jueves, 23 de diciembre de 2010

81. EL PUEBLO Y LA FAMILIA

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Además de algunas de las fotos de niños que puse en el anterior post, César me envió también una de las fotos que más me gustó de aquella exposición del año 1993 a la que me refería al comienzo de este blog (PRESENTACIÓN): la de una familia “extensa” del pueblo, (la suya, claro), posando en el campo junto a un viejo carro en el descanso de alguna tarea agrícola.

(Por cortesía de Verónica Ontañón en carta de17 de mayo del 2011, pongo sus nombres. De arriba abajo y de izquierda a derecha: la Maruche (Remedios Martínez Aguilar), El Litri (Tomás Fernández), Benito Fernández Fernandez con Remedios y Margarita, la Ascensión y su marido Domiciano. Debajo: Carmelo, la Felipa e Isidro. Pedro Fernández (hermano de Benito) y Mínguez, el guarda. ¡Ah! y el perro, que se llamaba Cartucho).

Frente al concepto de familia “nuclear” de padres e hijos, acuñado en la vida urbana y relacionado directamente con el aislamiento en  pequeños pisos, los sociólogos y antropólogos comenzaron a denominar “familia extensa” al grupo humano compuesto no sólo por padres e hijos sino también por tíos, cuñados, abuelos, primos, sobrinos, etc. que, debido a la intensidad, rapidez o economía de algunas tareas agrícolas, se tenía que juntar varias veces al año para la siembra, recolección o reparto de la matanza.

Una de las cosas más sorprendentes y divertidas de la vida del pueblo ha sido siempre descubrir los lazos de parentesco entre gentes que no te lo esperabas. Como me decía un amigo, en un pueblo nunca puedes hablar mal de nadie porque todos acaban por ser parientes de todos. Y aunque no todos los parentescos producen unión, porque donde está la convivencia está el roce, y en el marco estrecho de los pueblos esas fricciones a veces se vuelven insoportables, cuando uno toca algo tan sagrado como la familia debe andarse con pies de plomo.



Aparte de las labores agrícolas, los acontecimientos señalados de la vida (nacimientos, bodas y entierros) o los propios del calendario de fiestas del año vuelven a unir a las familias en los pueblos más aún que en las ciudades. Y como hoy es Nochebuena, es decir, uno de los días más señalados del año como fiesta de reagrupación familiar, y nosotros lo hemos celebrado siempre en el pueblo, despido el año en este blog y felicito a todos sus lectores y visitantes con la foto de un pasacalles de villancicos que hicimos hace ya unos años por las calles del pueblo cuando tocaba yo la dulzaina con mi familia.


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domingo, 12 de diciembre de 2010

80. EL PUEBLO Y LOS NIÑOS

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Lo mejor que se puede decir de un pueblo es que seguramente sea el mejor de los escenarios posibles de ese paraíso que es la niñez. Cierto que toda niñez ya es un paraíso, un paraíso perdido, pero cuando ese periodo de la vida se ha vivido en un pueblo, uno tiene por lo menos durante el resto de la misma el consuelo de poder volver a su escenario.


No pasa lo mismo con la ciudad, territorio de los adultos. Este verano he leído un libro de pensamiento impresionante, un libro difícil como casi todos los libros de pensamiento, pero absolutamente distinto de todo lo que había leído antes. Se titula EL MITO DE LA MAQUINA, y lo escribió Lewis Mumford en 1967. A pesar de que han pasado más de cuarenta años desde su escritura creo que es un libro actual, imperecedero e inmortal, porque trata de revisar el valor de los distintos avances e inventos de la humanidad. Pues bien, a partir de la página 259 (de la reciente edición de Pepitas de Calabaza), hace un elogio del pueblo como invento neolítico que yo no había leído en ninguna otra parte.


No es cosa de reproducir aquí los largos párrafos en que Mumford desgrana los elementos de esa vida rica y autosuficiente que creó la aldea neolítica y el éxito universal de esa fórmula, ni de cómo la megamáquina social de la ciudad fue construyendo en torno al poder y las religiones otros valores a la vez que se olvidaban los de la aldea, pero la comparación entre lo uno y lo otro me llevan a pensar que mientras pueblos y ciudades han coexistido, y algunos afortunados hemos podido vivir la niñez en unos y la madurez en las otras, estamos en la mejores condiciones para entender ese profundo pensamiento de Mumford, y acaso aventurarnos a adscribir el paraíso de la humanidad a los pueblos, y los grandes dramas de las civilizaciones a las ciudades.


Viene a cuento toda esta complicada y larga introducción a que hace unos días encontré entre los cajones de fotos de mi padre un par de fotos de la cuadrilla de mi hermano Alberto que me gustaron mucho, y a que la semana pasada, César Fernández Sanz me envió unas cuantas fotos del pueblo entre las que destacaban las de grupos de niños de su edad. Otros lectores del blog, del pueblo o bilbaínos, me han escrito también diciendo lo mucho que recuerdan el pueblo por la vida que hicieron allí de niños, y aunque no me hayan enviado fotos seguramente se sentirán muy identificados con las que pongo hoy aquí. Que los que se vean en ellas o los que me sigan en mis recuerdos y razonamientos, las disfruten por igual.

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lunes, 29 de noviembre de 2010

79. 75.000 PESETAS DE LAS DE ANTES...

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En el post 59 hice mención de la antigua botica del pueblo y de su boticario D. Román. Pues bien, revolviendo ahora en los papeles de mi padre he encontrado un manuscrito suyo encabezado con una nota que dice “para D. Félix”, en el que hay una vieja historia del pueblo cuyo protagonista era el buen D. Román. Supongo que con esa nota quería hacerle partícipe al nuevo cura del origen de algunas cosas de la devoción popular a la Virgen rindiendo merecido homenaje a quien hizo una importante donación testamentaria. Y supongo también que luego pasaría a máquina esta nota y se la daría a D. Félix, aunque también es posible que se quedara en manuscrito y que simplemente se lo contara de viva voz. Pero como en todo caso creo que es de general interés para todos los que amamos el pueblo y sus cosas, la transcribo aquí tal y como la he encontrado en este borrador:

“En Anguciana, a los setenta años de edad, murió el 12 de noviembre de 1931 Don Román Ruiz de la Cuesta Aramburu que había ejercido de boticario toda su vida en el pueblo en una botica de estilo gótico situada en la calle Real (actual casa de los hermanos Angulo García) teniendo su vivienda en el segundo piso del mismo edificio.
Su estado fue de soltero, viviendo siempre con su hermana Benita, igualmente soltera, que murió a los 64 años, un año antes que él en fecha 7 de noviembre de 1930.
A su muerte, dejó heredera de un capital de unas 75.000 pesetas a la Ermita de la Concepción, nombrando como albacea testamentario a D. Julián Cantera Orive, quien lleva a efecto los deseos del testador invirtiendo su capital totalmente en 1) levantar un muro de piedra en el terraplén enfrente de la ermita y cementerio; 2) proveer de bancos la totalidad del edificio y de un zócalo-asiento alrededor de los muros; 3) baranda delante del presbiterio con seis ángeles de pié de tamaño grande; 4) una túnica o vestido blanco y manto azul celeste, todo bordado ricamente en oro por las monjas de un convento de clausura; 5) una corona de plata adquirida en Valencia; y 6) unas nuevas andas para llevarla en procesión; todo hasta hoy en perfecto uso.
Todo ello se cumplió con diligencia siendo inaugurado todo antes del tercer aniversario de la muerte del testador”.


