miércoles, 30 de abril de 2008

34. EL CINE



Uno de los edificios modernos más audaces y sorprendentes de Anguciana fue el cine. Se construyó en los años cincuenta, siendo alcalde Blas Santa Cruz, con proyecto del arquitecto Rafael Gil Albarellos.
Albarellos fue uno de los primeros arquitectos “modernos” de la postguerra y para el cine de Anguciana se le ocurrió diseñar una fachada que se asemejaba al celuloide de las películas. Moduló todo el frente como si fueran fotogramas y como remate de cubierta hizo una fila de agujeritos cuadrados.
Por lo visto, la limpieza de ideas y formas del primer proyecto se fue al garete cuando le pidieron que colocara una vivienda encima de los dos fotogramas más cercanos al pueblo, así que en castigo le puso a esa vivienda unas ventanas tan estrechas como las del remate decorativo del resto de la fachada y a distinta altura. La cosa quedó un tanto desencajada pero como cuando éramos niños no nos preguntábamos por la razón de las cosas, pues nos acostumbramos a verlo como algo tan normal. La vivienda fue ocupada por el veterinario y su familia y como yo era amigo de Javi, uno de sus hijos, pues estuve muchas veces en ella y la recuerdo muy bien.
De lo que apenas me acuerdo es de las sesiones de cine porque debieron dejar de darse muy pronto, creo que a mediados de los sesenta cuando yo me había marchado a Santoña a estudiar. Lo que sí recuerdo (y es curioso cómo en la memoria se quedan a veces los detalles más insignificantes) es el precio de la última vez que fui al cine: 7 pesetas. Y también recuerdo (no sé si bien o mal) que el encargado de la máquina del cine era Lázaro, a su vez pastor y carnicero, y padre de Carlos y Emilio.

En el invierno de 1970 se organizó un Concurso de Belenes en el pueblo (seguramente a iniciativa del Teleclub) y para dar mayor realce a la entrega de premios y como cosa extraordinaria se usó el cine. Como presentadores actuaron Isabel Ballugera y mi hermano Ricardo, y en la ambientación musical del evento tocaron Emiliano Ibarnavarro, Agustín deLafuente y mi hermana Mercedes; y hasta es posible que cantara Ramoncín, no el punky de Madrid que se hiciera famoso años después, sino Ramón Triana, a quien también llamábamos en el pueblo con ese diminutivo. De aquel último acto en el cine guardo estas tres simpáticas fotos:





Por cierto, siendo ya arquitecto y habiéndome dado cuenta de la semejanza entre la fachada de nuestro cine con las películas de celuloide, le di la foto de arriba al erudito riojano Bernardo Sánchez, quien a su vez se la regaló al conocido director de cine Víctor Erice, al que, según me dijo Bernardo, le gustó mucho. Para que veáis lo lejos que ha llegado el cine de nuestro pueblo.

martes, 29 de abril de 2008

33. EL BADÉN


No sé si existe alguna ciencia llamada “microgeografía urbana” pero si no existe habría que inventarla para poder catalogar y describir con propiedad algunos lugares sumamente especiales de la configuración de los pueblos. Entre esos lugares especiales los más notables serían sin lugar a duda los llamados centros neurálgicos o “kilómetros cero”. Hace años dije en un artículo que la fuentecita del Espolón de Logroño era el kilómetro cero de la ciudad y me dieron por ello un premio nacional de artículos sobre urbanismo. Aunque ahora no aspiro a premio alguno, experimento la misma agradable sensación al decir que el kilómetro cero de aquella Anguciana que yo conocí de niño era “el badén”. No respetaron la fuentecita en Logroño y desapareció el badén de Anguciana, pero nos quedan las fotos y los recuerdos, y quizás gracias a ellos, la fundación de esa nueva ciencia.

El badén era tan sólo el paso de las aguas de escorrentía de las Callejas por debajo de la carretera. Estaba hecho de hormigón y tenía tres agujeros para el paso del agua pero lo importante es que ofrecía asiento para quien quisiera contemplar la plaza del pueblo desde la carretera, con el parque infantil detrás (27) y el “salón urbano” de la carretera (15) al otro lado (a la derecha de la foto). En la fotografía de Calleja que he puesto arriba podemos ver el badén cuando aún se podía entrar a la plaza en coche por delante de él y cuando la carretera estaba aún sin asfaltar. Yo lo llegué a conocer incluso cuando no estaba “encementado” ese acceso a la plaza y el paso era más abrupto.

El badén era el punto de reunión ideal del pueblo cuando el cierzo que viene de la plaza es poco más que una brisa, pues cuando tira fuerte lo propio para haraganear en el centro del pueblo es estar de pie en la esquina del bar de Poli, que es esa acera que está justo enfrente y a su izquierda siempre cara al sol y a resguardo.

Esta foto, sin embargo, no ilustra bien lo que digo porque como puede apreciarse, la gente que en aquel momento estaba sentada “configurando el centro del pueblo”, lo hace junto a la casita del fondo, que es la taberna de Jesús Ibarnavarro, -la que luego se llamaría “Beneficios”. El éxito de aquel punto de encuentro frente al badén en el momento justo de esta foto creo que tiene que ver con tres razones: la primera es que la foto está tomada por la mañana en un día de mucho sol y que aquella fachada aún ofrece sombra; la segunda, creo yo, es que aún persistía la querencia a reunirse en la fuente que estaba justo en aquel lugar; y la tercera, es que en esa esquina entre la carretera y la fachada de Beneficios, justo donde estaba antiguamente el mojón kilométrico de hormigón, solía sentarse de viejo Manolo García, un hombre sumamente famoso en el pueblo por su trato afable y socarrón. En la foto es imposible saber si es él pero me pega que podía ser el que está en el centro del grupo recostado en la pared.

Cuando se asfaltó la carretera el badén se convirtió en un lugar bastante más incomodo y peligroso para estar allí sentado pues los coches, tractores o camiones empezaron a pasar a cierta velocidad por detrás de sus espaldas, pero aún así la gente no se solía inmutar.

