jueves, 15 de julio de 2010

69. EL MOLINO

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Cuando mencioné a Luis Salazar (“Malán”) en el post n 61 se me olvidó decir que fue “el último molinero de Anguciana”. Me ha venido esto a la memoria al ver una foto del molino que hice allá por los años setenta, y que es la que he puesto como encabezamiento.

Mirando el estado actual de este pequeño edificio es más que posible que muchos jóvenes del pueblo o incluso muchos de sus visitantes o veraneantes no sepan que fue el molino del pueblo, y antes, el molino del castillo. Es decir, una de las piezas fundamentales de la vida rural y a la vez, una de las máquinas más importantes de la humanidad, -como acabo de leer en “El mito de la máquina” de Lewis Mumford (ed Pepitas de Calabaza, Logroño, 2010). Seguramente por esto último, muchos, muchísimos pueblos de toda Europa se han afanado en rehabilitar sus viejos molinos: para enseñar a las jóvenes generaciones la belleza y el ingenio de aquella mítica máquina.



A mi padre se le ha alegrado la cara esta mañana cuando le he dicho que iba a dedicar una entrada de este blog al molino de Anguciana, y lo primero que me ha dicho con gesto de admiración es que es un molino ¡de tres piedras! o sea, un molino grande, un molino importante.. En efecto, en la foto de arriba se ven perfectamente las tres embocaduras de sus entradas de agua; unas embocaduras que daban a unas pequeñas rampas inclinadas de cemento, que siendo niños usábamos como toboganes.

En mi infancia llegué a verlo en pleno funcionamiento, con Malán enharinado moviendo sacos y abriendo las compuertas de agua para poner en movimiento la piedra del más alejado de la puerta, que creo que fue el último que estuvo en uso. Mi padre me dice sin embargo que él conoció a muchos molineros... y a sus hijos... Pero cuando le pregunto por sus nombres se queda pensativo y no le sale ninguno. Ya le vendrán, digo yo. La memoria de viejo es así: se viene y se va, como la antiguas emisoras de radio. Pero de repente me dice: “y algunos vivían en la casa de encima”. Yo nunca vi a nadie viviendo tras esas tres ventanas del molino, ni entrando a casa por ese senderito de piedra junto al cauce, pero al decirme eso mi padre, de repente ese pequeño edificio cobra aún más vida.

Como la gente del pueblo sabe, ese molino no es público sino de un particular (los herederos de José Ignacio Gómez Escolar) pero no por ello habría que dejar de hacer las gestiones pertinentes para evitar que se hundiera, e incluso para comprarlo y rehabilitarlo. Seguro que con la mitad de lo que se ha gastado en los despampanantes granitos y luces de la plaza se podían haber comprado y habilitado para el pueblo, la Biblioteca de los Medranos que puse en el post anterior y el Molino del Castillo que pongo en éste.

Pero lo importante en ambos casos, lo digo por si en el futuro algún ayuntamiento me hace caso, es evitar absolutamente la intervención de arquitecto alguno en su rehabilitación, porque seguro que les pondrían barandillas de acero inoxidable o luces indirectas. Mira si no lo que un arquitecto le ha hecho al castillo, reconstruyendo las almenas de hormigón que hicieron los frailes y pintándolas de cagalera.... ¡Antes la ruina que encargar una restauración a un arquitecto!

Seguro que entre un albañil con sentido común y algún etnógrafo de Logroño, de esos que aún quedan de la escuela de Luisvi, serían capaces de hacer que este molino volviera a funcionar. Y seguro también que algún jubilado del pueblo sabría ponerlo en marcha de vez en cuando para enseñarlo a los chiquillos y a los turistas con ganas de saber.

Y por favor, que si nada de esto se hace, que no se le ocurra a nadie (para compensar) poner uno de esos típicos carteles de metacrilato diciendo que esa casita es nuestro molino o explicando estúpidamente lo que es un molino, porque aunque haya pocas piedras en las calles del pueblo alguna encontraré para dar buena cuenta de él. Que ya vale de arquitectos y de bobadas.

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Adenda del 19 de julio: Gonzalo Salazar, hijo del último molinero, me ha contado con todo lujo de detalle la disposición de todas las piezas del molino pues lo recuerda a la perfección. También me ha precisado que él estuvo moliendo en él hasta 1974, fecha en que se fue a la mili, y que incluso después volvieron a moler algunas veces con él pues los molinos eléctricos de Haro que le sustituyeron daban una harina algo quemada por la rápida fricción de los granos.
Hemos podido ver en el exterior del molino dos pares de las viejas ruedas mientras que nos ha contado que las últimas que se instalaron fueron traídas de Extremadura y que son las que aún siguen instaladas en él.
También me ha dicho que la única rueda que funcionaba en la última etapa de su vida activa no era la más cercana a la puerta (como yo había puesto en un principio) sino la más alejada, por lo que lo he corregido rápidamente.

sábado, 10 de julio de 2010

68. LA BIBLIOTECA

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Unas más otras menos, todas las casas del pueblo encierran miles de historias personales y familiares, decenas de empeños por mejorarlas o momentos de decadencia, ruina y abandono que nunca podrán ser contadas o recogidas por escrito. Pero de vez en cuando alguna historia cae y es una alegría contarla.

Hace unos días me llamó Germán Ibaibarriaga (el albañil del pueblo, hijo del albañil y cantero Germán Ibaibarriaga y nieto de canteros venidos del país vasco y afincados en Briones tal y como dice en el libro “Canteros vascos en la Rioja”/ toda una tradición pues y un lujo para Anguciana) y hablé con él por teléfono, -decía-, para unas obras en nuestra casa, y ya de paso y para quedar me dijo que me pasara "por la biblioteca" para ver unas pinturas decorativas que había descubierto en unas obras que estaba haciendo en ella.