(La foto de la ermita con la que cierro este post es la que ofrece Panoramio de Google Earth, colgada por Juanma, a quien le doy las gracias por su generosidad para con el pueblo).
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martes, 23 de noviembre de 2010

78. LA COFRADIA DE LA VERACRUZ

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Cuando acabó el entierro de mi padre me dieron el pésame José Antonio (“Plin”) y José Miguel (“el Chino”), y de inmediato y por asociación, me acordé de la Cofradía de la Veracruz, porque creo recordar que los padres de ambos pertenecieron a aquella venerable institución que en sus tiempos hacía de los entierros algo mucho más digno y solemne que como se hacen ahora.

No recuerdo bien si los entierros se abrían con el tradicional triplete de un Cristo y dos velones altos portados por monaguillos vestidos de negro con el cura o curas detrás (tal y como he encontrado en esta foto de otro pueblo encontrada en internet  que he puesto arriba como ilustración), pero lo que sí recuerdo perfectamente (y de eso no puedo poner foto) eran las dos filas de hombres mayores que enmarcaban el cortejo, desde el trío que lo abría, hasta el féretro, portando en la mano un velón cubierto con un farolillo protector contra el viento. Ya detrás del féretro, y eso es en lo único que se parecen aquellos entierros a los de ahora (siempre que sea portado a hombros y no en coche), se colocaba la familia acompañada por la desordenada masa de amigos, vecinos y acompañantes.

Pero junto a la imagen seria y solemne de las dos filas de los hombres mayores del pueblo con el velón de farolillo en la mano, guardo en la memoria otra imagen un poco más irreverente: como en señal de duelo y de respeto todos aquellos hombres se quitaban la boina, y como debajo de ella muchos de ellos lucían una calva blanquísima que contrastaba con la piel curtida de sus rostros y sus nucas, el efecto tenía algo de surrealista. Aquellos hombres mayores con el velón en la mano, la cabeza en dos colores y la boina en la otra mano, formaban un extraño decorado humano del no menos entendible momento de la muerte y del duelo.

Seguramente se guarden en la iglesia los estatutos de la Cofradía, la lista de sus últimos miembros y hasta las cuentas de la misma (porque creo que era obligatoria la asistencia a todos los sepelios, y que la ausencia injustificada se castigaba con una pequeña multa destinada a los gastos de la cena de hermandad anual). Es un documento de gran valor que hay que guardar como otro de los pequeños tesoros desaparecidos de aquella riqueza de elementos que componían la vida del pueblo y del que algún día podríamos dar cuenta aquí con mejores datos que los de mi honda añoranza infantil.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010

77. MI PADRE

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“Nace al mundo en un pueblecito de un lugar de España, llamado La Rioja, hijo décimo (el pequeño) del matrimonio de Francisco y Dolores, el 16 de julio de 1916, cuando el mundo se debatía en la Primera Guerra Mundial. Sus padres eran los pequeños de sus familias: Francisco, nieto del último Señor de Anguciana, título de reconocimiento real desde el siglo XIV y extinguido en el siglo XIX por ley, y Dolores, de familia de hidalgo (hijos de algo) procedente del cercano pueblo de Foncea. Unidos tuvieron diez hijos, de los que llegaron siete a edad adulta, María, monja carmelita en Tarazona; Pablo, médico oculista en Lugo; Antonio, abogado; Pilar, hacendada; Justo, abogado y militar; Pedro Pablo, militar, y Carmelo, yo, también militar. Esta familia se desarrollaba viviendo del rendimiento de la tierra que poseían, huerta, cereales, y principalmente viñedo, que rendía para posibilitar las estancias de los hijos en colegios internos y ulteriormente en universidad.
Al término de la Guerra Europea, del 1914 a 1918, la economía mundial y española fue deteriorándose y los productos del campo, especialmente el vino, despreciados, llevando la economía familiar a situaciones precarias en las que se desarrolló mi niñez.”

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Hoy, 17 de noviembre del 2010, a las diez y media de la mañana, ha muerto mi padre, y con él, toda una época y miles de sus historias. Algunas he podido rescatar y compartir en este blog, pero otras muchas se han apagado para siempre cuando ha cerrado definitivamente sus ojos. Hace quince años, cuando todavía tenía el pulso firme y buena letra, le estuve animando (insistiendo más bien) a que escribiera sus memorias, pero no hubo forma. El siglo XX fue un siglo muy duro y ahora me arrepiento un poco de haber querido obligar a un hombre viejo a recordar sus muchas tristezas. Pero cinco años después, mi hija Elena cogió el testigo y le volvió a pedir que le fuera contando su vida mediante cartas. Consiguió que le escribiera unas cuantas páginas de su vida, y  la primera de ellas es la que he reproducido arriba. Creo que es el mejor homenaje que le puedo hacer en el día de hoy. O seguramente el único, porque, como es natural, en estos momentos no me salen otras palabras que las suyas.

(En la foto familiar, mi padre es el pequeño que está en el regazo del suyo. Es curioso, pero parece tener la misma mirada perdida que ha tenido en estos últimos días de larga agonía que hemos vivido junto a su lecho. Noventa y tantos largos años de vida median entre ambas. Algunas de sus miradas están ya en este blog, y algunas otras que aún guardo en mi memoria o en mis papeles espero seguir contándolas aquí, porque es sin duda la mejor manera que se me ocurre para continuar y perpetuar el amor que siempre tuvo él por su pueblo).   
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miércoles, 3 de noviembre de 2010

76. RECUERDOS CRUZADOS

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Poniendo Anguciana en google he descubierto un par de blogs de frailes franciscanos que pasaron por el Colegio Seminario en su niñez e intentan cultivar sus recuerdos del mismo.

ANGUCIANA

MIS RECUERDOS DE ANGUCIANA Y MI VENIDA A PERU

Como conté en La Piedra del Rayo a propósito del Castillo, la vida de los seminaristas era completamente cerrada y los niños del pueblo jamás tuvimos contacto con ellos. El único lugar en el que estábamos cerca unos de otros era la capilla del convento, pero bien separados: los seminaristas en el coro, y el pueblo de Anguciana debajo. Un video reciente del segundo de los blogs recuerda ese espacio ahora cerrado y vacío en el que todavía está aquella pintura del ábside que tan grabada tenemos en nuestra memoria: los del pueblo a la izquierda, los franciscanos a la derecha, y un chaval seminarista haciendo de puente. Pero que yo recuerde, creo que no hubo ni un solo hijo del pueblo que se hiciera fraile en ese convento. Curiosa reflexión esta y buenos documentos de... “recuerdos cruzados”.
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miércoles, 27 de octubre de 2010