Es una pena no tener fotos del badén con gente sentada, así que mientras nadie me aporte alguna nos tendremos que conformar con el relato de mi recuerdo y esta imagen en que está vacío. Como también está sin gente en esta otra foto tomada desde la ventana más alta de nuestra casa. En ella, la carretera ya está asfaltada y las acacias del parque infantil muy frondosas, pero como mayor novedad o modificación se ve la valla que puso el Ayuntamiento para cortar definitivamente el paso de los coches a la plaza por delante del badén.



domingo, 27 de abril de 2008

32. LA BAJADA DE LA VIRGEN



Los ritos son para el tiempo como los hitos para los lugares. Les dan estabilidad o permanencia ayudando así a nuestra frágil memoria. A veces se abusa de ritos e hitos, y en vez de servir de referencia crean algo de confusión, pero cuando faltan parece que todo se desmorona.

El patrón de Anguciana es San Pedro Mártir de Verona, que se celebra el 29 de abril, así que esa fue siempre su fiesta patronal. El resto de las fiestas del calendario religioso tenían un carácter general o compartido con muchas otras poblaciones: San Isidro, San Juan, Santiago, la Asunción, el Pilar, etc. Cuando llegaron los bilbainos a veranear se empezó a celebrar también San Ignacio de Loyola (el 31 de julio), y como ya hemos dicho al hablar de Oreca, el 24 de Agosto se hacía una pequeña celebración en San Bartolomé. La segunda fiesta importante del pueblo era la de Virgen o de Acción de Gracias del 8 de Septiembre, que también era compartida con muchos otros lugares (con Haro, sin ir más lejos).

En el pueblo se solía ironizar diciendo que la Virgen de la Concepción fue la primera veraneante de Anguciana pues mientras su ermita está en “la loma” (ver entrada previa), el domingo anterior al 29 de abril se la baja al pueblo, y el día 8 de septiembre se la llevaba de retorno a su templo para que pasase allí el invierno. Y digo que se la llevaba ese día porque siendo alcalde mi padre hubo un pequeño reajuste en esta última fiesta: como se echaba en falta una “fiesta grande” en los meses de julio y agosto, que es cuando empezó a haber más gente en el pueblo, y como toda fiesta es en realidad una convocatoria de gentes, pues se adelantó un par de semanas la subida de la Virgen juntándola con la pequeña fiesta de San Bartolomé y se hizo de esta fiesta la más sonada del pueblo. Así pues, ahora se la sube el domingo más cercano al 24 de agosto.

A los que amamos los viejos ritos nos quedó como más auténtica la “Bajada de la Virgen” pues además se hacía por la tarde y en abril, cuando no hay veraneantes. Así que, durante muchos años esta procesión ha sido el punto de encuentro de numerosos hijos de Anguciana que han venido desde lejos para reencontrarse con la gente del pueblo en torno a este rito. (Y digo “ha sido”, porque escribo estas líneas hoy domingo 27 de abril del 2008 después de haber ido por la tarde a Anguciana para la Bajada de la Virgen y haberme encontrado con que este año la habían hecho… por la mañana (!)).

Pero bueno, como del futuro no sabemos nada y del presente es mejor es no escribir mucho sin mayor perspectiva, lo mejor es recordar la Bajada de la Virgen con las dos fotos más viejas que poseo de la misma: la que he puesto arriba, que corresponde al momento en que sale de su ermita, y esta que pongo a continuación en la que desciende por la cuesta de la ermita hacia el pueblo.


Ambas fotos son restos de la exposición de 1993, o sea, préstamos de gente del pueblo. Y es por ello que en casa nos llevamos una sorpresa muy agradable pues descubrimos en la primera de ellas a nuestro abuelo Francisco (el segundo por la izquierda mirando a la cámara), que falleció durante la guerra y al que ninguno de sus nietos pudimos conocer. Yo sólo soy capaz de reconocer a Emiliano Ibarnavarro (el porteador del centro) y a Manolo Tobalina (el primero a la derecha de los porteadores de la Virgen) pero seguro que habrá quien reconozca a muchos más.
En la foto de la cuesta, más que entretenerme en reconocer a nadie prefiero recrearme en la contemplación de la gran cantidad de hombres del pueblo que la acompañaban entonces y en el aspecto de sus atuendos.

Por aquello de seguir con el rito o la tradición, completo esta entrada con dos fotos no tan viejas. Hace exactamente diez años, o sea en abril de 1998, hice una vez más la típica foto de la salida de la Virgen por la puerta de la ermita. En ella se puede ver a mi padre en vez de a mi abuelo, y entre los porteadores podemos ver a Tachi (no hace mucho fallecido) en el puesto de Emiliano:


Y como en el post anterior decía que no tenía ninguna foto vieja que diera una visión general del edificio de la ermita, pongo aquí esta otra que también hice ese mismo día de abril de 1998. (La que posa es mi hija Elena, que siempre ha dicho sentirse de Anguciana, pues aunque en realidad nació en Logroño, los dolorosos avisos de su llegada y la rotura de aguas de su parto tuvieron lugar en el pueblo, y para ella eso es lo importante; aunque seguramente, lo importante para ella sea “ser de pueblo” y no de una ciudad que según parece ¡va a tirar alegremente el hospital donde nació!):

viernes, 25 de abril de 2008

31. LA ERMITA DE LA VIRGEN

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Como en la entrada anterior hablaba de la ermita de San Bartolomé de Oreca, no podía dejar para más tarde el hacer una evocación de la otra ermita de Anguciana, la ermita más importante: la de la Virgen del pueblo, la Virgen de la Concepción.

Su posición al final y en lo alto de la calle Arriba, al borde de la loma y en vecindad con la hilera de las bodegas, hacen de ella uno de los lugares más hermosos y sagrados del pueblo. Tan sagrado es el lugar que algún día remoto se ubicó junto a ella el “camposanto”, donde reposan nuestros antepasados y donde descansaremos nosotros también.

Tengo unas cuantas fotografías antiguas de la ermita, todas ellas parciales y dedicadas a las subidas y bajadas de la Virgen. Pero antes de ponerlas aquí, he preferido ilustrar la presentación de este lugar con una foto que le hice a la ermita hace un par de años viniendo de la Loma, en la que las Peñas de Gembres hacen de telón de fondo.

