jueves, 29 de mayo de 2008

43. MAS FOTOS DE LA PLAZA


El jueves de la semana pasada enterramos a Hilaria, o mejor dicho, a “la Hilaria”, que es como acostumbramos a decirlo en el pueblo. A “la Hilaria” siempre la quisimos mucho porque además de la eterna sonrisa que siempre tenía, vino al mundo exactamente en la misma noche que mi hermano Ricardo y a tan sólo dos casas de distancia. Y por eso he puesto esta vieja foto tomada desde la torre de la Iglesia durante la nevada de las navidades de 1970, porque en ella se ve nuestra casa, a la izquierda, las casas de los Marín y de Fortun en el centro, y la casa donde nació Hilaria, a la derecha, en la que también vivían la Amelia y Justo. Una casa ya desaparecida y de la que tengo esta otro foto hecha en 1983 cuando ya estaba deshabitada y medio en ruinas.



Me cuenta mi madre que el médico, Paco Palacios (de quien se me olvidó decir en el post sobre la “motorización” que en aquellos años tenía el único coche del pueblo) pasaba de una casa a otra a ver cuál de las dos parturientas se decidía. No me sabe decir quién de las dos fue la primera (ni tiene mayor importancia) pero sí me cuenta que siempre se maravilló de que “la María” con lo delgada que era, amamantase tan bien a su hija. Tampoco nos es fácil olvidar la sonrisa siempre perenne de María.

Pero sigamos con la vida y con los recuerdos de todo lo que la enriquece, y ya que estamos de nuevo en la plaza de Anguciana, voy a poner tres fotos más que, aunque tomadas seguramente para recordar a las personas que salimos en ellas, dan cuenta de ciertos detalles curiosos.

La primera es esta de nuestra casa en la que podemos ver asomadas al balcón a las dos dueñas anteriores a nosotros: la tía Milagros, hermana de mi abuela, a la derecha, y la tía Pilar, hermana de mi padre, a la izquierda.


Pero el detalle que me interesa señalar más allá de lo meramente humano y familiar, es el del viejo empedrado de la plaza, porque yo siempre la conocí “encementada”. Y también, como no, la gracia de los dos bancos de piedra que enmarcaban la puerta de entrada y que aguantaron la primera pavimentación, pero que desaparecieron definitivamente cuando se reformó la fachada de la casa.

La segunda foto que pongo aquí es ésta que le hicieron los Marín a mi hermano José Mari, en el que además de verse los dos bancos mencionados de nuestra casa sobre el suelo ya pavimentado, se ven las viejas fachadas de las casas de enfrente: la de la Castito, la de la Bea, la de los Sanes y la de Mendoza (el “Chocolatero” le decíamos, no sé muy bien por qué).


Y la última foto por hoy, en la que salgo yo en primer plano con mi primera bicicleta aún con ruedecitas laterales (y algo más atrás y a medias, mi hermano Ricardo), la pongo más que nada porque en ella se ve un fragmento de la casa de la esquina que estaba enfrente de la del “Guardilla” que yo nunca recordaba haber visto en pié, y que sigue ahí hundida en medio de la plaza después de tantos y tantos años.