75. EL WHISKY CLUB Y... LOS PERIODISTAS

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En Febrero de 1975, estando estudiando yo mi último curso de arquitectura en Barcelona, recibí una carta de mi padre adjuntándome el recorte de periódico cuyos titulares he escaneado y puesto como cabecera de esta entrada. La noticia / reportaje ocupaba toda una página de LA GACETA DEL NORTE, periódico antiguo de formato tabloide, es decir, tan grande que no cabe en mi escáner. He tenido por tanto que transcribir el largo texto de la misma, para que los lectores de este blog no se pierdan detalle, y escanear aparte las fotos.
No he encontrado entre mis papeles la carta de mi padre pero tengo el recuerdo de que sus comentarios tenían un tono lacónico. No es que mi padre estuviera a favor del “whisky club” sino que la forma de vivir el asunto como alcalde que era, y la forma de contarlo del periódico, le debieron de mover a la distancia y la sonrisa.
Que el periodismo es uno de los grandes males de nuestra época es una de las verdades a que he llegado con la madurez, pero yo creía que era por una degeneración del mismo en tiempos de la concentración de medios y de internet. Está claro que no era así: el problema es que siendo joven no me daba cuenta de lo mal que lo hacían ya entonces y de que la tendencia a novelar las noticias es una infección que viene de lejos.
A la vista de la noticia y la forma de contar lo sucedido creo que se puede decir que Anguciana, más que víctima de la apertura de un puti club (el eufemismo del whisky es su primera ridiculez), fue víctima de la visita de la prensa.



En la presente fotografía compuesta, una vista general del “whisky club” que ha originado los últimos sucesos de Anguciana y un primer plano del secretario del Ayuntamiento de la localidad riojana.


ANGUCIANA (LA GACETA DEL NORTE)

“No queremos que ese chisme continúe ahí abierto. Es un atentado contra la moralidad. No está bien que los niños lo vean, ni está bien como ejemplo para los mayores. Si quieren ponerlo, que lo pongan..., peor en otro sitio, no en nuestro pueblo. Este es un sitio muy decente, a mucha honra”.

Así me hablaron ayer numerosos vecinos del pueblo de Anguciana cuando acudimos a esta localidad cercana a Haro para seguir la pista a la noticia facilitada por nuestro eficiente corresponsal jarrero Alfonso Verde Echaide, y que fue publicada –como Vds. recordarán-, en rigurosa primicia dentro de las páginas regionales de LA GACETA DEL NORTE en el número de ayer.

LOS HECHOS UNO A UNO

La noticia –curiosa, anecdótica o ejemplar, como quiera calificarse-, es la siguiente: este último sábado se inauguró un “whisky club” en Anguciana, aprovechando los locales de un bar existente a la salida del pueblo por la carretera de Cihuri. Concretamente el local es un “club” de esos de bombillas rojas, barra americana y consumición mínima de diez duros” según palabras de los propios vecinos. Pues bien, justamente el domingo la Asociación de Cabezas de Familia de Anguciana convocó, en los locales que el Ayuntamiento tiene dispuesto a tal fin, una reunión de todo el vecindario para pulsar la opinión pública respecto a la repulsa o aprobación de dicho establecimiento.

NO A LAS LUCECITAS DE COLORES

Es el propio presidente de la Asociación de Cabezas de Familia, don Edmundo Mendoza, quien nos dice:
- El vecindario acudió de forma masiva y multitudinaria. Todos manifestaron su disgusto y malestar, ya que, como decía el otro, la apertura del “whisky” ese representaba una atentado contra la paz y el orden y la moralidad.
- Continúe...
- Al final, se acordó dejar constancia de este sentimiento por escrito. Porque ya se sabe, “las palabras se las lleva el viento”. Pues bien, el pueblo unido ha dicho que no a las lucecitas de colores. Y aquí esta la prueba. Y don Edmundo Mendoza me enseña el original del acta levantada sobre la reunión a que nos referimos y que viene refrendada por la firma de 137 personas.

PARA SU ELEVACIÓN AL GOBIERNO CIVIL

Textualmente, este acta, dirigida al propio alcalde de Anguciana, don Carmelo Diez del Corral, afirma:

“Reunida en Anguciana el día 4 de febrero de 1975 la Junta Rectora de la Asociación de Cabezas de Familia aprobada con los números 4.155 y 3.453, presentamos estos datos recogidos en la junta general celebrada el pasado día 2 de febrero en los salones del Ayuntamiento, para que tome urgentemente las medias oportunas y dé curso del presente escrito al excelentísimo gobernador de la provincia puesto que entra en su competencia como consta por el artículo IV, números 1 y 8 de esta institución.

Opinamos que son peticiones justas que merecen ser escuchadas, debido a que es un pueblo pequeño, tranquilo, que carece de vigilancia nocturna competente para evitar las posibles alteraciones de orden público que suelen resultar frecuentes como nos consta por otros lugares donde se hallan establecidos.

Creemos también que este centro perjudica seriamente la moralidad y sanas costumbres que siempre hemos disfrutado, de nuestros jóvenes y niños. Su educación queda completamente anulada por el ambiente que le rodea.

Por último, pensamos que dejaría de ser un lugar apacible para el descanso y paz de varios centenares de familias que en unión de sus hijos, pasan sus vacaciones veraniegas entre nosotros.

Por todo ello consideramos que no se debe autorizar la apertura de dicho local, a la que unánimemente el pueblo muestra su disconformidad por la totalidad de firmas que adjuntamos.

Y siguen 109 firmas de cabezas de familia y mujeres de Anguciana, así como las de 28 jóvenes solteros.

SOLO ABRIO DIA Y MEDIO

En nuestra visita a Anguciana pudimos constatar que “El Bodegón El Refugio” –que así se llama el “whisky club” citado por los vecinos del pueblo riojalteño-, permanecía cerrado. Preguntado sobre el particular, el Secretario del Ayuntamiento nos dijo:

- En realidad sólo abrió el sábado y parte del domingo. Exactamente a las diez d ela noche, que es cuando empieza el “follón” en establecimientos de este tipo, y a la vista de los acontecimientos que tuvieron lugar, el dueño decidió –al parecer-, cerrar el local por voluntad propia.

- Ya, el local es....

- Un bar, usted ya sabe, con barras de esas que atienden señoritas....

- Entiendo... ¿Postura del Ayuntamiento ante el tema?

- ¡Y qué vamos a decir nosotros! En realidad se ha tratado de un traspaso de local. La licencia ya estaba concedida. El nuevo dueño ha decidido poner camareras en la barra... Nosotros sólo podemos intervenir si existe un altercado o una alteración cualquiera del orden público. Mientras tanto...

LLEGAR A LA EXALTACIÓN

En Anguciana no se habla de otra cosa: el asunto del “club” acapara atenciones. Incluso el fútbol, tema dorado, ha pasado a un plano secundario. Las frases y las opiniones son para todos los gustos. Desde “no tenemos nada que decir” de los antiguos dueños del bar (hable con la señora de don José Luis Ibarnavarro), hasta el “aquí hay muchas rencillas, envidias y esta ha sido la ocasión para que saltasen los ánimos” pasando por el rotundo “que se vayan, que nos dejen tranquilos, este es un pueblo muy decente” de la esposa de don Edmundo Mendoza, los pareceres son de todos los colores.

