lunes, 29 de noviembre de 2010

79. 75.000 PESETAS DE LAS DE ANTES...

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En el post 59 hice mención de la antigua botica del pueblo y de su boticario D. Román. Pues bien, revolviendo ahora en los papeles de mi padre he encontrado un manuscrito suyo encabezado con una nota que dice “para D. Félix”, en el que hay una vieja historia del pueblo cuyo protagonista era el buen D. Román. Supongo que con esa nota quería hacerle partícipe al nuevo cura del origen de algunas cosas de la devoción popular a la Virgen rindiendo merecido homenaje a quien hizo una importante donación testamentaria. Y supongo también que luego pasaría a máquina esta nota y se la daría a D. Félix, aunque también es posible que se quedara en manuscrito y que simplemente se lo contara de viva voz. Pero como en todo caso creo que es de general interés para todos los que amamos el pueblo y sus cosas, la transcribo aquí tal y como la he encontrado en este borrador:

“En Anguciana, a los setenta años de edad, murió el 12 de noviembre de 1931 Don Román Ruiz de la Cuesta Aramburu que había ejercido de boticario toda su vida en el pueblo en una botica de estilo gótico situada en la calle Real (actual casa de los hermanos Angulo García) teniendo su vivienda en el segundo piso del mismo edificio.
Su estado fue de soltero, viviendo siempre con su hermana Benita, igualmente soltera, que murió a los 64 años, un año antes que él en fecha 7 de noviembre de 1930.
A su muerte, dejó heredera de un capital de unas 75.000 pesetas a la Ermita de la Concepción, nombrando como albacea testamentario a D. Julián Cantera Orive, quien lleva a efecto los deseos del testador invirtiendo su capital totalmente en 1) levantar un muro de piedra en el terraplén enfrente de la ermita y cementerio; 2) proveer de bancos la totalidad del edificio y de un zócalo-asiento alrededor de los muros; 3) baranda delante del presbiterio con seis ángeles de pié de tamaño grande; 4) una túnica o vestido blanco y manto azul celeste, todo bordado ricamente en oro por las monjas de un convento de clausura; 5) una corona de plata adquirida en Valencia; y 6) unas nuevas andas para llevarla en procesión; todo hasta hoy en perfecto uso.
Todo ello se cumplió con diligencia siendo inaugurado todo antes del tercer aniversario de la muerte del testador”.


(La foto de la ermita con la que cierro este post es la que ofrece Panoramio de Google Earth, colgada por Juanma, a quien le doy las gracias por su generosidad para con el pueblo).
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martes, 23 de noviembre de 2010

78. LA COFRADIA DE LA VERACRUZ

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Cuando acabó el entierro de mi padre me dieron el pésame José Antonio (“Plin”) y José Miguel (“el Chino”), y de inmediato y por asociación, me acordé de la Cofradía de la Veracruz, porque creo recordar que los padres de ambos pertenecieron a aquella venerable institución que en sus tiempos hacía de los entierros algo mucho más digno y solemne que como se hacen ahora.

No recuerdo bien si los entierros se abrían con el tradicional triplete de un Cristo y dos velones altos portados por monaguillos vestidos de negro con el cura o curas detrás (tal y como he encontrado en esta foto de otro pueblo encontrada en internet  que he puesto arriba como ilustración), pero lo que sí recuerdo perfectamente (y de eso no puedo poner foto) eran las dos filas de hombres mayores que enmarcaban el cortejo, desde el trío que lo abría, hasta el féretro, portando en la mano un velón cubierto con un farolillo protector contra el viento. Ya detrás del féretro, y eso es en lo único que se parecen aquellos entierros a los de ahora (siempre que sea portado a hombros y no en coche), se colocaba la familia acompañada por la desordenada masa de amigos, vecinos y acompañantes.

Pero junto a la imagen seria y solemne de las dos filas de los hombres mayores del pueblo con el velón de farolillo en la mano, guardo en la memoria otra imagen un poco más irreverente: como en señal de duelo y de respeto todos aquellos hombres se quitaban la boina, y como debajo de ella muchos de ellos lucían una calva blanquísima que contrastaba con la piel curtida de sus rostros y sus nucas, el efecto tenía algo de surrealista. Aquellos hombres mayores con el velón en la mano, la cabeza en dos colores y la boina en la otra mano, formaban un extraño decorado humano del no menos entendible momento de la muerte y del duelo.