lunes, 26 de mayo de 2008

42. EL TELECLUB



Aunque los niños y los maestros nos fuimos a las escuelas nuevas en el curso 1962-63 (ver post anterior), las escuelas viejas no se quedaron vacías pues un nuevo y revolucionario aparato hizo su aparición en el pueblo aquel mismo año, la televisión, dando lugar a una nueva actividad social, el teleclub.
Creo que la primera casa en donde hubo televisión fue la del veterinario, y como yo era amigo de Javi, el hijo pequeño, seguramente la vi allí por primera vez en mi vida. Pero no debieron de pasar muchas semanas de aquello hasta que el Ayuntamiento se apuntara a la iniciativa nacional de adquirir una de ellas (las de mayor tamaño de aquel entonces) e instalarla en lo que fuera el aula de los niños en el piso de arriba de las Escuelas.
Recuerdo los llenazos que registraba la vieja aula de don Sixto ocupada ahora por aquel presentador del bigotito metido en una caja. Como también recuerdo que uno de los programas que más expectación causaba en un lugar agrícola como el nuestro era la predicción meteorológica que daban al final del “telediario” por lo que don Mariano Medina se convirtió poco menos que en uno de los personajes favoritos del pueblo (o por lo menos en uno de mis favoritos).
El teleclub amplió sus actividades en los años siguientes y mientras el piso de arriba se iba desocupando a medida que la gente se compraba una televisión para cada casa, el aula de las niñas en la planta baja se fue llenando de vida como salón social o juvenil. Se pusieron algunas mesas para jugar al ajedrez, una mesa de ping-pong (a la que sacamos chispas), quizás algún futbolín, y hasta alguien al cuidado de todo aquello que no recuerdo quien era. Y un año, hasta organizamos una tómbola benéfica sacando un mostrador a la plaza.
No tengo ninguna foto de la vida del teleclub porque su vida no debía ser muy fotogénica que digamos, así que he puesto arriba una foto vieja de la plaza que aún no había colgado en la que se ven bien las Escuelas/Tele Club.
Lo que sí tengo a cambio, es un par de fotos de una de las últimas actividades que allí se fraguaron. En el mes de diciembre de 1970, o sea, seis meses antes de que la piqueta se llevara el edificio por delante, se celebró el famoso proceso de Burgos contra los primeros etarras, y en llegando la navidad se organizaron en toda España manifestaciones en sus capitales de provincia en apoyo al “Generalísimo”. Se ve que los pueblos tuvieron que contribuir a dichas manifestaciones poniendo un autobús gratis y un bocadillo para cada manifestante. Además de ello alguien debió de sugerir que se hicieran pancartas y por aquello de ser proclives al arte y la creación, en el teleclub nos lo tomamos con cierto entusiasmo. El resultado de aquella tarde de teleclub fueron estas dos pancartas que fotografié en la puerta de las viejas escuelas poco antes de montarnos en el autobús con destino a Logroño:




Lo gracioso del caso es que, en viéndonos en la capital, nos debió de entrar la prudencia o la vergüenza porque nadie quiso coger la pancarta con el retrato de Franco no sea que nos detuvieran por falta de respeto o consideración hacia el Jefe del Estado. Así pues, la famosa pancarta del “retrato” se quedó finalmente dentro del autobús.

viernes, 23 de mayo de 2008

41. LAS NUEVAS ESCUELAS



Hay cosas en las que ser pionero o ir en vanguardia no es precisamente un mérito sino todo lo contrario: por ejemplo, en sacar las escuelas de los centros urbanos. Lo que ahora ha pasado en Logroño con los Maristas, pasó en Anguciana hace más de cuarenta años: al llevarse las Escuelas a las afueras del pueblo, la plaza se quedó para siempre sin el bullicio diario del ir y venir de los niños, o sin sus juegos de los recreos y... hasta sin el cántico matinal del Cara al Sol que se entonaba antes de entrar a la Escuela mientras don Sixto izaba la bandera (¡qué cosas vienen con los recuerdos!)
Lo que es evidente es que, a pesar de su modestia, la línea arquitectónica de las nuevas escuelas era declaradamente “moderna”: dos aulas en planta baja con amplios ventanales orientados a Sur y abiertos a un terreno de recreo con unos soportales a cada lado para guarecerse en caso de lluvia. Nada que ver con el viejo caserón de la plaza que hemos visto en las primeras entradas de este blog.
El traslado a las nuevas Escuelas se produjo en el curso 1962-63. Y lo recuerdo perfectamente porque fue el curso en que don Sixto abandonó Anguciana después de haber sido su maestro durante casi medio siglo, y porque fue mi último año en la Escuela, es decir, el año en que me preparé para el examen de ingreso en el Bachillerato. Vayamos por partes.