Nuestra manera de llegar a la ermita en cada paseo, cada procesión o en cada entierro, es justo la opuesta de la perspectiva de la foto, y quizás por ello nunca nos habíamos dado cuenta de la belleza y majestuosidad de este sitio.

Aunque en la foto se ven unos cuantos elementos nuevos que la afean un poco, el lugar está aún lo suficientemente despejado para que corra por él ese viento tan frecuente del noroeste que dobla las puntas de los cipreses y los chopos hacia la derecha como arrastrando nuestros espíritus hacia destinos “superiores”: hacia Haro, hacia Logroño, o hacia vaya uno a saber dónde.

Pero el destino final de nuestros restos está ahí, justamente ahí: en ese lugar concreto y sagrado de Anguciana que está junto a la ermita de la Virgen; con el pueblo abajo y las Peñas de Gembres al fondo.
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miércoles, 23 de abril de 2008

30. ORECA



Ya iba siendo hora de que dijese algo de este lugar de Anguciana..., ¡qué digo lugar! tal como hoy lo vemos, es todo un barrio tan extenso como el pueblo mismo al otro lado del río. Pero en los años sesenta Oreca no era nada, o casi nada. Y por eso no tengo fotos de Oreca y lo que pongo aquí es una foto del verano de 1966 hecha desde el tejado de nuestra casa, en la que al otro lado del puente no se ve construcción alguna. Sólo campo, o más bien “eras”. Oreca era el lugar de las “eras” del pueblo, donde antiguamente se trillaban y aventaban los cereales y las legumbres. De niño aún llegué a montarme en un trillo arrastrado por mulas en las eras que estaban junto a la carretera, y dar vueltas y vueltas en él como si fuera el más divertido de los tiovivos. Y también llegué a vivir la corta presencia en las eras de las trilladoras, movidas por las correas de los primeros tractores. Cuando llegaron al pueblo las cosechadoras, las eras se quedaron sin vida y se convirtieron en solares de chalets para bilbainos que son quienes mayoritariamente las poblaron.

Pero en la época de las eras ya había dos construcciones importantes en Oreca, una a cada lado de la carretera, un poco más a la izquierda del espacio vacío que muestra la foto de arriba. Esas dos construcciones eran (y aún son) la ermita de San Bartolomé, a la que se subía una vez al año, el día 24 de agosto; y la casa del “Cojo”, el “cojo de Oreca” como todos le llamábamos, el pastor, una de las personas más alegres y simpáticas del pueblo -simpatía y alegría que dejó en herencia a sus hijos y que ahora transmiten ellos. Es curioso, porque siempre se ha dicho que los cojos son gente malhumorada, pero lo cierto es que el de Anguciana era una clarísima excepción. Con la sorna de la que siempre hacía gala se autodenominaba a sí mismo el “alcalde de Oreca”, y es que era el único habitante de aquel lugar. Bueno, el único no, porque aquella casa creo que tenía alguna subdivisión y alguna vivienda aneja pues allí vivía, si no recuerdo mal, "Julio el Trampas" otro tipo bien curioso, que fue de los últimos, junto con Minín, el basurero, en usar un remolque con tracción animal. Nunca he visto una foto de Oreca con esas dos únicas construcciones, así que si alguien tiene alguna, me encantaría ponerla aquí.

Por los años de la foto de arriba un promotor de Bilbao que venía mucho por el pueblo, Luis Urcullu, construyó un bloque de cinco pisos, a cuatro viviendas por piso, justo entre la casa del “Cojo” y la carretera. A todos pareció un disparate urbanístico y estético, pero como fue el primero y llenó de vida a Oreca (nada menos que veinte viviendas de un golpe), y como por entonces la estética y la urbanística eran disciplinas ajenas al pensamiento de nadie, pues ahí se quedó y ahí sigue. Hoy casi parece una de las piezas históricas del barrio.


lunes, 21 de abril de 2008

29. LA MOTORIZACION


En el post anterior comenté algo sobre las motos que hubo en el pueblo (la Lambretta del veterinario y la Vespa del médico) y mencioné la MV Agusta de mi padre que por entonces ya no funcionaba o que la había vendido. Por suerte, guardamos una bonita foto de esa moto que es la que he puesto arriba. Mi padre con boina y yo sentado en el depósito de gasolina. Detrás se ve el castillo y el convento en construcción.

El médico, Honorato, vino a Anguciana con un coche negro (un Fiat o un Ford) que aparcó en el lateral de su casa y que ya no volvió a funcionar más. Lo usábamos para jugar dentro. Cómo me gustaría ver una foto de él. Seguramente Honorato o sus hijos tendrán alguna, así que si leen estas líneas me gustaría que me las hicieran llegar para compartirlas aquí. Más adelante cambió su Vespa por un Citröen 2CV verde, que si mal no recuerdo fue el primer coche de la nueva generación que hubo en el pueblo. Nosotros compramos poco después un Seat 600 verde, que lo guardábamos en el interior del patio y que es el que muestro aquí con mi hermano Alberto posando fuera y dentro de él. En la segunda de las fotos se ve un detalle curioso: una doble hilera de sacos apilados debajo de la galería.




También el veterinario compró poco después coche, si no recuerdo mal, otro Seat 600 de color claro. (Me han dicho mis hermanas que sus hijos ya han descubierto este blog y que tienen intención de enviarme alguna de sus fotos, así que les animo a ello y se lo agradezco de antemano).

En los primeros años de la motorización, los bilbainos (lo pongo sin acento que es como lo pronunciamos en Anguciana) aportaron muchas novedades. Por ejemplo, la familia del sastre Jaime Marín, del que ya hablé en la entrada (11) (y cuyo archivo de fotos antiguas del pueblo sería maravilloso poder ver y compartir también) vino un año con un Renault Cuatro-Cuatro y al poco, con un Renault Dauphine. En uno de esos dos coches (creo que en el primero) le hicieron estas dos fotos a mi hermano José Mari. En la que está sentado en la baca del coche se ve al fondo la ventana de la Escuela con la bandera colocada.



