miércoles, 15 de septiembre de 2010

72. LA POSADA

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Leyendo las “Memorias de mi Vida” de Giacomo Casanova y viendo la importancia que tenían las posadas en sus trajines por todos los pueblos de Europa, me ha venido al recuerdo que en Anguciana también tuvimos posada. Yo no la llegué a ver en funcionamiento pero sí tengo unas fotos de 1979 en las que aún podemos ver cómo era el edificio en que se ubicaba: una casa alargada de planta baja y un piso que se extendía a todo lo largo de la plaza de D. Julián Cantera detrás de sus actuales jardincillos.

En el año 2002 publiqué un artículo en la revista LA PIEDRA DEL RAYO titulado LA MUSICA QUE DA BAILE con una entrevista a Emiliano Ibarnavarro en la que me contaba que entre el padre de Lázaro y él daban baile con una guitarra y una bandurria en lo que fueron las cuadras de la posada.  Tengo ese artículo publicado en otro de mis blogs dentro de otro artículo que titulé BAILE EN LA CALLE , pero ahora que lo releo me doy cuenta de que se me pasó mencionar el lugar exacto donde daban el baile cerrado, es decir, la cuadra de la posada. Bueno, pues ahora queda dicho.

Como poco más de eso podía contar yo de aquel curioso establecimiento he vuelto a acudir a mi fuente de información, o sea, mi padre, quien a duras penas ha excavado en sus oxidados recuerdos y me ha contado que él fue mucho de niño a la posada porque en ella vivía su amigo “tres Pedritos”. Mi padre no consigue recordar el nombre de los últimos posaderos (abuelos de Tres Pedritos) pero aún me sabe decir el de sus tres hijos, Prudencio, (padre de Tres Pedritos y “Cinco Antonios”, apodos que hacían alusión a lo altos que eran), la Hipólita y Nisio. Cinco Antonios ya salió en este blog en el artículo EL ALBUM DE ELVIRA DIEZ DEL CORRAL  aunque allí le ponía aún más alto llamándole “siete Antonios”.

Según me cuenta mi padre, la posada fue en origen posesión del Castillo, hasta que finalmente sus dueños se la vendieron a los posaderos. En la planta baja y a la izquierda de la puerta en la que Lázaro y sus hijos abrieron en los años sesenta una de las Carnicerías del pueblo, hay una ventanita que mi padre identifica como el taller donde Nisio trabajaba haciendo alpargatas. Otro dato que yo no conocía. Como información arquitectónica  más destacada mi padre me cuenta que en el piso de arriba la posada tenía un gran comedor cuya ventana se corresponde con la que estaba encima de la puerta de la Carnicería y que la cocina daba a la parte de atrás.



Le pregunto por la vida de la posada y sólo me sabe decir que uno de los momentos de mayor ocupación se producía cuando venían las caravanas de los “Cucos” a comprar vino. Llegaban desde Santander por la carretera de Pancorbo en carromatos tirados por bueyes, solían comprar todo el vino de una cuba repartiéndolo en diversos pellejos o cubas pequeñas, y que carros, animales y santanderinos paraban y se alojaban en la posada.  Debieron de ser días muy animados aquellos.

Es curioso que con el trasiego de gentes que hoy tiene Anguciana no tenga ningún establecimiento público donde dormir y cenar. Si alguien se animara a abrir alguno yo le sugeriría que no lo creara como un Hostal u Hotel y que lo llamara LA POSADA. Aunque sólo fuera por las evocaciones que podía traernos de aquel viejo mundo y de aquel viejo caserón.

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Unos días después de llevar a mi padre la versión impresa de este artículo, me sorprendió diciéndome que añadiera a los tres hijos de los últimos posaderos uno más, Filomeno, casado con la Hilaria.