Don Sixto vivía encima de las viejas escuelas con una criada de mucha edad llamada Toribia, quien, según me contó mi padre, había sido también la criada de don Isidoro, el cura anterior a don Gregorio. Pobre Toribia. Era una mujer, pequeña, alegre y bien dispuesta, y los chiquillos la teníamos en mucha estima por el contraste que representaba con el autoritario don Sixto. No estoy seguro de si su jubilación y el traslado se hicieron justo a la vez, pero lo que sí recuerdo es que el nuevo maestro ya no ocupó la vieja casa de la Escuela sino que encontró pensión o habitación en la casa de Maxi (la de la Caja de Ahorros) en la carretera. El nuevo maestro, Carlos Miguel se llamaba, o algo parecido, era un tipo joven, alto y muy majo que no duró en el pueblo ni un curso entero. A mitad de año se fue y vino otro maestro llamado don José, algo más bajo y moreno. A Vale (el hijo de Poli), a José Mari (Capita) y mí, nos prepararon entre los tres para el temible “examen de ingreso” pero Capita se fue a un convento y Vale, no sé porqué no se presentó, así que al final fui yo solo al Instituto Sagasta de Logroño, donde demostré lo sólida que había sido mi formación en la Escuela de Anguciana a pesar de tanto cambio de maestro.
Aquel primer maestro, Carlos Miguel (o como se llamara) puso de moda el juego con balón de “tirar a dar” sacando así partido al espacio encementado que quedaba entre la trasera del cine y la trasera de las Escuelas. Pero a pesar de la innovación, los chiquillos nos las arreglamos como pudimos para adaptar el espacio y las paredes del porche de la nueva Escuela a nuestro tradicional “primi” del juego de pelota a mano.
Tampoco don José debió de durar mucho, pero de eso ya no puedo contar apenas nada porque tras aprobar el ingreso yo me fui a estudiar el bachillerato interno a Santoña y ya sólo volvía al pueblo por vacaciones. Lo que si sé es que los nuevos maestros vivieron ya en las casas que se construyeron para ellos detrás de la casa del médico.
Para la exposición de 1993 alguien cedió estas dos fotos de aquellos grupos de niños todavía bien grandes de los años sesenta en las nuevas escuelas (las subo con un tamaño mayor de lo normal para que las puedan descargar quienes no las tengan).



También tengo una foto muy bonita de la calle por la que se accedía a las Escuelas, la calle que luego se llamaría de Carrero Blanco. La casa de la madre de Amador que se ve en primer plano tenía todo el estilo de un “chalet”, y las grandes acacias que allí había le daban a la calle todo un aire de “ciudad jardín” que luego acabaría perdiendo.



lunes, 19 de mayo de 2008

40. GRUPO JOAQUIN


Las fotografías viejas a veces tienen una vida errática. Es frecuente olvidar quién las hizo o porqué, de quién fueron y cómo llegaron a nuestras manos quedándose finalmente en nuestras cajas y carpetas. Los recuerdos familiares viajan en cartas o cambian de casa con las herencias y no se sabe muy bien dónde pueden acabar. Es lo que me pasa a la vista de estas dos fotos que traigo hoy al blog: ¿cómo llegaron hasta mí?
Bueno, el último paso sí que lo sé: estaban en algún cajón del alto de nuestra casa de Anguciana y yo he ido recogiéndolas de por allí para ponerlas a buen recaudo, pero ¿cómo llegaron hasta aquellos cajones? ¿Quizás un regalo a la tía Milagros Angulo, (hermana de mi abuela y que fue la dueña de nuestra casa)?
Es posible porque en estas dos viejas fotos del mismo grupo de personas aparecen varios miembros de la familia Angulo. El tío Joaquín, a quien yo conocí siempre calvo, muy calvo, aparece en el centro de la primera de ellas con todo su pelo negro, y su mujer, la tía Filo, es la que está en lo más alto de la foto. Están todos muy peripuestos pero lo que tiene mucha gracia es el juego de miradas de las tres parejas de abajo: los de la izquierda parecen enfurruñados, los del centro están en veremos, y los de la derecha en plena pose romántica.
En la segunda de las fotos, se han puesto todos de pié por lo que sus rostros aparecen comprimidos en una sola línea. A cambio, se ve mejor el fondo arquitectónico, que si no me equivoco, pertenece a la caseta del caminero del otro lado del puente, la que habitó la familia Carpo. ¿Qué harían por allí tan encorbatados y con abrigos? ¿Un simple paseo dominguero en grupo tan numeroso?