Esta otra foto es bastante más tardía. En realidad se trata de una de las últimas fotos de la vieja plaza, es decir, del otoño de 1969 o 1970. La pongo porque se ve el coche del “nuevo” Secretario, aquel que fue corredor de apuestas en el frontón y que era de Casalarreina (tengo una foto de él y saldrá más adelante en el blog). Su coche, un Seat 850.


Los agricultores tardaron más en comprar coche porque su prioridad eran los tractores. Los primeros Lanz hicieron furor. Eran azules y tenían un tubo de escape vertical como si fuera la chimenea de una locomotora. Uno lo compró la Cooperativa y lo llevaba Jesús Angulo, el de Santo Domingo; otro creo que lo compró Amador y otro Joaquín García, el de Cihuri (corregidme si me equivoco porque no lo recuerdo bien). Luego vinieron un par de Massey Ferguson rojos, uno de ellos de Luis Martínez, y varios Ebro azules. Pongo aquí las dos fotos que tengo de aquellos primeros tractores y siento no acordarme de quiénes eran sus propietarios ni tener más, pero ya me iréis diciendo o enviando. (Los que salimos en estas dos fotos somos mi hermana Pili y yo; y el autor de las mismas, supongo que Jaime Marín).


sábado, 19 de abril de 2008

28. PROCESION DEL CORPUS


La secuencia de tres fotos que pongo hoy en el blog creo que es una de las joyas de nuestra colección familiar. No pone en ellas quién es su autor, pero todo parece indicar que sea Calleja, porque indica profesionalidad al apostarse en uno de los balcones de la casa de Poli para tomar las dos primeras, y porque la tercera está hecha con toda claridad a fin de captar bien los rostros de los asistentes.
Después de haber visto en la entrada anterior la nueva imagen del recién inaugurado “parque infantil”, aquí podemos ver su utilización inmediata.
Muchos son los rostros y figuras conocidas que vemos en ellas, así que no me detendré en nombrar a los que soy capaz de reconocer y me ocuparé en observar algunos detalles secundarios.

En la primera de las fotos, la que he puesto arriba, la procesión del Corpus avanza por la carretera a la altura del "badén" dejando atrás ese saloncito arbolado en torno a la carretera del que hablé en el artículo sobre la carretera (15). No parece que aún estuviera asfaltada, o sea la foto es anterior a julio de 1964 en que ya la veíamos con brea, pero no muy anterior porque como se ve en la siguiente foto, las calles ya estaban “encementadas”. En la parte superior de la foto se ve la caseta del transformador de la luz que estaba en el mismo centro del pueblo, y a su derecha, una Lambretta aparcada. Como en aquellos días no había ningún coche en el pueblo, supongo que era la moto del veterinario que tenía una de esa marca, aunque al veterinario no se le ve en el grupo (¿estaría asistiendo a alguna vaca en apuros?). El médico tuvo una Vespa, y mi padre un viejísima MV Agusta que por entonces creo que ya no andaba o que la había vendido.
Otro detalle que me llama la atención en esta foto es la participación de los hombres de la Veracruz. Esa Cofradía me imponía mucho porque los hombres que pertencían a ella asistían a todos los entierros del pueblo (y al parecer a otras ceremonias religiosas) portando un velón en la mano. Era una de las pocas ocasiones en las que se les podía ver bajo la luz del sol sin boina, por lo que la marca de la blancura en sus calvas les daba un aire irreal. Formaban dos filas abriendo la procesión, y en la foto de arriba vemos tan sólo a los dos últimos de sendas filas a ambos lados de Don Gregorio, el cura párroco, que ese día no oficiaba y le había dejado a “Bernardito”, el cura local, la conducción de la ceremonia. Detrás del palio puede verse al tercer oficiante con un misal en la mano: el Padre López, de la Comunidad de Franciscanos.



En la segunda de las fotos, con todo el pueblo arrodillado ante el palio colocado en la portezuela de la valla de los nuevos jardines, el protagonismo es la paz, el silencio y la participación de casi todo el pueblo en la ceremonia. Por lo general, quienes no participaban evitaban respetuosamente su presencia en las calles. Es por eso que los tres niños que se ven al fondo de la Calle Arriba tienen toda la gracia de la nota discordante.


Al principio pensé que el fotógrafo había bajado rápidamente de su balcón para obtener esta tercera foto, pero luego me he dado cuenta de que no está tomada en el mismo lugar sino en algún otro punto del recorrido porque el fondo no es el mismo.
Espero que disfrutéis reconociendo las caras y observando minuciosamente los detalles. A mí en particular, me llaman la atención esas gafas negras tan modernas de Amador, el traje a rayas que llevaba Luis el alguacil, el viejo “look” de americana, chaleco negro, y camisa blanca sin corbata y con el botón de arriba cerrado que luce el hombre que está de pie al fondo de la foto, o el fino velo negro con el que se cubrían las mujeres para las ceremonias religiosas. (Os recuerdo que se pueden ampliar clicando sobre las propias fotos).

