sábado, 28 de junio de 2008

49. LA DULA


Benjamín fue el último dulero de Anguciana, es decir, el pastor de “La dula”. No sé cuantos pueblos de La Rioja tenían su “dula” pero estaría bien saberlo (se lo preguntaré a Carlos Muntión cuando le vea). Buscando por los diccionarios de internet he encontrado que “dula” es un término que viene del árabe vulgar y que significa turno, pero que desde el siglo XV se usó entre nosotros para designar a los rebaños colectivos de los pueblos que generalmente se llevaban a pastar a sus terrenos comunales. Por la geografía española quedan bastantes calles de “la dula”, el nombre de una plaza de toros en Aragón, y hasta una falla así llamada en un pueblo de Valencia (pones “la dula” en google y te salen montón de datos). La dula de Anguciana no ha dejado ningún rastro topológico pero por lo menos yo conservo un par de fotografías que le hice en 1972 al que fuera nuestro último dulero, Benjamín, y las pongo aquí con un placer muy especial porque en los últimos años de su vida nos hicimos muy amigos.


La llamada de la dula era uno de los reclamos más típicos del pueblo. Todas las mañanas Benjamín hacía sonar una corneta curva a su paso por las calles y las vacas iban saliendo lentamente de las casas para unirse en rebaño y bajar a pastar a las choperas municipales junto al río. Pero si la llamada tenía su gracia, lo más interesante venía al caer la tarde cuando Benjamín volvía al pueblo y todas y cada una de las vacas, solas o con sus chotos, se dirigían a sus casas de procedencia sin equivocarse de puerta. De mis años de infancia tengo el recuerdo vívido de cuando las vacas se encontraban la puerta de sus casas cerradas y se quedaban quietas en el quicio esperando a que su amo les abriera.

Cuando la dula se extinguió a mediados de la década de los sesenta coincidió que se murió Braulio, el barrendero, así que el Ayuntamiento le ofreció a Benjamín el puesto. Hizo buenas migas entonces con el otro funcionario municipal, el alguacil Luis, y era fácil verlos merendar juntos en la taberna de Poli con un cuartillo de vino en la mesa. Benjamín siempre llevaba encima su navaja de pastor y recuerdo lo ceremonial que era cortando el pan con ella.

Mi amistad con Benjamín surgió de aquellos tiempos de barrendero, especialmente cuando me ayudó con la cinta métrica a levantar el plano del cementerio, encargo que me dio mi padre por ser él el alcalde y yo estudiante de arquitectura. Pasé con Benjamín en “el graciano” un par de inolvidables tardes de auténtico humor negro haciendo repaso de las virtudes y defectos de los convecinos que nos habían tomado la delantera en aquel pago.

Otro detalle simpático de nuestra amistad fue el intercambio de relojes. Bien por snobismo o porque siempre me molestaron mucho los relojes de pulsera, me compré por aquellos años un reloj de bolsillo, y al ver Benjamín que era más grande el mío me pidió que se lo cambiara porque apenas podía ver ya las agujas del suyo. Eso sí, se aseguró que el mío fuera también de la marca “Rosco Patén” (en realidad ponía “Roskoff” patent) que tenía por la mejor de todas.

Tanto era mi aprecio por aquel reloj que unos años después mi novia me lo debió pedir en prenda y se lo regalé, y esta foto es prueba de ello. Un broche de oro para cerrar este post: el de mi novia enjoyada con el reloj “Rosco Patén” de Benjamín, el último dulero de Anguciana.



lunes, 23 de junio de 2008

48. LAS OVEJAS



Cuando hice esta foto a mediados de los setenta el puente ya no era el de antes (ni tampoco el de ahora, que siempre se puede empeorar…), pero la estampa del rebaño de Fede retirándose al atardecer hacia el corral de Oreca es inmemorial.

En mi escasa memoria de Anguciana hay tres rebaños de ovejas, rebaños que para mí tienen más que ver con sus pastores, Lázaro, Fede y Fermín, que con los propietarios de los bichos. Y es que la figura de los pastores me resultaba mucho más hermosa y querida que el asunto de la propiedad de las ovejas, o también, que las propias ovejas, animales a los que siempre he tenido por muy tontos.