Cuando las fotos llevan una vida errática y pierden la información básica de su origen, cobran una nueva vida porque quedan entonces abiertas a nuestra imaginación. Yo he llamado a estas dos “Grupo Joaquín” por estar él en el centro y por ser el personaje más conocido para mí. Pero seguramente habrá quien vea ellas a otros seres más próximos y queridos y quien recuerde o imagine otras muchas cosas.

sábado, 17 de mayo de 2008

39. DEPORTES DE INVIERNO


En las navidades de 1970 cayó una buena nevada en nuestro pueblo, y como por aquel entonces no había Valdezcaray y ni sabíamos lo que era el esquí, convertimos un ribazo junto a fuente La Virgen en la primera pista de trineo de Anguciana.
El ingenio fue cosa de mi hermano Ricardo y aún me maravillo de lo rápido de reflejos que anduvo para inventar y construir el artefacto en la misma mañana de la nevada: con una caja de fruta y unas pocas tablas, elaboró el elegante bólido que se puede ver en todas estas fotos. Como tengo nada menos que catorce y no quiero dejar ninguna en el cajón, las he colgado esta vez en un formato un poco más pequeño que el habitual.

Para iniciar el descenso y controlar la dirección, teníamos que tirar con una cuerda y correr por delante del trineo, tal y como se ve en la foto de arriba y en estas dos más:



Una vez que la pista ya estaba abierta, se ve que nos animamos a bajar sin guía:







El problema de esta estación de esquí es que, a falta de telesillas, era duro subir el trineo después de cada bajada:


La zona de frenada no era muy amplia, pero no llegamos a darnos contra la tapia de las huertas:

De aquel día tengo un recuerdo muy especial: de tanto coger el trineo y andar con la nieve debía tener yo las tenía las manos tan heladas que en un momento dado fui a lavármelas a la fuente de La Virgen que estaba justo al lado de nuestra pista de esquí y me pareció que el agua salía caliente. Recuerdo aquella sensación como si fuera hoy, y ya siento que entre tanta foto no hubiéramos hecho una de la fuente. Aunque en esta que pongo aquí se puede apreciar por mi gesto, el frío que tenía en las manos:


Tres fotos más de aquel “histórico” día para los deportes de invierno de Anguciana:
La primera, caminando por detrás de Teñazo hacia el ribazo de fuente La Virgen.
La segunda, justo en el punto de salida del descenso. Como se ve en ella, a última hora apareció Atín por allí con una extraña boina en la cabeza.
En la tercera y última de la serie, fotografíé yo a mis cuatro hermanos posando en el trineo.