Durante un buen rato estuvimos charlando con las vecinas de Anguciana Monserrat Barrio, María León, María del Pilar Gómez, María Adoración Ruiz y Francisca Tobalina. En diversos grados, pero todas se mostraban en desacuerdo con la instalación del “whisky club” en Anguciana. Una, más clara o con mayor ingenio (quién sabe), nos llegó a decir:

- Esto es el fin. Parece que ya no queda moral ni nada. Nosotros defenderemos la nuestra hasta el final.

Así, como lo pueden leer. Así están de encendidos los ánimos en Anguciana. Y todo, al parecer, por un “whisky club” que –como recalcan los vecinos- “no es muy de fiar”.

VICENTE ESCUDERO
(Fotos Albe)

La noticia/reportaje venía con otras dos fotos más y los largos pies de foto que también transcribo:


Un momento de la encuesta realizada en la propia localidad riojalteña con varias vecinas que expusieron su opinión sobre el problema del “whisky club”.


Sin duda, uno de los organismos que más se han preocupado de resolver el problema ha sido la Asociación de Cabezas de Familia de Anguciana. En la adjunta fotografía su presidente, D. Edmundo Mendoza, informa a nuestro redactor de los pormenores de la asamblea celebrada.
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martes, 19 de octubre de 2010

74. DEL ALBUM DE MAITE YUSTA

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Volviendo al pueblo de las personas y dejando aparcado el de las casas, os cuento que hace unos días recibí desde Algeciras un precioso recuerdo de gentes de Anguciana. Me lo mandó Francisco Javier Toledo Yusta, hijo de Maite (o Mari Tere) Yusta, hija de Rafael Yusta y Cándida. De las dieciseis foto que me mandó he seleccionado doce para el blog, dejando sólo sin publicar las estrictamente familiares. Me parece que es un criterio bastante razonable cuando se trate de álbumes grandes.

Al principio pensé que me iba a ser difícil identificar a muchas de las personas que aparecen en las fotos, pero días después, la propia Maite Yusta le echó una mano a su hijo y entre ambos me facilitaron la mayoría de los nombres.

En esta primera foto, la más vieja de todas, posan Rafael y Cándida con Jesús (Caín) y la Petra. 



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En esta otra, con un fondo de estudio, sólo identifican a Cándida, a la izquierda, que coge del brazo a una amiga suya llamada Martina:


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En traje de faena esta vez, vemos a Cándida y a Carmen la de Badillo en el centro. A la mujer de la derecha no la reconocen pero aseguran que es hija de Apolonia.


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Cambiamos de temática y vemos ahora aun par de fotos en las que Maite Yusta y Alicia Salazar posan y bailan en la plaza debajo del viejo Ayuntamiento:



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Más próximo en el tiempo es este otro grupo de fotos de Maite Yusta con amigas. En la primera de ellas,  hecha en uno de los bancos de la plaza, vemos a unas cuantas chicas rompiendo moldes con el cigarrillo en la boca. De izquierda a derecha: Alicia, Paqui (hija de Carmelo Yusta y Mercedes), Margarita (hija de Cabecilla), Maite e Hilaria, y sentada, Magdalena (la de Plin):


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Agarrada a la reja de la casa de Jaime Marín vemos de nuevo a Maite junto otra amiga sentada en la bici. Me dice Francisco Javier que esa chica es Margarita, pero yo no lo creo así. Dado el extraordinario parecido  con la joven Berta, yo supongo que es su madre, Crucita, así que espero que algún lector nos saque de dudas:


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A cuatro pasos del lugar de la anterior foto, aunque en diferente ocasión, vemos a Maite bailando con  Marisa, hija de Luis Martínez y la Elena:


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Lo más divertido de esta alegre foto tomada en el río son los modelos de bañadores. Dicen mis reporteros que las chicas son bilbainas pero a mí no me lo parecen. Al menos creo reconocer a Consuelito (hija de Malán) en la de la izquierda:


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Y por fin una foto de chicos y chicas. Flanqueados por Javier (el hijo del Secretario) a la izquierda y por Eduardito Salazar a la derecha, vemos de nuevo a Alicia, una chica forastera desconocida con traje blanco en el centro, Magdalena (la de Plin) y Maite. 


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Las dos últimas fotos que pongo de su álbum pertenecen a una singular visita que hizo el Gobernador de la provincia con su familia a invitación de Carmelo Yusta, que por entonces trabajaba en el Gobierno Civil. El célebre Calleja no desaprovechó la ocasión de hacer (y vender) unas fotos, permitiéndonos gozar a muchos años vista de aquella simpática mezcolanza de gentes "importantes" y gentes del pueblo. Vemos de nuevo a Rafael Yusta, a Cándida, a Maite, a Mercedes (la mujer de Carmelo Yusta) y al Gobernador (de traje y corbata, claro está) con su mujer, hijos y demás séquito, todos ellos en las mesas del soto.



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No me cabe sino reiterar mi agradecimiento a Maite Yusta y a su hijo por compartir con todo el pueblo sus fotos, pues si a mí me ha encantado verlas, mucho más les gustará a quienes se vean en ellas y a sus familiares. 
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lunes, 11 de octubre de 2010

73. LOS BILBAINOS

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Aunque lo tenía pensado desde hace mucho tiempo, he tardado en ponerme a redactar este post porque me imaginaba que al hacerlo iba a traspasar una raya decisiva o un límite esencial en la historia de Anguciana. Podría decirse que hay un antes y un después de la llegada de los veraneantes al pueblo y de que, finalmente, Anguciana se convirtiese en un pueblo de veraneo, en un pueblo de veraneantes. Por hacer más castizo el paso de esa raya, le he puesto al post el nombre con que los del pueblo les llamábamos a los veraneantes: “los bilbainos”, acentuando la palabra en la “a”, que es como lo decíamos en el pueblo, y no en el diptongo, que es como manda la Academia que debe decirse.

Varios son los “bilbainos” que me han escrito tras haber encontrado este blog, y la mayoría con más agradecimiento y afecto al pueblo si cabe que los propios oriundos. Uno de los primeros post de este blog, el n. 11 JAIME MARIN , ya lo dediqué a uno de los primeros “bilbainos” que vinieron a veranear a Anguciana, y que en su doble amor al pueblo y a la fotografía, seguro que captó incontables veces el uno con la otra (aún estoy deseoso de encontrarme algún día con él y ver su archivo). Luego han ido apareciendo aquí algunos “bilbainos” famosos, como el árbitro internacional Juan Gardeazábal, o en las fotos de grupos, como por ejemplo al mencionar las chopas de la carretera o al poner algunas de las fotos que me pasó Miguel Angel Marcotegui. Pero el hecho incontestable de mi deuda para con los “bilbainos”, o de mi deuda para con el pueblo, no es otro que el de que... ¡yo mismo me acabé casando con una “bilbaina” que vino a Anguciana a veranear!. Esa si que es gorda, dirán quienes hayan leído este blog y no me conozcan. Ese sí que es el límite o la raya que algún día tenía el autor que cruzar. Pues sí, así es: Anguciana dejó de ser un pueblo cerrado en su historia y en sus formas cuando llegaron los "bilbainos", y cuando..., mira por donde, mi vida quedó dividida entre los recuerdos juveniles del pueblo y la vida adulta fuera del pueblo junto a una bilbaína... a la que conocí en el pueblo. Y por si eso fuera poco, también mi hermana Mercedes se casó con un “bilbaino”... de Elorrio, cuando se le ocurrió venir por el pueblo a pasar unas semanas de descanso en sus mejores tiempos de gloria futbolística.