jueves, 17 de abril de 2008

27. EL PARQUE INFANTIL





Esta serie de cinco fotos, tomadas en julio de 1964, muestra lo que fue la primera gran obra de mi padre al acceder a la alcaldía: “el parque infantil” situado en el gran espacio central del pueblo, parquecito que junto con el asfaltado de la carretera y el “encementado” de todos los viales de alrededor dio un enorme vuelco a la imagen de Anguciana.
Por lo visto nadie parece tener una foto lo suficientemente panorámica de ese gran espacio vacío hasta que se hizo este parquecito que lo ocupó con un doble arbolado de acacias, una sencilla valla de hierro y malla metálica doblada con un seto, unos bancos bastante incómodos de soportes de hormigón prefabricado y cuatro tablones, un par de palmeras y otros dos arbolillos ornamentales en el centro, dos farolas sobre pedestal, una fuente con dos caños de botón bajo la farola más próxima a las Callejas, unos juegos infantiles (tobogán, columpios y barras paralelas) que aún no se habían puesto cuando se hicieron estas fotos, y una pérgola curva que según mi padre, trataba de imitar a la que recientemente se había construido en Logroño junto al Instituto Sagasta. La construcción del parque y la reordenación del viario se llevó por delante la vieja fuente del pueblo que hemos visto en (9). No acierta a decirme mi padre si hubo proyecto (seguramente no habría más que un sencillo croquis hecho por él que recuerdo haber visto por casa de niño) ni quién hizo la obra, así que para mejor documentarse habría que mirarlo en los archivos municipales.
El caso es que, mientras la plaza del Ayuntamiento y la de la Iglesia mantuvieron durante seis años más la vieja imagen del pueblo, el centro viario del mismo se preparó para lo que pronto iba a ser la revolución motorizada.
En la pequeña colección de fotos que muestro arriba, la atmósfera del pueblo en pleno mes de julio no puede ser más tranquila. En pocos años, sin embargo, el espacio que media entre el parque y la carretera se convirtió en el “parking” central del pueblo y la vieja imagen de absoluta tranquilidad empezó a desaparecer.
Tengo aún una última foto en blanco y negro algo posterior (pues ya están instalados el tobogán y los columpios) en la que se percibe aquella paz, rural y veraniega, de los días sin coches.



martes, 15 de abril de 2008

26. LAS CUEVAS


Pocas zonas populares de bodegas hay en La Rioja tan bien ordenadas como la de Anguciana. En una ladera perfectamente orientada a Norte, excavadas en la arenisca que separa la Loma de la depresión del Tirón y sin ningún hueco entre ellas, se construyeron con la misma piedra sacada de la excavación, nuestras cuevas. Y digo “cuevas” porque es así como le gustaba a mi padre que las llamásemos, seguramente porque “bodegas” le parecía un apelativo más ampuloso o industrial.
La foto que pongo aquí, es como casi siempre de finales de los cincuenta o comienzos de los sesenta, cuando se reparó el muro de protección que separa la carretera del vial propio de las cuevas. No se ven bien las fachadas de las cuevas, pero sí la carretera, que estaba aún sin asfaltar, con su frondoso arbolado a un lado, ofreciendo el aspecto tranquilo que tenía por entonces.
Todas las cuevas eran del mismo tipo: calado en la roca y una construcción delante con tejado a un agua, cumbrero en la ladera y alero en fachada. Pero había tres que tenían un cuerpo superior por el que podían echar la uva directamente desde la Loma. La primera de ellas, la más grande y que no recoge la foto por estar justo a la derecha de la misma, donde se acaba el muro de la carretera, era la de mi abuelo, luego de "Escolar". Tardé mucho tiempo en entrar a esta bodega (creo que estas tres cuevas con cuerpo alto ya se merecen el apelativo de bodega) pero cuando lo entré en ella me emocioné. Mi padre me había contado que en los malos tiempos del vino, en la dictadura de Primo o en la República, vio el vino de la bodega de casa correr por la carretera… En la parta alta de la bodega recuerdo haber visto por primera vez una despalilladora.
La bodega del centro, que tan bien se ve en la foto, era la del tío Joaquín y es en ella en la que más meriendas organizó mi familia siendo yo niño, y la que mejor recuerdo. Su obscuridad, el profundo olor a vino y los enseres de los variados trabajos de una bodega (especialmente la prensa central), contribuían a definir un ambiente mágico. La tercera de las bodegas de cuerpo alto nunca supe de quién era. Al fondo de todas ellas emerge la gigantesca “cueva quemada” (y por ser quemada se quedó con el nombre de “cueva” para siempre) de la que no he llegado a conocer su historia. Lo único que recuerdo de ella es que allí acamparon durante muchos años las cuadrillas de gitanos que venían a la recolección de la uva, la patata y la remolacha.
Las cuevas dejaron de hacer vino cuando se creó la cooperativa de Haro y la gente se apuntó a entregar la uva allí. Se convirtieron en lugares vacíos y de asueto y se fueron vendiendo por cuatro perras, primero a algunos veraneantes bilbaínos que vieron en ellas la posibilidad de instalar allí sus “txokos”, y luego a todo tipo de gente (incluso bodegas registradas) que han ido poco a poco alterando su fisonomía y su unidad formal. Nosotros (mi tía Pilar) teníamos una cueva de las sencillas y ajenos a las posibilidades de su futuro, fuimos de los que primeros que la vendimos. Mi hermano Ricardo se lamentaba muchas veces de ello porque ni siquiera pudimos disponer de una cueva cuando, al llegar a la adolescencia, empezamos a organizar guateques con aquellos primitivos tocadiscos y sus “singles” a 45 rpm.

domingo, 13 de abril de 2008

25. LAS MESAS



Cada vez que doy un paseo por el Soto suelo volver con la pena de ver el estado de abandono y suciedad con que me encuentro “las mesas”, y es que ese lugar tuvo durante los años de mi infancia una gran importancia en la vida de Anguciana. No recuerdo exactamente cuáles fueron los días escogidos por el Ayuntamiento para ir allí de romería, aunque casi seguro que entre esos días estaban San Juan y Santiago, o sea, 24 de junio y 25 de julio.

“Las mesas” fue otra de las pequeñas construcciones de posguerra hechas en el periodo de la alcaldía de Blas Santa Cruz, asociada en este caso a la traída de aguas. Junto a un viejo manantío se hizo la caseta de registro desde donde se llevaba el agua hasta el depósito que vimos en la entrada de Las Callejas (14), y al ras de esa caseta se construyó una pequeña fuente con tres caños bien gruesos para uso y disfrute del lugar. Se hicieron también tres mesas de hormigón y sus correspondientes bancos, quedando reservada al Consistorio la más cercana al pueblo de las tres; y para completar su configuración y carácter, se plantaron unos plátanos que aseguraron siempre la sombra del lugar cuando se talaban las choperas de alrededor
En los días señalados todo el pueblo acudía a merendar en las choperas en torno a “las mesas”, cada cual con su familia o su grupo de amigos, extendiendo los manteles y las viandas en la hierba, con algún fuego que otro si era necesario. Y cuando la merienda tocaba a su fin, los cuatro músicos del pueblo (Emiliano a la trompeta, Jesús al saxo alto, Pablo al clarinete y Maxi a la caja) se ponían a tocar en el estupendo escenario construido a la izquierda de la caseta animando al baile y a regresar con la música hacia el pueblo por el camino del Soto.

