máquina (ed Pepitas de Calabaza, Logroño), en el que su autor hace un profundo repaso histórico de los grandes inventos y culturas de la humanidad para poder hacer frente a ese mito del progreso continuado que amenaza desde hace cincuenta años con llevarnos a la destrucción total. Pues bien, hacia la mitad de ese libro hay un capítulo dedicado al éxito de la estabilidad y difusión de la cultura de la aldea neolítica, que me impactaron mucho más aún que la poética página de Delibes.

El dato más sobresaliente de ese capítulo era una cita del geógrafo Max Sorre acerca de que en 1940, las cuatro quintas partes de la población humana aún vivía en aldeas agrícolas. Y que es justo a partir de esa fecha cuando empieza en nuestro país un proceso masivo de emigración de los pueblos a las ciudades que llevó a la ruina o al semiabandono a muchos de ellos, y en todo caso, a la quiebra de su modo tradicional de convivencia y conformación.  Modo y formas que vengo rastreando aquí mirando en el espejo de Anguciana. 

Todo el libro de Mumford es una maravilla, y ese capítulo, un delicia. Pero como no puedo citarlo entero y mejor recomendar su lectura integral, traigo aquí solo un par de citas.

Una referente al éxito de la aldea:

“Cuando esta cultura (la cultura neolítica de vida en aldeas) alcanzó su punto máximo, sus logros posteriores fueron pequeños: hay que buscar sus nuevas cimas en las culturas posteriores que nacieron de ella, basadas en el uso de los metales. El monto total de cultura necesaria para asegurar tal continuidad podía ser absorbido y dominado en el lapso de una juventud humana normal, que podía transmitírselo a una comunidad compuesta por unas cincuenta familias; y la multiplicación de tales comunidades por todo el planeta hizo posible el milagro de esas ancestrales adquisiciones de la humanidad sobrevivieran a todos los desastres naturales y a todas las crisis humanas. Muchas grandes ciudades acabaron arrasadas, muchos templos fueron saqueados y destruidos, muchas bibliotecas y toda clase de registros fueron consumidas por las llamas; pero la aldea volvía a brotar una y otra vez, como el laurel de San Antonio entre las ruinas.”

Y la otra, más poética, definitoria y esperanzadora:

“Dondequiera que se celebre la llegada de las estaciones con fiestas y ceremonias; donde las etapas de la vida humana se festejen y se puntúen con ritos familiares y comunales; donde el comer, el beber y el goce sexual constituyan el meollo central de la vida; donde el trabajo, aún el más duro, rara vez esté separado del ritmo, la canción, la compañía humana y el deleite estetico; donde la actividad vital se considere una recompensa tan grande del trabajo como su producto; donde ni el poder ni el beneficio tienen prioridad sobre la vida; donde familiares, vecinos y amigos forman todos parte de una comunidad visible, tangible y cara a cara; donde cada hombre o mujer pueda realizar la tarea que otro u otra estén cualificados para hacer... allí late, en esencia y existencia, la cultura neolítica, (la cultura de la aldea neolítica) aunque se usen herramientas de acero y mil camiones ruidosos lleven los más diversos productos a los supermercados.”

(La foto es de una de esas aldeas abandonadas de nuestra región, perdida para siempre en ese proceso de cambio de paradigma cultural vivido a partir de los años cincuenta del pasado siglo).
 .
.