Pero antes que empezar a traer aquí a gentes, familias, cuadrillas, casamientos y todo eso, que también podría constituir parte de esa OTRA IDEA DEL PUEBLO, de la que hablaba hace unos cuantos post, y de las que yo apenas sé nada, quisiera empezar por referirme a lo más genuino de este blog, es decir, a la arquitectura, a la configuración del pueblo. Y por ello lo he abierto con la foto de la casa que para mí es todo un emblema de la llegada de los “bilbainos”, con la casa que es para mi todo un monumento a ese momento de cambio en el pueblo, una casa que si desapareciera seguro que me haría llorar tanto como la desaparición del kiosko y los árboles de la plaza: la villa San Ignacio, la casa de los “Bascaranes”, o como la llamábamos con ese gracejo de los motes que pone la gente del pueblo, “el chalet de goma”, pues en él se metían ni se sabe cuantas familias a pasar sus primeros veraneos en Anguciana.

La llegada de los “bilbainos” trajo consigo a Anguciana la aparición de los “chalets”, ese tipo de casa tan ajeno a la economía urbana y rural del propio pueblo; y casi a la vez que los chalets, los bloques de pisos o apartamentos con alturas desproporcionadas y muy superiores a las de todo el caserío. El primer ensayo en masa de lo uno y de lo otro, de los chalets y del bloque, se hizo en la despoblada Oreca, habitada hasta entonces en solitario por Alejandro Barrio (el cojo de Oreca, de quien ya hemos hablado varias veces) y familia. No creo tener fotos de aquellos primeros años de construcción en Oreca, por lo que la foto que aquí pongo es de 1978, cuando además de los chaletitos y el bloque de Urcullu, ya se ven otras promociones de chalets como la de Miguel, el de Durango, o varios de los primeros chalets individuales.



Dentro del caserío vendrían luego las promociones de Miguel Llorente en las Callejas y las de Manolín Samaniego con sus Piscinas al fondo de la calle Arriba, dándole al pueblo una media vuelta en su configuración de la que aún no se ha repuesto, ni ha asimilado o integrado bien, y además ya nunca lo hará, porque visto desde la perspectiva de la arquitectura, el salto entre el modelo de las calles y casas rurales y los nuevos tipo de vivienda y de promociones fue brutal. Menos mal que para compensar..., el encuentro entre los del pueblo y los “bilbainos”, fue en algunos casos (como el mío...) mucho más amoroso y feliz. Seguiremos con ello.
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miércoles, 15 de septiembre de 2010

72. LA POSADA

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Leyendo las “Memorias de mi Vida” de Giacomo Casanova y viendo la importancia que tenían las posadas en sus trajines por todos los pueblos de Europa, me ha venido al recuerdo que en Anguciana también tuvimos posada. Yo no la llegué a ver en funcionamiento pero sí tengo unas fotos de 1979 en las que aún podemos ver cómo era el edificio en que se ubicaba: una casa alargada de planta baja y un piso que se extendía a todo lo largo de la plaza de D. Julián Cantera detrás de sus actuales jardincillos.

En el año 2002 publiqué un artículo en la revista LA PIEDRA DEL RAYO titulado LA MUSICA QUE DA BAILE con una entrevista a Emiliano Ibarnavarro en la que me contaba que entre el padre de Lázaro y él daban baile con una guitarra y una bandurria en lo que fueron las cuadras de la posada.  Tengo ese artículo publicado en otro de mis blogs dentro de otro artículo que titulé BAILE EN LA CALLE , pero ahora que lo releo me doy cuenta de que se me pasó mencionar el lugar exacto donde daban el baile cerrado, es decir, la cuadra de la posada. Bueno, pues ahora queda dicho.

Como poco más de eso podía contar yo de aquel curioso establecimiento he vuelto a acudir a mi fuente de información, o sea, mi padre, quien a duras penas ha excavado en sus oxidados recuerdos y me ha contado que él fue mucho de niño a la posada porque en ella vivía su amigo “tres Pedritos”. Mi padre no consigue recordar el nombre de los últimos posaderos (abuelos de Tres Pedritos) pero aún me sabe decir el de sus tres hijos, Prudencio, (padre de Tres Pedritos y “Cinco Antonios”, apodos que hacían alusión a lo altos que eran), la Hipólita y Nisio. Cinco Antonios ya salió en este blog en el artículo EL ALBUM DE ELVIRA DIEZ DEL CORRAL  aunque allí le ponía aún más alto llamándole “siete Antonios”.

Según me cuenta mi padre, la posada fue en origen posesión del Castillo, hasta que finalmente sus dueños se la vendieron a los posaderos. En la planta baja y a la izquierda de la puerta en la que Lázaro y sus hijos abrieron en los años sesenta una de las Carnicerías del pueblo, hay una ventanita que mi padre identifica como el taller donde Nisio trabajaba haciendo alpargatas. Otro dato que yo no conocía. Como información arquitectónica  más destacada mi padre me cuenta que en el piso de arriba la posada tenía un gran comedor cuya ventana se corresponde con la que estaba encima de la puerta de la Carnicería y que la cocina daba a la parte de atrás.



Le pregunto por la vida de la posada y sólo me sabe decir que uno de los momentos de mayor ocupación se producía cuando venían las caravanas de los “Cucos” a comprar vino. Llegaban desde Santander por la carretera de Pancorbo en carromatos tirados por bueyes, solían comprar todo el vino de una cuba repartiéndolo en diversos pellejos o cubas pequeñas, y que carros, animales y santanderinos paraban y se alojaban en la posada.  Debieron de ser días muy animados aquellos.

Es curioso que con el trasiego de gentes que hoy tiene Anguciana no tenga ningún establecimiento público donde dormir y cenar. Si alguien se animara a abrir alguno yo le sugeriría que no lo creara como un Hostal u Hotel y que lo llamara LA POSADA. Aunque sólo fuera por las evocaciones que podía traernos de aquel viejo mundo y de aquel viejo caserón.

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Unos días después de llevar a mi padre la versión impresa de este artículo, me sorprendió diciéndome que añadiera a los tres hijos de los últimos posaderos uno más, Filomeno, casado con la Hilaria.