Casi a la vez, recibí una cariñosa carta de Alicia Loyo diciéndome lo mismo, pero ampliando la información notablemente. Para empezar me dió los nombres de los últimos posaderos, TIMOTEO y PETRA. Me ajustó el número de Antonios a siete, como había dicho yo en un principio. Y me informó con todo el cariño del mundo de los hijos del hermano olvidado, pues nada menos que se trataba de su abuelo. Filomeno e Hilaria tuvieron como hijos a Alicia (casada con José Luis Loyo /padres de la informante Alicia), Bernardo (cura), Pedrito (casado con La Vadilla y que vive en Anguciana) y Begoña.(que vive en Portugalete). Me informó también que su abuela Hilaria era hermana de la Santos (la que llevó la primera centralita telefónica del pueblo /y a la que habrá que dedicarle un artículo) y de Paulina, madre de la Celes, la del Bar Perjuicios (también algún tendré que hurgar en mis recuerdos sobre los famosos bares del pueblo). Ah! y también me cuenta una de las últimas historias tristes de amor la posada. Se ve que un andaluz que pasaba mucho por la posada pretendió casarse con la Hipólita, es decir, la hija de los posaderos. Pero éstos la habían destinado a cuidarles en su vejez y la pobre Hipólita se quedó soltera para toda la vida, compartiendo casa con su hermano Nisio. 
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martes, 7 de septiembre de 2010

71. EL VENAJO

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La foto con que ilustro esta entrada no puede ser más cochambrosa. Y su título les sonara a muchos a palabra malsonante: ¿Qué es el venajo? ¿O qué era el venajo?

En el post 10 de este blog, dedicado a EL CASTILLO ya mencioné esta palabra al decir que algunas mujeres preferían lavar la ropa en el trozo del cauce que corría junto a la carretera antes que bajar al “venajo”, y en la foto de Jaime Marín del post nº 11 se ven al fondo a algunas mujeres lavando ropa precisamente en ese lugar. Pero el lavadero “oficial” del pueblo no era ese, sino “el venajo”: una pequeña construcción de ladrillo con cubierta de madera en la que el agua del cauce corría por entre las piedras dispuestas en línea para lavar la ropa a mano, y que estuvo ubicado precisamente en el lugar de las fotos que he puesto arriba, es decir detrás del Ayuntamiento.
El “venajo” se debió tirar por las mismas fechas de construcción del nuevo Ayuntamiento y fue sustituido por esa pequeña caseta blanca sobre el cauce que vemos en la foto, dedicada a matadero, también ahora en desuso.

No recuerdo que nadie llorara la desaparición del lavadero por lo dura que era la tarea de lavar la ropa a mano y lo aliviadas que se sintieron las mujeres cuando llegaron las máquinas de lavar a las casas. Años después sin embargo, a instancias del etnógrafo Carlos Muntión y de otras gentes con amor al patrimonio y a nuestras raíces, asistí con estupefacción al derribo del lavadero de Tricio y dejé constancia de ello en un artículo que publiqué en La Rioja y que luego apareció recopilado en EL RETABLO DE AMBASAGUAS (lo he colocado en otro blog por si alguien lo quiere consultar: El lavadero de Tricio ).

Con la desaparición del lavadero en Anguciana también cayó en el olvido la palabra “venajo” o “venaje”, que según los diccionarios que he consultado significa “pequeñas venas de agua que dan origen a un río”. En Haro el término “venajos” se usa para ciertas parcelas comunales de huertas situadas en la zona de Fuente el Moro. En uno y otro caso parece haberse alterado el significado original de la palabra.

En todo caso, la palabra es tan áspera que ahora me viene al recuerdo otro de los usos que le dábamos a sus aguas. En la entrada sobre LOS PERROS mencioné lo duro que era para nosotros la simple mención de deshacerse de las amplias camadas que solían tener las perras. Pues bien, ahora recuerdo que era precisamente en el “venajo”, por su cercanía al pueblo, donde se solían tirar. Y quizás por ello siempre me pareció una palabra siniestra.

Tan siniestra como el aspecto que tiene actualmente.


De todos modos, si alguien conservara una fotografía antigua de aquel viejo lavadero, estoy seguro que ese lugar volvería a cobrar vida y lo podríamos recordar de un modo mucho más justo: como homenaje al trabajo cotidiano de tantas y tantas mujeres lavando la ropa.