PS: Al ir a guardar las fotos de aquel día he descubierto una nueva imagen en la que se puede verse la Fuente de La Virgen. Está en el ángulo superior izquierda:



Como no tengo ni idea de cómo estará en la actualidad aquella fuente prometo volver por allí algún día a hacerle una foto.

jueves, 15 de mayo de 2008

38. FUTBOL INTERNACIONAL



En el año 1968 hubo Campeonato Mundial de Fútbol y el único árbitro español que participó en él fue Juan Gardeázabal, quien…, mira por dónde, resultó que veraneaba en Anguciana, y si no recuerdo mal, en la casa que estaba entre el castillo y el frontón.
Para honrar a tan ilustre veraneante a alguien se le ocurrió organizar un partido de fútbol en el campo de tierra del convento (el actual no existía aún) y se hicieron dos singulares equipos: el de “estudiantes” y el de “no estudiantes”. Y por supuesto, con arbitraje del internacional Juan Gardeázabal.
Santiago Angulo (“santiaguín”) trajo equipación de un colegio de Miranda: camisetas azul y blancas para los estudiantes y rojas para los no estudiantes. Lo anecdótico del caso es que las trajo sucísimas, y como algunos las lavaron el día anterior y otros no, más que dos equipos parecía que hubiera cuatro.
Es una pena que sólo tenga la foto de una de las alineaciones, la nuestra (se ve que el fotógrafo era casero). De pie, y de izquierda a derecha están: Juan Gardeazábal con su hijo delante, Pepito, Ricardo, la también “veraneanta” y “separatista” Itziar (que hizo el saque de honor), Santiaguín y Capita; y agachados: yo, Atín, José Luis Carpo y Adolfo. Ah! y el chiquillo de la derecha, no os lo perdáis, ¡es otra vez el hijo de “sieteantonios”! Qué tío; qué facilidad para chupar cámara. Lleva saliendo en tres post consecutivos...

En la foto del saque de honor podemos ver al capitán del equipo rojillo, José Mari, equipado con unas “antirreglamentarias” Chirucas, y algo más al fondo, a Felipe, a quien parece que no le llegó camiseta roja porque se le ve con un polo blanco:


De aquel mismo encuentro tengo esta otra foto mía con Atín, grato recuerdo de una prolongada amistad de infancia:



Si la memoria no me falla (y en estas cosas no suele fallar), creo que nos ganaron los “no estudiantes” por lo que, obviamente, echamos la culpa al mal arbitraje.

martes, 13 de mayo de 2008

37. UN CONCURSO DE PESCA



Y digo “uno” porque no recuerdo que se hiciera ningún otro. También hay mesa y copas, como en los torneos de de tiro al plato, pero el escenario de entrega de los trofeos está obviamente junto al río Tirón y tiene como excepcional fondo el conjunto que configuraron en su momento el puente, el frontón y el castillo.
De aquella ocasión no tengo más que una sola foto así que me entretendré en comentar algo sobre sus protagonistas.
Empezando por la izquierda tenemos nada más y nada menos que a Pedro López de Heredia ,que supongo que habría donado alguna de las copas. A su derecha está también otro personaje ajeno al pueblo pero muy conocido en la provincia, el industrial de forjados Juan Jimeno (apodado por ello como “viguetas”). Las dos chicas debían ser las reinas de las fiestas (o la reina y la dama de honor). A continuación y en segundo plano está mi padre, o sea, el alcalde, y delante de él otros dos organizadores venidos de fuera que no conozco.
Lo que es gracioso de esta foto es que el chiquillo que aparece arriba y por detrás de la escena estaba también en la última foto del anterior post: es el hijo de “sienteantonios” que ya estaba más crecido.
Pero el que no cambia es el autor de las fotos: nuestro gran reportero, Calleja.

lunes, 12 de mayo de 2008

36. EL TIRO AL PLATO


Cuando las fiestas de Oreca (o de San Bartolomé) empezaron a adquirir importancia, uno de los primeros torneos con que se adornó fue el del tiro al plato y eso que en Anguciana no hubo nunca mucha afición a la caza y a las escopetas. No tengo ni idea de quienes serían los organizadores pero lo que está claro es que a mi padre, como alcalde, le correspondió la tarea del reparto de trofeos.
Creo que no se organizaran muchas competiciones de estas, pero el fotógrafo Calleja nos dejó constancia de una de ellas en estas cinco fotos que pongo hoy aquí.
Como el torneo se celebraba obviamente en campo abierto me hace mucha gracia ver en la foto de arriba la mesa para los trofeos y las sillas para los organizadores y autoridades que se traerían desde el ayuntamiento. Sin duda, era una manera elegante de realzar el acto.