El resto de los domingos y días de fiesta era frecuente encontrar gente comiendo en “las mesas” lo que hacía de ese lugar el auténtico centro o plaza del Soto. La gracia de “las mesas” es que no se parecen en nada a esas zonas picnic que tanto han proliferado en los últimos años por cualquier lugar de la Rioja, y que por lo general no tienen personalidad alguna. Seguro que si ahora las quisieran “rehabilitar” les pondrían papeleras, jardineras, barbacoas, fuentes de grifería o bancos de mal gusto, así que me voy a cuidar muy mucho de pedir para ellas nada más que un poco de limpieza y el recuerdo que nos traen estas viejas fotos que pongo aquí.




miércoles, 9 de abril de 2008

24. DE FIESTA A HARO



¿Tendrá alguien una foto de “Marqueta”, el viejo autobús que hacía la línea Treviana-Anguciana-Haro? Cómo me gustaría ver una imagen de aquel “coche de línea” marrón oscuro con baca en el techo y escalerilla en la parte trasera que paraba cada día frente a la tienda de “Chano” para llevar y traer gente a Haro.

La foto a la que le dedico hoy toda la entrada es de los tiempos de Marqueta pero el medio de locomoción es algo más arcaico. No sé quién hizo esa foto ni desde dónde, y tampoco sé cómo pudo llegar a manos de mi familia, pero lo cierto es que ahí está para contar la forma en la que un gran número de mujeres y niños, e incluso con varios hombres, fuimos a Haro un día, seguramente (creo recordar) a ver las famosas “Vueltas” de los carros en la plaza de la Paz. Es una foto curiosísima por las conversaciones cruzadas, la variedad de miradas y la alegría que transmiten los gestos y los movimientos de buena parte del pasaje, y eso que estamos todos sentados.

En el pescante y al mando del remolque, a pesar de que está de espaldas reconozco perfectamente por la pose a Ballugera, (de apodo Charlie o Charlot, aunque creo que se llamaba Bernardo). Mi madre está sentada en primera línea con un chiquillo en su mano izquierda, que creo que es mi hermano José Mari, que murió con nueve años. Detrás de mi madre, está la que fue nuestra niñera, Ezequiela Sáez, con las cejas muy negras y el pelo muy blanco siempre recogido en un moño. A mitad del remolque y mirando hacia al fotógrafo se ve claramente a la Paca en la parte de arriba, a una hija del dueño del remolque, no sé si Carmen o Isabel Ballugera en el centro, y a “Margaritilla” (la hija de la Chunis) en la parte inferior. Por cierto, el otro día me encontré con ella aquí en Logroño y me dio una gran alegría (siempre es así cuando nos encontramos dos del pueblo fuera de él). Una señora alta, rubia y de muy buen aspecto se me acercó en el supermercado y me preguntó: “oye, tú eres Juanchu ¿verdad?”, e inmediatamente se me abrió el corazón porque estaba seguro que por el nombre con que me llamaba era alguien de mi pueblo y de mi infancia. Entorné un poco los ojos de la memoria y enseguida me di cuenta que era Margarita, aquella chiquilla que con dieciséis años y sin carnet de conducir repartía el pan del negocio familiar en una de las primeras furgonetas DKV que hubo en el pueblo.

Alguna de las cabezas de la última línea del remolque debe de ser la mía pero no sé muy bien cual. Creo que el chiquillo que ocupa el ángulo superior izquierda del remolque (y de la foto) podría ser mi hermano Ricardo, pero la precisión del original no da para más detalles o certezas.

Cuento veintisiete personas encima del remolque. Seguro que había muchos días en que Marqueta no llevaba tantas a Haro. Pobre yegua.

domingo, 6 de abril de 2008

23. ENTREGA DE TROFEOS


Espero que nadie se ofenda por usar aquí los apodos o motes con que nos conocíamos unos a otros en Anguciana cuando yo era niño. Si por lo que fuera alguien los lee y no le gustan, sólo tiene que decírmelo para cambiarlos por su nombre de pila. Yo los uso porque en muchos casos no sé sus nombres reales, porque a veces me parecen más cariñosos o entrañables y porque son como signos de identidad de aquel nuestro pueblo.
Dicen que la mayoría de los motes del pueblo los solía poner el maestro, don Sixto, y que solía ser más cruel que cariñoso en la invención de los mismos. Pero en fin, el tiempo pasa, y lo que pudieron ser muestras de crueldad de un hombre amargado, con cierta perspectiva tienen hasta su gracia.

Digo todo esto porque a varios de los que aparecen en las fotos que pongo hoy sólo les recuerdo por el mote. No era frecuente que hubiera fotógrafos en los partidos del frontón ni en la entrega de premios, pero en los del verano de 1963 apareció Calleja y nos dejó el recuerdo de estas tres bonitas fotos.

En la primera de ellas posan todos detrás de la pizarra en la que se proclaman los campeones del torneo de verano. El primero por la izquierda es mi pariente José Ignacio (más conocido en el pueblo como “Escolar”), y como no recuerdo haberle visto mucho por el frontón, supongo que está ahí porque fue quien patrocinó los trofeos. A su derecha está “Kaskín” que como se lee en la pizarra, fue el campeón de mano individual. Tenía un juego muy alegre y la sonrisa siempre en la boca. A su derecha está “Trabuquillo”, jugador también muy alegre (ya se le ve también en la sonrisa) y en el centro de la foto, “Pocheto”, que tenía una pegada de pelota muy curiosa, siempre rasa y ajustada a la chapa. De los otros dos pelotaris se me han olvidado los nombres o los motes seguramente porque eran de la categoría juvenil (¿Pedrito “el campesino”, el primero, y Badillo el siguiente….? no sé, no estoy seguro). Bueno y a la derecha del todo, mi padre, el alcalde, con un tupé muy gracioso.