Me contaron alguna vez que el rebaño de Castito fue de Lola Mendoza y que un golpe de suerte en la lotería hizo que el pastor se hiciera con él. Cuando Castito se hizo viejo lo llevó Fede, a quien recuerdo saliendo de su casa por las mañanas entre la algarabía de sus perros con una botella de vino en el bolsillo de la chaqueta, la manta de cuadros al hombro y la vara en la mano. De la tradición pastoril de su familia nos queda ahora la carnicería que lleva la Paqui en la plaza. Otro de los rebaños era de mi pariente Escolar y se guardaba en las eras de su propiedad en la carretera pero ya no lo relaciono con su pastor.

Lo que sí recuerdo muy bien es que Lázaro (al que hemos visto en el post 35 con la guitarra en la mano y la alegría en su cara) me pareció siempre un pastor-filósofo a quien me acercaba con gusto para hablar sin prisas mientras sus ovejas pastaban por las choperas. Me habían contado que en la guerra civil, Lázaro había tenido que estar alternativamente en los dos bandos pero él nunca me habló de ello. Fue uno de los primeros usuarios del transistor y yo lo tenía por un hombre muy bien informado y un excelente conversador. También creó una carnicería en la plaza de los jardines que puede verse en la segunda foto del post 27, pero sus hijos, Carlos y Emilio, la trasladaron a Haro ascendiendo notablemente su nivel comercial.

De Fermín, que es amigo y de mi quinta, qué no voy a decir. Ha sido nuestro pastor-poeta, capaz de aprenderse de memoria cientos y cientos de versos. Todavía los recita en las fiestas que organiza la cuadrilla de los Mismos con motivo de las fiestas de verano, y de uno de esos recitales es esta otra foto reciente que pongo en su homenaje. Es tradición contar que estando tan solo en el pastoreo del rebaño se subió a un poste de la luz a otear el horizonte por ver si encontraba a alguien con quien pegar la hebra y se cayó de allí arriba rompiéndose la columna. No sé cuanto de cierto hay en esta historia, pero como aún estamos a tiempo de aclararla se lo preguntaré la próxima vez que le vea para que me amplíe los detalles.




sábado, 21 de junio de 2008

47. LAS GALLINAS



Este par de fotos de mi hermana mayor rodeada de gallinas es todo el recuerdo gráfico que tengo de nuestra convivencia con esa fuente de alimentación tan próxima y vital. Bajar a por huevos al gallinero del patio es uno de los recuerdos más lejanos de mi vida: el calor que desprendían los huevos entre la paja después de haber espantado a las gallinas o incluso con ellas encima es una de esas sensaciones largo tiempo olvidadas que vuelvo a experimentar ahora gracias a la escritura del blog. Como también recuerdo la ausencia de cualquier sensiblería cuando, con gran habilidad, la Ezequiela les retorcía el pescuezo a los pollos, capones o gallinas, y los desangraba antes desplumarlos, allí mismo, debajo de la galería.
Con las gallinas había siempre un coro desafinado de cantantes en casa, y con el gallo, despertador. Además nos permitían tirar al patio, directamente por la ventana de la cocina, cualquier tipo de peladuras o de restos orgánicos. Reciclaje directo sin tanta bolsa y separación de basuras.
De todos modos el recuerdo más vivo que me trae aquel pequeño gallinero de casa es el de un dicho que me impresionaba mucho y que relacionaba nuestra crianza con las gallinas. Cuando un niño nacía débil o enfermizo se solía decir: “ése no subirá al palo” aludiendo a que cuando los pollos o las gallinas consiguen subir a los palos del gallinero es que han alcanzado su madurez.
Muchos años después supe lo que era la etología y descubrí a uno de sus fundadores, Konrad Lorenz, pero sus teorías siempre me parecieron más frías que mis recuerdos. Y eso que, como ya he dicho, los animales no son un mundo que me atrajera mucho.