Mi primera reacción fue de sorpresa: “pero, ¿a qué biblioteca te refieres?” ¿ha habido alguna vez una biblioteca en Anguciana?. “Pues a la de vuestra casa –me respondió-, o a la de vuestros parientes aquellos de Valladolid” Ah ah ah, ahora, caigo, le respondí, y allí me presenté. Si yo no recordaba de buenas a primeras lo que era “la biblioteca” como para saberlo el resto de la gente de Anguciana. Bueno, pues aquí cuento lo poco que sé.



El número 17 de la calle Arriba, esa casa con escudo de terracota y miradores en ruina es una casa muy singular. Siendo yo niño era la casa de del cura, la casa donde vivía don Gregorio con su hermana la Paulita, y en su jardín y junto al pozo, le recuerdo a él leyendo por las tardes el periódico Nueva Rioja tal y como he contado en algún otro post de este blog. Cuando murió don Gregorio, y yo en mi adolescencia empezaba a tener uso de razón, supe que esa casa era de unos familiares que vivían en Valladolid, pero sobre todo llegó a mi conocimiento que había sido la casa en la que había nacido mi padre, la casa a la que se trasladaron mis abuelos Francisco y Dolores cuando hacia 1915 vendieron el castillo a los frailes.



Aparte de la casa propiamente dicha que da a la calle arriba, el inmueble tenía un hermoso patio con un pozo, unas cocheras que daban a la calleja trasera y un pequeño edificio lateral con fachada de piedra de sillería con fachada al patio, que por lo visto había sido una coqueta biblioteca.



Los años de mi adolescencia fueron años de veraneantes y alquileres, y por aquel entonces mi padre administró toda esa propiedad para los parientes de Valladolid dividiéndola en partes y alquilándola a diversas familias de bilbaínos, casas o pisos bastante deficientes pero que sin duda los recordarán sus inquilinos con cierto cariño y nostalgia. La casa del cura, o la casa donde nació mi padre, pasó a llamarse entonces la “casa de los Medrano” (que era como se llamaban los parientes de Valladolid) y una de esas partes, la biblioteca, se convirtió también en un piso con entrada independiente por la trasera.

Las pinturas que me enseñó Germán estaban hechas en un cielo raso abovedado del que colgaba otro cielo raso plano hecho posteriormente, así que mucho no se podía ver, pero en cualquier caso por ese pequeño resquicio pude respirar durante un momento el aroma a libros viejos, a gusto decimonónico, y a un pequeño lujo arquitectónico. Y cómo no, pensé enseguida en compartirlo con todos los amantes de Anguciana haciendo unas fotos y contando estas historias

En el cajón de fotos antiguas he encontrado también una foto muy pequeñita de uno de los balcones de aquella biblioteca por la que se dejan entrever unas líneas en la oscuridad que se corresponden con las de la decoración que cuento hoy aquí. Como escribió mi padre al pie de la propia foto, en ella están sus dos hermanas mayores y él hace... muchos, muchos años. Y como se puede ver en ese pie de foto, también escribió en él: “balcón bliblioteca, Anguciana.

viernes, 2 de julio de 2010

67. DOS ESTAMPAS DE LA VIEJA PLAZA

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Aunque este verano del 2010 me voy a Alemania y voy a estar por lo tanto lejos de Anguciana, sé que los oídos me van a chillar mucho con las mil y una conversaciones que se van a suscitar sobre la nueva plaza. Ya he dicho que no quiero hacer crítica ni buscar culpabilidades y que prefiero decir de un modo genérico que han sido el Mal de la Arquitectura de nuestro tiempo y el Mal de la Política de nuestro tiempo los que juntos han caído como una enorme losa sobre nuestro pequeño pueblo aplastando su corazón.

La desolación compositiva, el despilfarro económico y el desastre funcional de la nueva plaza me hacen recordar todo lo más un “pattern” o guía de proyectación que da mi teórico favorito, Christopher Alexander, respecto de los espacios públicos. Dice Alexander en el pattern nº 126 de su libro que para que una plaza no sea un lugar desolado hay que poner “algo brusco en medio”. Y ello me lleva a recordar una vez más aquel viejo kiosko de música de la plaza de mi infancia, rodeado por una guirnalda de árboles y bancos.

Pues bien, si de pequeños llamábamos “estampas” a las imágenes de santos y de cosas sagradas, a las dos fotos que traigo hoy aquí he querido darles también el título de “estampas” porque frente a ese gigantesco vacío de la nueva plaza de los próximos años, cualquier imagen de aquella vieja plaza me parece ahora “sagrada”.

Las hice a primera hora del día de una nevada caída en las navidades de 1970 y la verdad es que siempre me asombré de su calidad compositiva. En la de arriba, abierta hacia a la embocadura del castillo y el puente, pueden verse un fragmento del kiosko, de un banco y de un árbol, esas tres sencillas piezas con las que se componía aquella plaza.

En esta otra foto que pongo aquí abajo hice casualmente una composición muy extraña que luego supe que tenía mucho que ver con la estética de fragmentación y dualismo de muchas composiciones modernas. Dos de los árboles nevados enmarcan la divisoria de dos casas, la nuestra y la de los Marín.



Como hacían las beatas de mi infancia con las estampas de sus santas y su vírgenes, casi me dan ganas a mí también de besar ahora estas dos fotos. Estas dos estampas.