Mis pelotaris favoritos eran los hermanos Salazar, Eduardito y el Chino, pero de ellos no tengo fotos. A ver si alguien tiene y me presta algunas para ponerlos también aquí. Más difícil será conseguir fotos del cura de Villalba o el de Cuzcurrita, que también eran grandes pelotaris y que resultan inolvidables porque solían jugar con la sotana remangada.

Las otras dos fotos que tengo de aquel día muestran el momento de la entrega de trofeos, y a mí, personalmente, se me va la vista, en la una y la otra, hacia el niño y la niña pequeña que en segundo plano participan del aplauso general a los ganadores. Seguramente, porque yo estaría haciendo lo mismo. Aplaudirles con ganas.




sábado, 5 de abril de 2008

22. INAUGURACION



Como tantas otras fotos que no son de nuestra familia, las tres fotografías que pongo hoy aquí las cedió alguien del pueblo a la exposición de 1993, pero yo no supe quién. Luego los de la Asociación Cultural las devolvieron a sus dueños y ya he perdido todas las pistas. Mucho me gustaría que gracias a este blog pudiéramos saber de quién son y si podría aportar datos sobre ellas. A veces las fotos viejas suelen tener anotaciones por detrás.

Está claro que se trata de una inauguración “oficial” y que el marco es el frontón que vimos en la entrada anterior, pues aunque las fotos son básicamente de grupo, puedo perfectamente reconocer las piedras y ventanas del fondo y las dos chopas de la línea del “pasa” a las que hacía mención ayer. Supongo por tanto que se trataba de inaugurar las obras de reforma del frontón que se acometieron siendo alcalde Blas Santa Cruz, que es quien tiene un folio en la mano y parece estar leyendo su discurso de inauguración.



En la segunda de las fotos vemos al Padre Francisco haciendo la parte religiosa del rito. Justo a su derecha puedo reconocer a Manolo Tobalina, y en primer plano, a la izquierda de la foto y con la trompeta bajo el brazo, a Emiliano Ibarnavarro (qué bonita tuvo que ser la inauguración, hasta con música y todo). Detrás de todo el grupo pueden verse las dos chopas y a la izquierda de ellas y al fondo del todo (da la sensación de que la foto está hecha con un objetivo de 75 u 80 mm. por el aplastamiento que provoca), las cerchas de cubrición de los frontones del convento franciscano.



En la tercera de las fotos vemos al grupo posando sin más para el fotógrafo. Tenía mucha curiosidad por saber si el personaje central del grupo -el cura que está con el bonete en la mano-, podía ser Don Isidoro, pero le he consultado a mi padre y me ha dicho que no, que no es él, y que no sabe quien era. El alcalde, Blas Santa Cruz está en primer plano a la izquierda y detrás de él Joaquín Angulo y Ramón Angulo. Por detrás asoma la cabeza de uno de los hombres más altos del pueblo, “Siete Antonios”, hermano de “Tres Pedritos” que también era alto pero un poco más bajo que él y de ahí su mote más contenido.

Pero mi agradecimiento personal a quien dejó esta foto para la exposición está ligado a la recuperación en mi memoria de la estilizada figura del Padre Francisco, a quien vemos con el roquete y la estola puestos después del acto religioso de la inauguración. Siendo niño le ayudé durante varios años a su misa de 11, primero en la capilla nueva del convento y en sus últimos días, en la capilla antigua. Creo que era de Cestona, o de algún pueblo guipuzcoano del interior, tenía la piel blanquísima, casi transparente, y aún puedo recordar el olor a limpio que desprendían siempre sus manos cuando me las ofrecía para el lavatorio. Cuando acababa la misa me dejaba beber el vino dulce que había sobrado de las “vinajeras”. Siempre serio y adusto, creo que me tenía mucho cariño, y que yo le respondía con una gran devoción. Fue emocionante para mí poder verle de nuevo gracias a esta foto. Y poder guardarle así, en mi memoria, para siempre.



viernes, 4 de abril de 2008

21. EL FRONTON



Entre el puente de piedra y el castillo de piedra, estaba el frontón de piedra. El frontón sigue estando en el mismo sitio, claro, un sitio inmejorable, pues el desnivel que hay entre de la cota del río y el de la carretera permite resolver el gran problema de escala e integración que siempre presentan las grandes paredes de los frontones. Pero ya no es de la misma piedra que el puente y el castillo; eso se quedó para las fotos del pasado como las que pongo hoy aquí. Lo que antes era un lugar único y entrañable, que los mayores no llamaban frontón sino “juego de pelota”, ahora es una gran cancha más o menos standard pintada de verde, mucho más adecuada para el deporte que para el recuerdo.

En la primera de las fotos, la que he puesto arriba, aún no estaba hecha la tapia que cerró las vistas entre el frontón y la carretera. Esa foto debe de estar hecha a finales de los cincuenta, cuando se arreglaron el suelo y las paredes y parece querer dar cuenta de ello. En la sombra de la derecha se alcanza a ver la primitiva hilera de piedra que hacía de asiento corrido.


En esta segunda foto de 1964, hecha por Calleja seguramente por encargo del Ayuntamiento para la conmemoración de los 25 años de paz, vemos la tapia que cerró la conexión visual entre el frontón y la carretera y se ve también un nutrido graderío de bancos de hormigón detrás de aquel único asiento corrido de piedra. La reforma que se hizo en los cincuenta surtió efecto y gracias al entusiasmo de Carmelo Yusta todos los domingos por la tarde se organizaban animadísimos partidos de pelota entre los jóvenes del pueblo y de los alrededores para los que llegó a establecerse cobro de entrada y el cierre de vistas exteriores. Recuerdo perfectamente el rito del comienzo del juego porque consistía en ver llegar al cura Don Gregorio que venía de la iglesia de dar el rosario de las cinco de la tarde: cuando se sentaba en el sitio a él reservado junto al tronco de la acacia situada más o menos a la altura de la línea de “Falta”, daba comienzo el primero de los partidos.


En esta otra foto en color, también de 1964 se ve mucho mejor el graderío, la escalera de bajada y hasta el ventanuco de la taquilla de entrada. En la pared del fondo también se ve muy bien la tabla en la que Tomás (“siete meneos” creo que era como se le llamaba) colgaba las tablillas del marcador.