viernes, 20 de junio de 2008

46. LAS CIGÜEÑAS



Nunca he tenido mayor afición a los animales pero debo reconocer que en aquella Anguciana de los años sesenta los animales tenían un protagonismo muy importante en nuestra vida. Cuando era niño, en mi casa sólo teníamos gallinas y un perrucho, pero en el pueblo había de todo: cerdos, rebaños de ovejas, rebaño de vacas, gatos, burros, mulos, yegüas, conejos y todo tipo de pajarillos más o menos próximos a las casas. En algunas de las fotos que he puesto hasta ahora en el blog sale algún animal pero en general tengo muy pocas de los bichos que animaban y complementaban la vida en el pueblo.
Por empezar por alguna de ellas pongo hoy una foto del nido de la cigüeña en lo alto de la torre. La presencia de las cigüeñas en Anguciana ha sido constante y aún lo sigue siendo. El hecho de verlas desde casa, de saber el viento que sopla gracias a su posición, de celebrar las estaciones con su llegada (“por San Blas la cigüeña verás”) y su desaparición otoñal, sus constantes trabajos para recrecer y reforzar el nido, o las emocionantes clases de vuelo que les dan a sus polluelos cada año, hacen que las cigüeñas hayan formado siempre parte de nuestra vida.
En Logroño hay muchas cigüeñas, pero no son lo mismo. Andan siempre en guerra con los curas de la Redonda por ensuciarles el templo, o con las comunidades de vecinos cuando les da por montar nuevos nidos en las casetas de los ascensores. En Anguciana son las reinas y señoras del pueblo y nadie lo pone en duda. Por eso las quiero mucho.

lunes, 9 de junio de 2008

45. DON HONORATO



Tras haber hablado varias veces en este blog sobre el maestro, don Sixto, y ocuparme en la anterior entrada del último cura del latín, don Gregorio, justo es dedicar también un artículo al médico de aquel pueblo de mi infancia, don Honorato. Y como esta es la mejor foto que guardo de él, la pongo como cabecera. Está tomada a la salida de la boda de Adita, la hija mayor de Joaquín Angulo, y aunque no puedo precisar la fecha, es de finales de los sesenta (se puede apreciar que en aquel momento se estaba derribando la casa blasonada que estaba junto a la iglesia y que vimos en la entrada n.3, “La plaza de la iglesia”). Además de don Honorato, podemos ver a su mujer, Conchita, y a mi tía Pilar, y detrás de ellos y a la izquierda del foto, a Lola Mendoza.

Don Honorato vino a Anguciana desde Fuentecantos, un pueblecillo soriano que está bajando Piqueras a la izquierda, y cuando se fue de Anguciana retornó a Castilla la Vieja. La última vez que le ví fue en Zamora en el verano de 1982, donde seguía su sana costumbre de dar largos paseos con su mujer. Mi padre siempre decía que el carácter castellano, serio, riguroso y cumplidor de don Honorato, no tenía nada que ver con la idiosincrasia riojana, mucho más alegre y dicharachera, y que por eso no era suficientemente apreciado por la gente de nuestro pueblo. Pero yo siempre creí que nuestro pueblo y don Honorato encajaban a la perfección porque el médico era el máximo representante en Anguciana de la ciencia, y porque los mejores valores que podían representar a esa rama del saber eran precisamente los suyos, fueran o no personales, o provinieran o no de su origen castellano. Yo siempre sentí un gran respeto y cariño por don Honorato, entre otras cosas porque me libró de ir al otro barrio a los seis años gracias a todo un verano de inyecciones de penicilina diarias para curarme una grave afección cardiaca, y porque debido a la amistad con su hijo “Atín”, su casa (El Centro de Salud e Higiene de la carretera) fue mi segunda casa.

Y ya que hablo del "hijo del médico" pongo también esta otra foto que Calleja hizo a la salida de la boda de Adita en la que podemos ver de izquierda a derecha a Atín (de Honor-atín), a mis hermanos Pili, Ricardo y Mercedes, y a Santiago y Juan Ramón. Aparte del interés meramente personal, esta foto tiene también su gracia porque ilustra aquel primer momento de confusión sobre la longitud más adecuada de la falda para estar a la moda.


Mi padre y el nuevo Secretario acudieron también a la boda. Pero lo que más me gusta de esta otra foto es que a la derecha del Secretario se puede ver a Nicanor, ya muy viejecito, sentado en la puerta de su casa, y junto al quicio de la puerta, a su mujer.

