jueves, 23 de diciembre de 2010

81. EL PUEBLO Y LA FAMILIA

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Además de algunas de las fotos de niños que puse en el anterior post, César me envió también una de las fotos que más me gustó de aquella exposición del año 1993 a la que me refería al comienzo de este blog (PRESENTACIÓN): la de una familia “extensa” del pueblo, (la suya, claro), posando en el campo junto a un viejo carro en el descanso de alguna tarea agrícola.

(Por cortesía de Verónica Ontañón en carta de17 de mayo del 2011, pongo sus nombres. De arriba abajo y de izquierda a derecha: la Maruche (Remedios Martínez Aguilar), El Litri (Tomás Fernández), Benito Fernández Fernandez con Remedios y Margarita, la Ascensión y su marido Domiciano. Debajo: Carmelo, la Felipa e Isidro. Pedro Fernández (hermano de Benito) y Mínguez, el guarda. ¡Ah! y el perro, que se llamaba Cartucho).

Frente al concepto de familia “nuclear” de padres e hijos, acuñado en la vida urbana y relacionado directamente con el aislamiento en  pequeños pisos, los sociólogos y antropólogos comenzaron a denominar “familia extensa” al grupo humano compuesto no sólo por padres e hijos sino también por tíos, cuñados, abuelos, primos, sobrinos, etc. que, debido a la intensidad, rapidez o economía de algunas tareas agrícolas, se tenía que juntar varias veces al año para la siembra, recolección o reparto de la matanza.

Una de las cosas más sorprendentes y divertidas de la vida del pueblo ha sido siempre descubrir los lazos de parentesco entre gentes que no te lo esperabas. Como me decía un amigo, en un pueblo nunca puedes hablar mal de nadie porque todos acaban por ser parientes de todos. Y aunque no todos los parentescos producen unión, porque donde está la convivencia está el roce, y en el marco estrecho de los pueblos esas fricciones a veces se vuelven insoportables, cuando uno toca algo tan sagrado como la familia debe andarse con pies de plomo.



Aparte de las labores agrícolas, los acontecimientos señalados de la vida (nacimientos, bodas y entierros) o los propios del calendario de fiestas del año vuelven a unir a las familias en los pueblos más aún que en las ciudades. Y como hoy es Nochebuena, es decir, uno de los días más señalados del año como fiesta de reagrupación familiar, y nosotros lo hemos celebrado siempre en el pueblo, despido el año en este blog y felicito a todos sus lectores y visitantes con la foto de un pasacalles de villancicos que hicimos hace ya unos años por las calles del pueblo cuando tocaba yo la dulzaina con mi familia.


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domingo, 12 de diciembre de 2010

80. EL PUEBLO Y LOS NIÑOS

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Lo mejor que se puede decir de un pueblo es que seguramente sea el mejor de los escenarios posibles de ese paraíso que es la niñez. Cierto que toda niñez ya es un paraíso, un paraíso perdido, pero cuando ese periodo de la vida se ha vivido en un pueblo, uno tiene por lo menos durante el resto de la misma el consuelo de poder volver a su escenario.


No pasa lo mismo con la ciudad, territorio de los adultos. Este verano he leído un libro de pensamiento impresionante, un libro difícil como casi todos los libros de pensamiento, pero absolutamente distinto de todo lo que había leído antes. Se titula EL MITO DE LA MAQUINA, y lo escribió Lewis Mumford en 1967. A pesar de que han pasado más de cuarenta años desde su escritura creo que es un libro actual, imperecedero e inmortal, porque trata de revisar el valor de los distintos avances e inventos de la humanidad. Pues bien, a partir de la página 259 (de la reciente edición de Pepitas de Calabaza), hace un elogio del pueblo como invento neolítico que yo no había leído en ninguna otra parte.


No es cosa de reproducir aquí los largos párrafos en que Mumford desgrana los elementos de esa vida rica y autosuficiente que creó la aldea neolítica y el éxito universal de esa fórmula, ni de cómo la megamáquina social de la ciudad fue construyendo en torno al poder y las religiones otros valores a la vez que se olvidaban los de la aldea, pero la comparación entre lo uno y lo otro me llevan a pensar que mientras pueblos y ciudades han coexistido, y algunos afortunados hemos podido vivir la niñez en unos y la madurez en las otras, estamos en la mejores condiciones para entender ese profundo pensamiento de Mumford, y acaso aventurarnos a adscribir el paraíso de la humanidad a los pueblos, y los grandes dramas de las civilizaciones a las ciudades.


Viene a cuento toda esta complicada y larga introducción a que hace unos días encontré entre los cajones de fotos de mi padre un par de fotos de la cuadrilla de mi hermano Alberto que me gustaron mucho, y a que la semana pasada, César Fernández Sanz me envió unas cuantas fotos del pueblo entre las que destacaban las de grupos de niños de su edad. Otros lectores del blog, del pueblo o bilbaínos, me han escrito también diciendo lo mucho que recuerdan el pueblo por la vida que hicieron allí de niños, y aunque no me hayan enviado fotos seguramente se sentirán muy identificados con las que pongo hoy aquí. Que los que se vean en ellas o los que me sigan en mis recuerdos y razonamientos, las disfruten por igual.

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