sábado, 24 de abril de 2010

62. LA TRILLADORA

.


Cuando empecé este blog estuve dando vueltas en la imaginación a las fotos que podría tener de Anguciana mi prima Elvira, pues recordaba yo que tenía una gran sensibilidad para la fotografía. Tras ponernos en contacto me envió unas cuantas fotos que tengo que ir poniendo aquí de entre las que hoy traigo esta de “la Trilla”.

No soy capaz de reconocer el lugar donde está colocada la trilladora. En un principio pensé que podía tratarse de la era de Escolar junto a la casa del Gallo pero tengo mis dudas. Lo que está muy claro es que delante de la cinta se le ve a Lázaro (de quien hablé en los post nº 35 y 48 ), a mi tío Justo, de espaldas, y su mujer, María Jesús García. El motor que mueve la trilladora está a la izquierda de la imagen pero no se logra ver (y no me parece lógico que estuviera casi metido en la carretera). Lo que sí se aprecia es la protección que le pusieron para que no pasaran sus posibles chispas a la zona de la paja. Supongo que en el momento de la foto todavía no había tractores en el pueblo para mover las trilladoras.

El primer tractor que recuerdo enganchado a la larga cinta de la trilladora fue el la Cooperativa, el Lanz que llevaba Jesús Angulo. Se colocó en la era que había junto al pabellón que tuvo aquella cooperativa, gestionada creo por Joaquín Angulo.

Recuerdo también algunas trillas con trilladora en las eras de Oreca pero la que más se me ha quedado en la memoria fue una que se hizo en nuestra finca de Las Conejeras con la trilladora colocada justo en el medio de la finca contra el ribazo de las madrigueras de los conejos. Es curioso pero con las imágenes de aquella trilla llegué a soñar muchas veces y seguramente por eso volvió muchas veces a mi recuerdo.

Ahora que lo pienso creo que a nuestra generación se nos podría llamar “los de la era de la trilladora” porque vino a coincidir más o menos con los años de nuestra infancia. La llegada al pueblo de las modernas cosechadoras coincidió con nuestra entrada en la adolescencia.

Junto a la foto con la que abro este post pongo también a modo de firma, otra de las que me envió su autora: la de mi prima Elvira junto a la trilladora y el montón de paja picada.

sábado, 3 de abril de 2010

61. OTRA IDEA DE PUEBLO

.
Al hablar de nuestro “pueblo”, Anguciana, las más de las veces me refiero a ese lugar habitado entre Haro y Cihuri poco más debajo de donde se juntan el Oja y el Tirón, o lo que es lo mismo, a ese conjunto de casas atravesado por la carretera de Haro al Montón de Trigo antes de cruzar el río, organizado en torno en un par de plazas y tres o cuatro calles, caracterizado por el castillo y la iglesia, y con el barrio de Oreca al otro lado del puente. Como arquitecto que soy, yo empecé este blog hablando de las calles y de las casas, más que nada porque con lo feas que son las calles y casas que hacemos los arquitectos actuales, las sencillas calles y casas de mi pueblo se me antojaban mil veces más bonitas. Pero las casas y calles de Anguciana van cambiando también, amoldándose a los nuevos tiempos, y ya no reconozco en ellas a mi pueblo, a aquel pueblo de antes que trataba de buscar con este blog. Por eso, a medida que ha ido avanzando este blog creo que he ido desviando mi atención hacia la gente de Anguciana, al principio, en función de las fotos que tenía, y después, considerando que el recuerdo podía convertir a aquellas personas conocidas en “personajes”. Hoy, sin embargo, voy a dar un paso más diciendo que un pueblo no sólo es un lugar concreto con un nombre concreto y con unas casas y calles determinadas. Como tampoco un pueblo es eso que, abusando de la palabra, los políticos del siglo XX convirtieron en una cosa abstracta dotada de poder o de votos muy cercana a lo que entendemos como “masa de gente”. Para los que somos de pueblo, un pueblo es otra cosa: ni sólo un lugar, ni mucho menos un “ente abstracto”. Un pueblo es para nosotros un conjunto de rostros próximos y reconocibles.
Me contaba hace muchos años mi padre que cuando volvía del internado de Tudela y llegaba a Haro, nada le hacía más ilusión que cruzarse por entre la estación, las calles o la carretera a alguien de Anguciana. El ver una cara conocida de alguien de su pueblo le hacía sentir que ya estaba en su pueblo incluso antes de haber llegado a él.
Años después he comprobado no pocas veces, que cuando dos de Anguciana nos encontramos fuera del pueblo, por ejemplo en Logroño, nos saludamos con la misma efusividad que si fuéramos parientes.
Con los periódicos, las revistas y la televisión ahora somos capaces de reconocer a mucha, muchísima gente, pero ay, esa gente no nos es próxima, esa gente no es de nuestro pueblo, no es nuestro pueblo.
No hace muchos días, en una alegre comida en las Bodegas Darien de Logroño, el “Chino” nos dejó sorprendidos al decir que últimamente hay mucha gente que vive en Anguciana a los que no les conocen. Como si el pueblo fuera ya una ciudad dormitorio o un suburbio de otra ciudad donde viven seres anónimos o sin rostro conocido. No sólo el viejo pueblo se desvanece con las nuevas obras de casas y calles sino que también se desvanece en ese concepto de gente próxima y reconocible.