La última foto que tengo de aquel día es ya del banquete, y además de Atín y mis hermanos mayores, aparecen en ella la guapísima novia y otros dos invitados, Joaquinín y Eduardito.


No sé dónde debía parar yo para no estar en la boda, pero gracias al estupendo testimonio de estas fotos es como si hubiera estado en ella; y volviendo al comienzo de esta entrada, como si siempre pudiera volver a ver igual de joven y risueño a aquel querido médico de Anguciana: don Honorato.

lunes, 2 de junio de 2008

44. DON GREGORIO Y EL LATIN


Durante el funeral y el entierro de la Hilaria que mencionaba en la anterior entrada, sentí varias veces (en la iglesia y en el cementerio) que al ritual le faltaba algo que yo había conocido en mi infancia de Anguciana. Mientras que los dos sacerdotes, Félix y José Luis, se esforzaban por hacernos entender en nuestra lengua lo que es completamente ininteligible, esto es, la muerte y la vida eterna, me dio por pensar que cuando Anguciana era Anguciana, teníamos también un lenguaje para hacer más coherentes estos ritos, es decir, un lenguaje tan incomprensible como la muerte y la vida eterna: el latín. Recordé entonces que aquel lenguaje mágico y ritual se fue con Don Gregorio a finales de los años sesenta, y que por eso debía también dedicar un artículo al último cura que rezó en latín en nuestro pueblo.
Nada más entrañable para ello que este par de fotos de Calleja que guardamos en casa porque en ellas aparece mi hermano Ricardo ayudándole a misa.



Ahora que se habla tanto del bilingüismo para saber expresarse en un idioma local y otro más universal, me resulta divertido pensar que en aquella Anguciana anterior a la modernidad (y al Concilio Vaticano Segundo) todo el mundo sabía decir “Kyrie Leison, Agnus Dei cui tolis pecata mundi, Dominus Vobiscum” etc. (lo pongo como suena porque es como lo sabíamos), y todo el mundo entendía perfectamente el “Requiem in cantim pacem”, aunque nadie (excepto don Gregorio y los curas del convento) supiéramos lo que significaban. O mejor dicho, sí sabíamos lo que significaban: era el lenguaje para hablar con la divinidad, con el más allá, con lo más eterno y universal. Y por eso sentíamos que los curas eran los auténticos representantes de todo ello en el pueblo: porque hablaban ese extraño lenguaje.

Disquisiciones al margen, mis recuerdos más lejanos de don Gregorio son viéndole pasear con su breviario en la mano por la solana de la casa de los Ballugeras y de Julio el loco en la misma plaza, o volviendo con el mismo breviario en la mano del llamado Paseo de los Curas por debajo de las laderas del río Ea. Luego dejó la plaza y se instaló en la casa de los Medranos de la calle Arriba, casa donde nació mi padre cuando mis abuelos dejaron el castillo en manos de los frailes. Le recuerdo también a don Gregorio en el jardín de aquella casa, sentado junto al pozo, leyendo LA NUEVA RIOJA, periódico al que seguramente sólo él en el pueblo estaba suscrito. El latín de su breviario y el periódico regional eran pues sus fuentes secretas de contacto con el exterior del pueblo.

Si como conté unas entradas atrás, a don Sixto le atendía la Toribia, a don Gregorio le asistía su hermana, la también simpática y servicial Paulita, quien en los últimos años de su vida nos regaló con una de las extravagancias más divertidas que recuerdo de aquellos años: el tinte morado de las sienes plateadas de don Gregorio.

En fin, acabo ya este pequeño refrito de pensamientos, fotos y recuerdos contando que cuando el cortejo fúnebre de la Hilaria se dispersó por nuestro cementerio y cada cual se fue a la tumba de sus seres queridos, mi hermano Ricardo y yo hicimos lo propio, y al quedarnos en silencio ante el rincón donde reposan nuestros familiares, de lo más recóndito de mi memoria me salió decir para mis adentros: Pater noster qui est in chelis, santificetur nomen tuum, advenian regnun tuum, fias volutas tuas, sicun in chelo et in terra…, palabras que apenas sé lo que significan y que seguramente no estarán bien escritas, pero lo que sí sé es que son palabras que me llenaron de emoción.