El frontón fue uno de los lugares más entrañables del pueblo y seguramente uno de los que más he disfrutado en mi juventud. El duro juego de pelota a mano dio paso a la más cómoda pala, y con Atín, Juan Ramón, el Chino o mis hermanos habré pasado cientos de horas jugando en él.

Las dos últimas fotos dan buena cuenta de los árboles que lo envolvían y que le daban sombra y frescor: las acacias del graderío de entrada, las dos chopas de la zona de la línea de “Pasa”, y las ramas de la chopera que se asomaban por encima de la pared lateral. Por si ello fuera poco, el frontón estaba además al resguardo del cierzo vespertino, que en Anguciana siempre es muy desapacible.

Era un lugar agradable, muy urbano y muy bien proporcionado, o sea, un lugar muy humano y muy, muy hermoso. Creo que estas tres fotos dan buena cuenta de ello.

miércoles, 2 de abril de 2008

20. TRES FOTOS MAS DEL PUENTE




Buscando fotos del puente me he quedado gratamente sorprendido del buen gusto fotográfico que teníamos cuando éramos unos niños, pues es curioso ver cómo utilizamos el puente como fondo de escena para nuestras fotos personales. Como ya he contado, en 1966 mi hermano y yo nos compramos una cámara Werlisa de lo más barata y elemental, sin enfoque de ningún tipo y con tres posiciones de diafragma: sol, nubes y lluvia. Esa era toda su mecánica. Pues bien, con esa cámara hicimos las dos estupendas fotos que he puesto arriba en la que el puente es mucho más protagonista que nosotros. En la primera posamos “Atín (el hijo del médico) y yo, y en la segunda, mi hermano Ricardo y yo, así que la autoría de cada una de ellas hay que atribuírsela al que falta en cada caso.



También tengo esta otra foto con más pretensiones (y peor resultado) que le hice yo a mi prima Elvira (hija del tío Justo) en la chopera que había detrás del frontón. El encuadre no es malo pero el dominio de la técnica del contraluz no estaba a la altura de la cámara ni al alcance del autor.

En todo caso me sirven las tres fotos para ilustrar y comentar que durante muchos años (durante toda mi infancia) el río pasó por los dos arcos más próximos al pueblo, lo que es normal porque en su zigzagueo constante, si chocaba contra las lastras de “la piscina” (aguas arriba del puente), y las lastras de“viñas viejas” (aguas abajo), ambas en el mismo lado, a su paso por el puente tenía que pasar por el otro. Todo ese juego del río y el puente se fue al garete cuando hace unos años los muy sabios ingenieros funcionarios de la capital se pusieron a gastar los muchos dineros frescos de las Autonomías y lo encauzaron con unas grandes piedras por el centro del puente destruyendo su contorneo y la gracia del lugar. Ahora por el ojo derecho del puente pasa un camino o algo así. Y en el ojo izquierdo, junto al refugio, donde las riadas siempre dejaban un pequeño riachuelo semiestanco, la maleza se adueña del lugar. Pero eso no parece ser problema de los muy sabios ingenieros de caminos para quienes los ríos deben pasar bajo los puentes tan rectos como las carreteras.

martes, 1 de abril de 2008

19. EL PUENTE



El pueblo y el río se cruzan y se encuentran en el puente. El de Anguciana está tan bien hecho que parece eterno pero según nos contaba mi padre, su madre lo vio hacer cuando era niña porque les había contado que recordaba haber jugado subiendo y bajando por las cimbras o los propios arcos de piedra antes de que se rellenasen las plementerías y se construyese el tablero. Es decir, que el puente es de la segunda mitad del siglo XIX.
Hace treinta años aún se adivinaba el vado previo en el camino que bajaba de las casas de Oreca, y salía detrás del frontón. En el estiaje aún era usado por algunos tractores que cruzaban el río por ahí, e incluso en una carrera popular que se hizo hace muchos muchos años (y que ganó Andrés, el pequeño de los hijos de Luis Salazar) el circuito pasó por el vado en vez de hacerlo por el puente.

Por casa había una foto muy bonita y antigua del puente y el castillo hecha desde Viñas Viejas (foto con la que llegué a pintar uno de mis pocos óleos), pero no la he encontrado para ponerla aquí. Cuando compramos nuestra primera cámara traté de imitar esa foto e hice la que he puesto arriba, pero no me salió tan bien. Para compensar tengo esta otra hecha en invierno en la que se ven limpiamente sus cinco arcos y una parte del gran tramo ciego que va hacia el pueblo. Es (o era) una hermosura de puente. Y digo era, porque los dos ensanchamientos sucesivos del tablero y sus correspondientes cambios de barandillas lo han desvirtuado mucho.

En la entrada 10, El Castillo, ya puse una foto hecha desde el lado de Oreca en que se ven sus antiguas y hermosas barandillas de piedra. Desde el mismo punto, tengo también esta otra fotocopia de una foto de la exposición de 1993 en la que sólo soy capaz de reconocer a Paca y a Martín. (¿Es María, la mujer de Poli, la que está a la izquierda? No sé, ya me iréis diciendo).


De una nevada en las navidades de 1970 tengo también otras dos fotos del puente muy bonitas que hice yo mismo y que pongo a continuación. El puente, aún sin aceras, era un lugar estrecho donde coches y personas se tenían que cruzar y respetar, pero con esa nevada aparece mucho más calmado que nunca.

Se nos ocurrió hacer un muñeco de nieve al otro lado del puente y para allá nos fuimos toda la familia. Mi hermana Pili, en primer lugar, lleva bajo el brazo un sombrero de copa, y mi hermano Alberto, una escoba para adornarlo convenientemente. Junto a él puede verse a mi hermano Ricardo con una gran bufanda, y al fondo, mi tía Pilar y mi madre. En todo caso y aunque salgan personas en las fotos, mi intención es que los protagonistas de este blog sean los lugares y no las personas, y por eso reclamo la atención del visitante hacia ese hermoso lugar que era el puente de Anguciana.