No sé si sería porque ya empezaba a pensar en ello, el caso es que el verano pasado, cuando subí al cementerio, me di cuenta de que la mayoría de los nuevos panteones que lo han macizado ya no tienen fotos, y que de aquellas pocas cruces de forja y chapa que mostraban la foto del fallecido, apenas quedaba media docena. Por suerte, comprobé también que los nuevos nichos han vuelto a la vieja costumbre de poner fotos de los fallecidos y entre las viejas cruces, algunos pocos panteones y los nuevos nichos me hice con poco más de una docena de rostros de Anguciana.

Gracias a este recurso, me hizo mucha ilusión, por ejemplo, descubrir cómo era Don Isidoro, el cura anterior a Don Gregorio a quien yo nunca conocí y a quien llamaban “Pico de Oro”. Llegó a Anguciana procedente de Treguajantes (pueblo en los Cameros Viejos luego abandonado) y según mi padre, el cambio fue todo un ascenso: a Don Isidoro, Anguciana le pareció una “capital”.




Quedan tres cruces de personas que murieron cuando yo era niño y que por lo tanto no los puedo recordar, aunque seguro que habrá familiares o gente mayor que yo que los recuerden (Blas Gómez es el padre del Ché, abuelo por tanto de Armando):





Pero a partir de los sesenta, las caras de todos los demás que pude ver en el cementerio avivan extraordinariamente mis recuerdos y vuelvo a verles como parte del pueblo que está en mí. Algunos de ellos son gentes con los que no creo que yo cruzase una palabra, y sin embargo, me resultan tan queridos como un familiar lejano. Por ejemplo, “El Campesino”, padre de Pedrito, el peluquero que salía en el anterior post, y de “El Litri” y Antonio....



o Eugenio Pérez Barrio, la señora Irene Aliende (creo que hermana de Benjamín, el de la dula, Luis Mínguez y Eugenio Fernández (padre de Pablo Fernández, marido de Candelas, y de Paco, marido de Crucita):






De los muchos panteones que hay son unos pocos han incorporado fotos reuniendo a familiares fallecidos con muchos años de diferencia. En uno de ellos podemos volver ver a la infortunada Cecilia Espejo, que murió en un terrible accidente en medio de la Calle Arriba, y junto a ella a su viudo, Ricardo Samaniego.




O al matrimonio de Justo Sáez y Amelia García, que vivieron en la plaza,



y a Luis Salazar, “Malán”, hombre risueño y socarrón, como en la expresión de la foto de su panteón:



Pero como digo, en los panteones no hay más fotos. De ahí me pasé a los nuevos nichos de donde obtuve la foto de Marce que puse en el anterior post, la de Alejandro Barrio, el “Cojo de Oreca” o mejor, “Alcalde de Oreca” como le gustaba decir a él,



y la tío Filo, recientemente fallecida y que nos ha dejado un último e imborrable recuerdo de tantos y tantos años y cuidada por sus hijos.



La mayoría elige, o elegimos, no poner nuestras fotos en el lugar donde reposan nuestros familiares, y tratándose de un asunto tan serio como la muerte o el recuerdo, el respeto por cada cual es absoluto. Pero creo que puedo también decir que los pocos que han optado por lo contrario, nos han dejado un gran regalo a los que aún vivimos y nos sentimos parte de Anguciana: el regalo de poder dar cuerpo a esa tercera idea de pueblo que antes mencionaba mediante la contemplación de esos rostros próximos y conocidos.