Seguramente se guarden en la iglesia los estatutos de la Cofradía, la lista de sus últimos miembros y hasta las cuentas de la misma (porque creo que era obligatoria la asistencia a todos los sepelios, y que la ausencia injustificada se castigaba con una pequeña multa destinada a los gastos de la cena de hermandad anual). Es un documento de gran valor que hay que guardar como otro de los pequeños tesoros desaparecidos de aquella riqueza de elementos que componían la vida del pueblo y del que algún día podríamos dar cuenta aquí con mejores datos que los de mi honda añoranza infantil.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010

77. MI PADRE

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“Nace al mundo en un pueblecito de un lugar de España, llamado La Rioja, hijo décimo (el pequeño) del matrimonio de Francisco y Dolores, el 16 de julio de 1916, cuando el mundo se debatía en la Primera Guerra Mundial. Sus padres eran los pequeños de sus familias: Francisco, nieto del último Señor de Anguciana, título de reconocimiento real desde el siglo XIV y extinguido en el siglo XIX por ley, y Dolores, de familia de hidalgo (hijos de algo) procedente del cercano pueblo de Foncea. Unidos tuvieron diez hijos, de los que llegaron siete a edad adulta, María, monja carmelita en Tarazona; Pablo, médico oculista en Lugo; Antonio, abogado; Pilar, hacendada; Justo, abogado y militar; Pedro Pablo, militar, y Carmelo, yo, también militar. Esta familia se desarrollaba viviendo del rendimiento de la tierra que poseían, huerta, cereales, y principalmente viñedo, que rendía para posibilitar las estancias de los hijos en colegios internos y ulteriormente en universidad.
Al término de la Guerra Europea, del 1914 a 1918, la economía mundial y española fue deteriorándose y los productos del campo, especialmente el vino, despreciados, llevando la economía familiar a situaciones precarias en las que se desarrolló mi niñez.”

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Hoy, 17 de noviembre del 2010, a las diez y media de la mañana, ha muerto mi padre, y con él, toda una época y miles de sus historias. Algunas he podido rescatar y compartir en este blog, pero otras muchas se han apagado para siempre cuando ha cerrado definitivamente sus ojos. Hace quince años, cuando todavía tenía el pulso firme y buena letra, le estuve animando (insistiendo más bien) a que escribiera sus memorias, pero no hubo forma. El siglo XX fue un siglo muy duro y ahora me arrepiento un poco de haber querido obligar a un hombre viejo a recordar sus muchas tristezas. Pero cinco años después, mi hija Elena cogió el testigo y le volvió a pedir que le fuera contando su vida mediante cartas. Consiguió que le escribiera unas cuantas páginas de su vida, y  la primera de ellas es la que he reproducido arriba. Creo que es el mejor homenaje que le puedo hacer en el día de hoy. O seguramente el único, porque, como es natural, en estos momentos no me salen otras palabras que las suyas.

(En la foto familiar, mi padre es el pequeño que está en el regazo del suyo. Es curioso, pero parece tener la misma mirada perdida que ha tenido en estos últimos días de larga agonía que hemos vivido junto a su lecho. Noventa y tantos largos años de vida median entre ambas. Algunas de sus miradas están ya en este blog, y algunas otras que aún guardo en mi memoria o en mis papeles espero seguir contándolas aquí, porque es sin duda la mejor manera que se me ocurre para continuar y perpetuar el amor que siempre tuvo él por su pueblo).   
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miércoles, 3 de noviembre de 2010

76. RECUERDOS CRUZADOS

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Poniendo Anguciana en google he descubierto un par de blogs de frailes franciscanos que pasaron por el Colegio Seminario en su niñez e intentan cultivar sus recuerdos del mismo.

ANGUCIANA

MIS RECUERDOS DE ANGUCIANA Y MI VENIDA A PERU

Como conté en La Piedra del Rayo a propósito del Castillo, la vida de los seminaristas era completamente cerrada y los niños del pueblo jamás tuvimos contacto con ellos. El único lugar en el que estábamos cerca unos de otros era la capilla del convento, pero bien separados: los seminaristas en el coro, y el pueblo de Anguciana debajo. Un video reciente del segundo de los blogs recuerda ese espacio ahora cerrado y vacío en el que todavía está aquella pintura del ábside que tan grabada tenemos en nuestra memoria: los del pueblo a la izquierda, los franciscanos a la derecha, y un chaval seminarista haciendo de puente. Pero que yo recuerde, creo que no hubo ni un solo hijo del pueblo que se hiciera fraile en ese convento. Curiosa reflexión esta y buenos documentos de... “recuerdos cruzados”.
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