Casi a la vez, recibí una cariñosa carta de Alicia Loyo diciéndome lo mismo, pero ampliando la información notablemente. Para empezar me dió los nombres de los últimos posaderos, TIMOTEO y PETRA. Me ajustó el número de Antonios a siete, como había dicho yo en un principio. Y me informó con todo el cariño del mundo de los hijos del hermano olvidado, pues nada menos que se trataba de su abuelo. Filomeno e Hilaria tuvieron como hijos a Alicia (casada con José Luis Loyo /padres de la informante Alicia), Bernardo (cura), Pedrito (casado con La Vadilla y que vive en Anguciana) y Begoña.(que vive en Portugalete). Me informó también que su abuela Hilaria era hermana de la Santos (la que llevó la primera centralita telefónica del pueblo /y a la que habrá que dedicarle un artículo) y de Paulina, madre de la Celes, la del Bar Perjuicios (también algún tendré que hurgar en mis recuerdos sobre los famosos bares del pueblo). Ah! y también me cuenta una de las últimas historias tristes de amor la posada. Se ve que un andaluz que pasaba mucho por la posada pretendió casarse con la Hipólita, es decir, la hija de los posaderos. Pero éstos la habían destinado a cuidarles en su vejez y la pobre Hipólita se quedó soltera para toda la vida, compartiendo casa con su hermano Nisio. 
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martes, 7 de septiembre de 2010

71. EL VENAJO

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La foto con que ilustro esta entrada no puede ser más cochambrosa. Y su título les sonara a muchos a palabra malsonante: ¿Qué es el venajo? ¿O qué era el venajo?

En el post 10 de este blog, dedicado a EL CASTILLO ya mencioné esta palabra al decir que algunas mujeres preferían lavar la ropa en el trozo del cauce que corría junto a la carretera antes que bajar al “venajo”, y en la foto de Jaime Marín del post nº 11 se ven al fondo a algunas mujeres lavando ropa precisamente en ese lugar. Pero el lavadero “oficial” del pueblo no era ese, sino “el venajo”: una pequeña construcción de ladrillo con cubierta de madera en la que el agua del cauce corría por entre las piedras dispuestas en línea para lavar la ropa a mano, y que estuvo ubicado precisamente en el lugar de las fotos que he puesto arriba, es decir detrás del Ayuntamiento.
El “venajo” se debió tirar por las mismas fechas de construcción del nuevo Ayuntamiento y fue sustituido por esa pequeña caseta blanca sobre el cauce que vemos en la foto, dedicada a matadero, también ahora en desuso.

No recuerdo que nadie llorara la desaparición del lavadero por lo dura que era la tarea de lavar la ropa a mano y lo aliviadas que se sintieron las mujeres cuando llegaron las máquinas de lavar a las casas. Años después sin embargo, a instancias del etnógrafo Carlos Muntión y de otras gentes con amor al patrimonio y a nuestras raíces, asistí con estupefacción al derribo del lavadero de Tricio y dejé constancia de ello en un artículo que publiqué en La Rioja y que luego apareció recopilado en EL RETABLO DE AMBASAGUAS (lo he colocado en otro blog por si alguien lo quiere consultar: El lavadero de Tricio ).

Con la desaparición del lavadero en Anguciana también cayó en el olvido la palabra “venajo” o “venaje”, que según los diccionarios que he consultado significa “pequeñas venas de agua que dan origen a un río”. En Haro el término “venajos” se usa para ciertas parcelas comunales de huertas situadas en la zona de Fuente el Moro. En uno y otro caso parece haberse alterado el significado original de la palabra.

En todo caso, la palabra es tan áspera que ahora me viene al recuerdo otro de los usos que le dábamos a sus aguas. En la entrada sobre LOS PERROS mencioné lo duro que era para nosotros la simple mención de deshacerse de las amplias camadas que solían tener las perras. Pues bien, ahora recuerdo que era precisamente en el “venajo”, por su cercanía al pueblo, donde se solían tirar. Y quizás por ello siempre me pareció una palabra siniestra.

Tan siniestra como el aspecto que tiene actualmente.


De todos modos, si alguien conservara una fotografía antigua de aquel viejo lavadero, estoy seguro que ese lugar volvería a cobrar vida y lo podríamos recordar de un modo mucho más justo: como homenaje al trabajo cotidiano de tantas y tantas mujeres lavando la ropa.

jueves, 12 de agosto de 2010

70. LA CUCAÑA

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He contado varias veces en este blog que a excepción de las fotos de la vieja fuente carezco de imágenes o recuerdos del gran espacio vacío en que consistía la actual plaza de los jardincillos junto a la carretera. Tengo un ligero recuerdo del barro que se generaba en invierno o de las polvaredas de verano y poco más.

Pero en estos días de agosto del 2010 que estoy pasando al sur de Baviera he visto que la mayoría de los pueblos de por aquí conservan la tradición de colocar los "mayos", esos altísimos árboles decorados que festejan la llegada de la primavera, y por asociación me he acordado de la "cucaña" que vi colocar cuando yo era niño en aquella plaza vacía.



Foto del mayo de Kochel am See, sur de Baviera. Agosto del 2010.

He investigado un poco en internet y he podido deducir que las cucañas no son sino variaciones o utilizaciones más o menos festivas de los ancestrales "mayos" y que la que la última cucaña que recuerdo levantada en Anguciana, en el lado Oeste de la plaza, era tan alta y recta como los "mayos".

Lejos de decorarse como estos mayos de Alemania, a las cucañas se las embadurnaba de sebo para hacer más difícil la trepa de los mozos, una trepa que en la de Anguciana tenía dos premios, uno a la mitad del palo, y otro, prácticamente imposible, en la punta.

Como las fiestas patronales de Anguciana son a finales de abril es fácil relacionar la erección de la cucaña con la de los mayos, que en toda Europa se ponen en la primera semana de dicho mes y que de ello reciben su nombre.

Como los recuerdos lejanos son caprichosos no me fío mucho de ellos pero creo que fue Benito, el hijo de Benitorro (a quien llamábamos así por su oronda barriga / y que vivía en la plaza enfrente de nuestra casa), quien logró llegar hasta la mitad de la última cucaña que se puso en el pueblo a pesar del mucho sebo que se le había dado.

Seguramente nadie tendrá una foto de aquellas fiestas pero me alegraría mucho que alguien con más años y mejor memoria que yo me pudiera contar y precisar cuándo y dónde se colocaba la cucaña, quiénes eran los encargados de cortar el árbol y colocarlo, quiénes fueron los mejores trepadores y qué premio se les solía dar. Es una tradición perdida que bien merece aquí unas líneas de investigación y recuerdo. Un recuerdo suscitado desde tan lejos.

jueves, 15 de julio de 2010

69. EL MOLINO

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Cuando mencioné a Luis Salazar (“Malán”) en el post n 61 se me olvidó decir que fue “el último molinero de Anguciana”. Me ha venido esto a la memoria al ver una foto del molino que hice allá por los años setenta, y que es la que he puesto como encabezamiento.

Mirando el estado actual de este pequeño edificio es más que posible que muchos jóvenes del pueblo o incluso muchos de sus visitantes o veraneantes no sepan que fue el molino del pueblo, y antes, el molino del castillo. Es decir, una de las piezas fundamentales de la vida rural y a la vez, una de las máquinas más importantes de la humanidad, -como acabo de leer en “El mito de la máquina” de Lewis Mumford (ed Pepitas de Calabaza, Logroño, 2010). Seguramente por esto último, muchos, muchísimos pueblos de toda Europa se han afanado en rehabilitar sus viejos molinos: para enseñar a las jóvenes generaciones la belleza y el ingenio de aquella mítica máquina.



A mi padre se le ha alegrado la cara esta mañana cuando le he dicho que iba a dedicar una entrada de este blog al molino de Anguciana, y lo primero que me ha dicho con gesto de admiración es que es un molino ¡de tres piedras! o sea, un molino grande, un molino importante.. En efecto, en la foto de arriba se ven perfectamente las tres embocaduras de sus entradas de agua; unas embocaduras que daban a unas pequeñas rampas inclinadas de cemento, que siendo niños usábamos como toboganes.

En mi infancia llegué a verlo en pleno funcionamiento, con Malán enharinado moviendo sacos y abriendo las compuertas de agua para poner en movimiento la piedra del más alejado de la puerta, que creo que fue el último que estuvo en uso. Mi padre me dice sin embargo que él conoció a muchos molineros... y a sus hijos... Pero cuando le pregunto por sus nombres se queda pensativo y no le sale ninguno. Ya le vendrán, digo yo. La memoria de viejo es así: se viene y se va, como la antiguas emisoras de radio. Pero de repente me dice: “y algunos vivían en la casa de encima”. Yo nunca vi a nadie viviendo tras esas tres ventanas del molino, ni entrando a casa por ese senderito de piedra junto al cauce, pero al decirme eso mi padre, de repente ese pequeño edificio cobra aún más vida.

Como la gente del pueblo sabe, ese molino no es público sino de un particular (los herederos de José Ignacio Gómez Escolar) pero no por ello habría que dejar de hacer las gestiones pertinentes para evitar que se hundiera, e incluso para comprarlo y rehabilitarlo. Seguro que con la mitad de lo que se ha gastado en los despampanantes granitos y luces de la plaza se podían haber comprado y habilitado para el pueblo, la Biblioteca de los Medranos que puse en el post anterior y el Molino del Castillo que pongo en éste.

Pero lo importante en ambos casos, lo digo por si en el futuro algún ayuntamiento me hace caso, es evitar absolutamente la intervención de arquitecto alguno en su rehabilitación, porque seguro que les pondrían barandillas de acero inoxidable o luces indirectas. Mira si no lo que un arquitecto le ha hecho al castillo, reconstruyendo las almenas de hormigón que hicieron los frailes y pintándolas de cagalera.... ¡Antes la ruina que encargar una restauración a un arquitecto!

Seguro que entre un albañil con sentido común y algún etnógrafo de Logroño, de esos que aún quedan de la escuela de Luisvi, serían capaces de hacer que este molino volviera a funcionar. Y seguro también que algún jubilado del pueblo sabría ponerlo en marcha de vez en cuando para enseñarlo a los chiquillos y a los turistas con ganas de saber.

Y por favor, que si nada de esto se hace, que no se le ocurra a nadie (para compensar) poner uno de esos típicos carteles de metacrilato diciendo que esa casita es nuestro molino o explicando estúpidamente lo que es un molino, porque aunque haya pocas piedras en las calles del pueblo alguna encontraré para dar buena cuenta de él. Que ya vale de arquitectos y de bobadas.

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Adenda del 19 de julio: Gonzalo Salazar, hijo del último molinero, me ha contado con todo lujo de detalle la disposición de todas las piezas del molino pues lo recuerda a la perfección. También me ha precisado que él estuvo moliendo en él hasta 1974, fecha en que se fue a la mili, y que incluso después volvieron a moler algunas veces con él pues los molinos eléctricos de Haro que le sustituyeron daban una harina algo quemada por la rápida fricción de los granos.
Hemos podido ver en el exterior del molino dos pares de las viejas ruedas mientras que nos ha contado que las últimas que se instalaron fueron traídas de Extremadura y que son las que aún siguen instaladas en él.
También me ha dicho que la única rueda que funcionaba en la última etapa de su vida activa no era la más cercana a la puerta (como yo había puesto en un principio) sino la más alejada, por lo que lo he corregido rápidamente.

sábado, 10 de julio de 2010

68. LA BIBLIOTECA

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Unas más otras menos, todas las casas del pueblo encierran miles de historias personales y familiares, decenas de empeños por mejorarlas o momentos de decadencia, ruina y abandono que nunca podrán ser contadas o recogidas por escrito. Pero de vez en cuando alguna historia cae y es una alegría contarla.

Hace unos días me llamó Germán Ibaibarriaga (el albañil del pueblo, hijo del albañil y cantero Germán Ibaibarriaga y nieto de canteros venidos del país vasco y afincados en Briones tal y como dice en el libro “Canteros vascos en la Rioja”/ toda una tradición pues y un lujo para Anguciana) y hablé con él por teléfono, -decía-, para unas obras en nuestra casa, y ya de paso y para quedar me dijo que me pasara "por la biblioteca" para ver unas pinturas decorativas que había descubierto en unas obras que estaba haciendo en ella.

Mi primera reacción fue de sorpresa: “pero, ¿a qué biblioteca te refieres?” ¿ha habido alguna vez una biblioteca en Anguciana?. “Pues a la de vuestra casa –me respondió-, o a la de vuestros parientes aquellos de Valladolid” Ah ah ah, ahora, caigo, le respondí, y allí me presenté. Si yo no recordaba de buenas a primeras lo que era “la biblioteca” como para saberlo el resto de la gente de Anguciana. Bueno, pues aquí cuento lo poco que sé.



El número 17 de la calle Arriba, esa casa con escudo de terracota y miradores en ruina es una casa muy singular. Siendo yo niño era la casa de del cura, la casa donde vivía don Gregorio con su hermana la Paulita, y en su jardín y junto al pozo, le recuerdo a él leyendo por las tardes el periódico Nueva Rioja tal y como he contado en algún otro post de este blog. Cuando murió don Gregorio, y yo en mi adolescencia empezaba a tener uso de razón, supe que esa casa era de unos familiares que vivían en Valladolid, pero sobre todo llegó a mi conocimiento que había sido la casa en la que había nacido mi padre, la casa a la que se trasladaron mis abuelos Francisco y Dolores cuando hacia 1915 vendieron el castillo a los frailes.



Aparte de la casa propiamente dicha que da a la calle arriba, el inmueble tenía un hermoso patio con un pozo, unas cocheras que daban a la calleja trasera y un pequeño edificio lateral con fachada de piedra de sillería con fachada al patio, que por lo visto había sido una coqueta biblioteca.



Los años de mi adolescencia fueron años de veraneantes y alquileres, y por aquel entonces mi padre administró toda esa propiedad para los parientes de Valladolid dividiéndola en partes y alquilándola a diversas familias de bilbaínos, casas o pisos bastante deficientes pero que sin duda los recordarán sus inquilinos con cierto cariño y nostalgia. La casa del cura, o la casa donde nació mi padre, pasó a llamarse entonces la “casa de los Medrano” (que era como se llamaban los parientes de Valladolid) y una de esas partes, la biblioteca, se convirtió también en un piso con entrada independiente por la trasera.

Las pinturas que me enseñó Germán estaban hechas en un cielo raso abovedado del que colgaba otro cielo raso plano hecho posteriormente, así que mucho no se podía ver, pero en cualquier caso por ese pequeño resquicio pude respirar durante un momento el aroma a libros viejos, a gusto decimonónico, y a un pequeño lujo arquitectónico. Y cómo no, pensé enseguida en compartirlo con todos los amantes de Anguciana haciendo unas fotos y contando estas historias

En el cajón de fotos antiguas he encontrado también una foto muy pequeñita de uno de los balcones de aquella biblioteca por la que se dejan entrever unas líneas en la oscuridad que se corresponden con las de la decoración que cuento hoy aquí. Como escribió mi padre al pie de la propia foto, en ella están sus dos hermanas mayores y él hace... muchos, muchos años. Y como se puede ver en ese pie de foto, también escribió en él: “balcón bliblioteca, Anguciana.

viernes, 2 de julio de 2010

67. DOS ESTAMPAS DE LA VIEJA PLAZA

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Aunque este verano del 2010 me voy a Alemania y voy a estar por lo tanto lejos de Anguciana, sé que los oídos me van a chillar mucho con las mil y una conversaciones que se van a suscitar sobre la nueva plaza. Ya he dicho que no quiero hacer crítica ni buscar culpabilidades y que prefiero decir de un modo genérico que han sido el Mal de la Arquitectura de nuestro tiempo y el Mal de la Política de nuestro tiempo los que juntos han caído como una enorme losa sobre nuestro pequeño pueblo aplastando su corazón.

La desolación compositiva, el despilfarro económico y el desastre funcional de la nueva plaza me hacen recordar todo lo más un “pattern” o guía de proyectación que da mi teórico favorito, Christopher Alexander, respecto de los espacios públicos. Dice Alexander en el pattern nº 126 de su libro que para que una plaza no sea un lugar desolado hay que poner “algo brusco en medio”. Y ello me lleva a recordar una vez más aquel viejo kiosko de música de la plaza de mi infancia, rodeado por una guirnalda de árboles y bancos.

Pues bien, si de pequeños llamábamos “estampas” a las imágenes de santos y de cosas sagradas, a las dos fotos que traigo hoy aquí he querido darles también el título de “estampas” porque frente a ese gigantesco vacío de la nueva plaza de los próximos años, cualquier imagen de aquella vieja plaza me parece ahora “sagrada”.

Las hice a primera hora del día de una nevada caída en las navidades de 1970 y la verdad es que siempre me asombré de su calidad compositiva. En la de arriba, abierta hacia a la embocadura del castillo y el puente, pueden verse un fragmento del kiosko, de un banco y de un árbol, esas tres sencillas piezas con las que se componía aquella plaza.

En esta otra foto que pongo aquí abajo hice casualmente una composición muy extraña que luego supe que tenía mucho que ver con la estética de fragmentación y dualismo de muchas composiciones modernas. Dos de los árboles nevados enmarcan la divisoria de dos casas, la nuestra y la de los Marín.



Como hacían las beatas de mi infancia con las estampas de sus santas y su vírgenes, casi me dan ganas a mí también de besar ahora estas dos fotos. Estas dos estampas.

lunes, 21 de junio de 2010

66. EL CERRO ANGUCIANA. Costa Rica

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No sé si será por contrarrestar los efectos de la dureza de la pavimentación de la nueva plaza (asunto que he preferido dejar fuera de este entrañable blog y comentarlo en cambio en mi blog de "Cascotes" de arquitectura), pero el caso es que ante ese nuevo paramal de granito que vamos a tener a la vista durante muchos años en el centro del pueblo me he acordado de que alguien (seguramente de nuestro pueblo) que se fue de conquistador a las américas puso el nombre de Anguciana a un cerro muy verde de la selva de Costa Rica.

Lo encontré en la página de una bióloga norteamericana que se dedicaba a buscar nuevas especies y me descargué la única foto que he podido ver de ese lugar (la que he puesto arriba)

Parece una zona bastante inaccesible y desconocida. Investigando en la cartografía de Costa Rica me entero de que tiene una altura de 1.360 m y que está situado en el punto que marca el mapa de Google Earth que pongo aquí abajo (picar sobre la foto para ampliar):



A ver si rebuscando en el Archivo de Indias conseguimos saber quien lo bautizó con el nombre de nuestro pueblo.

lunes, 17 de mayo de 2010

65. FOTOS DEL ALBUM DE MIGUEL ANGEL MARCOTEGUI

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Pongo hoy aquí otras pocas fotos de entre las que me escaneó y cedió Miguel Angel Marcotegui Angulo el pasado verano.



La primera de ellas es de un personaje que no reconozco pero que seguro que habrá alguien que pueda decirnos quien es. La niña de arriba a la derecha es sin duda Filo García, a quien hemos visto varias veces ya en el blog y vemos unos años más tarde yendo a la iglesia en la siguiente foto de Calleja, junto con su cuñada Marita y su marido Marcotegui, padres de Miguel Angel.

Me informa mi padre (3 jul 2010) que el señor de la foto se llamaba Víctor y era de Cihuri, casado con una hermana de doña Usina García. Aparte de Filo también reconoce a Marita, sentada sobre sus rodillas y a Maria Jesús García (la que fue mujer de Justo Diez del Corral) que es la que está detrás del señor. La de la izquierda de detrás no la reconoce.



Lo bueno de las tres siguientes fotos es que vienen con fecha y que son de grupos, así que habrá más de uno interesado en ellas. No son prodigio de enfoque ni encuadre pero eso también les da cierta gracia. En la primera, fechada en 1958, vemos a un curioso equipo de fútbol fotografiado en la carretera a la altura de lo que hoy es el Bar Las Palomas. En la fila de arriba está a la izquierda el propio Miguel Angel Marcotegui, y dos más a la derecha con un estupendo tupé moreno, el sobrino de Lola Mendoza, José Manuel. Agachados reconozco a mi hermano Ricardo y a uno de los hijos del veterinario.



En la siguiente, de 1965, vemos de nuevo a Miguel Angel y a mi hermano Ricardo flanqueando a Maruja, la hija del veterinario.



La última de un grupo es de 1973. Miguel Angel con su hermana, Juan Ramón y Atín en el río, y tres guapas bilbainas más cuyos rostros me son muy familiares pero cuyos nombres ya no recuerdo. Detrás del grupo es curioso ver a esa pareja tan cariñosa en tan romántico escenario:



(Me informa Itziar Pérez por mail de 5 sp 2010, que la chica con la camisa de cuadros es su hermana Marisol y que la chica de pelo corto se llama Edurne. Itziar, Marisol y su hermana mayor Ana Luz vivieron en una de las primeras casas de veraneo construídas en Oreca a partir de un viejo corral del camino a Gembres llamada Villa Lina).

El "álbum" de fotos que me pasó Miguel Angel tenía también varias fotos del pueblo, casi todas ya conocidas o repetidas de las que ya he puesto aquí. Pero entre ellas había un par que yo no tenía y que ilustran dos puntos muy singulares del pueblo: el cine, y ese fragmento de la carretera entre la tapia de nuestra casa y la de los frailes que tanto elogié al final de entrada CARRETERA.




Muchas gracias Miguel Angel.