Como el tiro al plato es deporte poco fotogénico, el resto de las fotos pertenece a la entrega de trofeos. En la mesa hay cinco copas de diversa factura y como la mayoría de los participantes y ganadores fueron gente venida de fuera, está claro que el momento más celebrado fue el de la entrega de la copa a Isaías por ser el primer clasificado del pueblo:



Pero lo más bonito de estas fotos es sin duda el recuerdo de los rasgos y la estampas olvidadas de todos los que aparecemos en ellas y que seguramente darán mucho de que hablar. Especialmente entrañable me parece la forma en que aparecemos mi hermano Jose Mari y yo por debajo de mi padre en el momento en que entregaba los trofeos:

El premio del garrafón de vino tiene también su originalidad. No tenía categoría para estar encima de la mesa pero también fue recibido con alegría.

La única foto posada es esta última en que aparece con su copa otro personaje de Anguciana que aunque vivía en Santo Domingo era muy querido en el pueblo: si no recuerdo mal fue el primer tractorista de la cooperativa agrícola, es decir, uno de los que manejó aquellos primeros Lanz azules con tubo de escape a la manera de las locomotoras de los que hablé en el tema de la motorización. Echándole la mano al hombro aparece “siete antonios” (a quien ya habíamos visto en la inauguración del frontón), también con sus dos hijos. Detrás de ellos puede verse la silueta del monte Toloño, otro de los puntos cardinales del paisaje de Anguciana.


martes, 6 de mayo de 2008

35. FUNCION EN LAS ESCUELAS



Función, sí ¡y no precisamente infinitesimal!
A lo largo de mi vida he ido aprendiendo diversos usos de la palabra “función” pero creo que la primera de ellas, ya en desuso, era la de “puesta en escena”.
Yo era tan pequeño cuando se hizo la de la foto de arriba que no pude estar en ella. Y hasta es posible que tampoco estuviera hecho aún el cine. Por eso que este sarao de trajes regionales y bailes flamencos tuviera lugar en la escuela de chicas que era el edificio municipal más a mano.
Los cuatro músicos están estupendos. Lázaro a la guitarra, Agustín al laúd, Emiliano a la bandurria y Alejandro al violín. ¿Cómo sonaría aquello? No me lo puedo ni imaginar, pero es igual: la alegría de la fiesta está en las caras de todas las chicas, en la expresión de Lázaro y Emiliano (Agustín y Alejandro parece que se lo toman más en serio) y sobre todo, en la gracia de las dos chiquillas vestidas de faralaes: mi hermana Pili, y Lolis, la hija de la tía Filo y el tío Joaquín.

La fiesta debió de ser muy importante porque acudió Calleja a hacer fotos. (Lo del trabajo de Calleja es impagable para la recuperación de nuestra memoria. ¿Quién habrá heredado su archivo de clichés? ¿Estará a buen recaudo? ¿Cuántas fotos tendrá de Anguciana que no hayamos visto nunca? Sería bueno ir resolviendo estas cuestiones…).

El decorado del escenario es de lo más apañado, pero lo mejor de esta función es la gracia del baile de las dos chiquillas. ¿De dónde sacaron esos vestidos y esas poses tan flamencas?
Por la edad de mi hermana y de Lolis aquella función es de los primeros años cincuenta cuando faltaban aún unos cuantos años para que llegara la televisión al pueblo…, ay, ese invento que… acabaría para siempre con todas las “funciones”.
Menos mal que gracias a la vieja función texto, la querida función foto y a la nueva función blog, aquella función de las Escuelas de Anguciana la podemos recordar aquí: